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Algunas raíces de la epidemia antiyanqui
''A veces'',
escribió una vez el maestro y filósofo cubano Enrique José Varona, ``ante la
locura colectiva, como no puedo arrogarme el uso de la razón, me dan ganas de ir
por mis propios pasos al manicomio''.
Esa
confusión del
pensamiento se ajusta a nuestro presente. Estamos viviendo uno de esos períodos
demenciales cuando desde personas aparentemente razonables hasta grupos
fanáticos que gritan Make love not war!, y grupos pequeños que reafirman
sombríamente el valor
del terrorismo contra los
herejes, han saltado los límites
del
rencor para caer de lleno en las
corrientes del odio. Para
ellos, Bush es un dictador brutal, y Saddam Hussein, un líder inocente que ha
aprendido la cortesía francesa.
Resulta
que, desde hace aproximadamente una década, en el mundo actual existe un país
poderoso, el único sobreviviente de los ''superpoderosos'', el cual parece haber
ido atrayendo el odio, el resentimiento y la envidia que suelen provocar el
poder y la riqueza. De ahí que convenga señalar algunos factores de ese
distorsionado proceso y recordar que al comenzar el siglo XX había en el mundo
seis imperios: Rusia, Austria, Alemania, Inglaterra, Francia y Japón, y una
república, los Estados Unidos, que seguía teniendo elecciones y democracia, pero
que comenzaba a expandirse más allá de sus límites.
La
Primera Guerra Mundial eliminó a Austria y le cambió el símbolo político a Rusia:
el zarismo imperial pasó a ser la Unión Soviética, el imperio comunista. Un
imperio que mientras más brutal se volvía más condenaba el capitalismo como
maligno y a los burgueses como explotadores de los obreros. Tales argumentos
iban a tener inesperadas resonancias. El kaiser fue derribado en Alemania, y un
führer fanático tomó las riendas del estado y anunció que un imperio ario iba a
restablecer la gloria del imperio alemán.
En
1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial, sólo tres imperios quedaban:
Inglaterra, que había perdido y seguía perdiendo fuerza, y dos verdaderamente
poderosos, la república
americana
y el imperio soviético. El Japón conservaba el título imperial, pero la nación
había superado el odio a los americanos y se había sumado a la libre empresa y
el capitalismo. Es entonces que la creciente rivalidad entre los Estados Unidos
y el imperio soviético, los únicos que tenían bombas atómicas, fue calificada
como ''la Guerra Fría''.
Una guerra en que ambos poderes evitaban un conflicto directo que, como ocurrió
en Cuba en 1962, podía oscurecer definitivamente el horizonte.
Pero
hay un hecho que permite entender mejor la reacción de miles de personas que
aprendieron temprano a condenar a los americanos, influidos por la propaganda
comunista y la voluntad de creer esa propaganda. Desde 1920, cuando Lenin
comprendió que la pronosticada segunda revolución socialista no iba a ocurrir,
el Comintern, el instrumento de propaganda comunista, multiplicó sus funciones,
creando editoriales en los países subdesarrollados y reduciendo a sencillas
explicaciones las complejas teorías de Marx. Tan efectivos fueron que en la
década de los treinta los comunistas oficiales, como Willie Muzenburg, anotaron
su asombro ante la simpatía que la mayor parte de los intelectuales de Europa y
de las dos Américas sentían por el comunismo.
Con
ellos iban artistas, líderes obreros y políticos jóvenes de muchos países que
condenaban in crescendo a los gobiernos capitalistas y burgueses. La figura del
yanqui ''imperialista'', vulgar e ignorante, pero con dólares rebosándole los
bolsillos, pasó a ser un blanco preferido. En 1934, Muzenburg le pidió a Klaus
Mann, hijo del novelista, un juicio objetivo sobre el comunismo. No esperaba
nada más. Mann comenzó declarando: ''Bajo el control del capitalismo la
situación de nuestra civilización es tan lamentable que tiene que caer...'' Casi
nada.
Más
allá de las cuestiones ideológicas, las naciones resentían el éxito de los
Estados Unidos. Muchos españoles no perdonarán jamás que los gringos, quienes
según ellos sólo comen salchichas y no leen libros, los derrotaron fácilmente en
Cuba en 1898. Barroca y decadente, Francia, salvada dos veces por los incultos
gringos, les tiene una buena dosis de rencor. ¿Por qué? Oigamos al joven
revolucionario Robespierre, cuyo odio a los humanos siempre sorprendía. Educado
gratis por los jesuitas, Robespierre no podía controlar su odio. ''¡Es que yo
nací condenado a la gratitud!'', gritó una vez. ¡Qué terrible condena!
Indiscutiblemente, la actitud de muchos norteamericanos era negativa. El
americano pedía eficiencia, llegaba a tiempo y mostraba muchas veces el error de
la arrogancia. Una política errónea en Cuba, por ejemplo, era imponer medidas
económicas a ellos favorables y detalles como el izar la bandera americana en
los centrales azucareros. ¿A dónde iban en 1927 las carretas cubanas cargadas de
cañas cubanas? ''Van hacia el monstruo de hierro cercano, / van hacia el ingenio
norteamericano... / y, como quejándose cuando a él se avecinan, / las viejas
carretas rechinan, rechinan... / ¡Con cuántas cubanas razones / las viejas
carretas rechinan!'', recitaba Agustín Acosta.
Pero
otra razón que también despertó y despierta rencores en el mundo es que, según
muchos enemigos, y también según muchos americanos de izquierda, los americanos
no tienen ética ni cultura, sólo quieren dinero y poder. Esos americanos siempre
piensan que sus propios compatriotas están haciéndole daño al pueblo. De ahí que
sea justo ponerse al lado de los que favorecen soluciones débiles y concesiones
permanentes. Así, el ex presidente Carter acaba de declarar que ''Fidel Castro
lo ha desilusionado [...,] pero hay que levantarle el embargo''. O la demócrata
quien, desplegando una impresionante ignorancia, gritó que ''bombardear a
Bagdad
sería cometer un terrible acto terrorista''. O la izquierda dorada de
Hollywood, que gana millones
y defiende a Castro.
Pero lo
que más irrita es que en cada lucha los americanos siembran rencor porque
siempre ganan.
Marzo 23, 2003
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