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Cómo
traicionar los símbolos
Hace poco,
mientras disfrutaba el despliegue de los Oscar en Hollywood, surcaron la
pantalla algunos letreros condenando la guerra; y se escucharon fragmentos de
una discusión en la cual alguien gritaba contra los que en la guerra matan a
mujeres y niños; y vi a la actriz Susan Sarandon desfilar frente al público con
una irónica sonrisa y la mano alzada en conocida señal de victoria. Inicialmente
me pareció alentador ver a tanta gente expresando su repudio de la guerra y sus
abusos. Pero más tarde, algo en las demostraciones me hizo dudar sobre quién era
el enemigo. Y lo primero que hice fue revaluar el símbolo de esa mano alzando la
V de la victoria.
Ese gesto, que
brotó en un momento de agónica esperanza, nació en la primavera de 1940, cuando
Inglaterra se enfrentaba a la peor crisis de su historia. El ejército alemán
había aplastado al francés y había extendido su dominio desde los Pirineos hasta
la costa norte de Noruega. Los submarinos germanos inundaban el mar alrededor de
Inglaterra, sus bombarderos se abatían sobre las ciudades y pocos creían que
Inglaterra podía sobrevivir. Su recién nombrado primer ministro, Winston
Churchill, sólo le prometió a su pueblo ''sangre, sudor y lágrimas'', pero tras
ellas él siempre mostraba rasgos de heroicas esperanzas. Su mano saludaba
siempre con la V de la victoria, mientras él ratificaba que los británicos iban
a pelear hasta salvar a Inglaterra y, con ella, a la libertad de los pueblos
occidentales. El monstruo de Hitler tenía que ser aniquilado.
En 1945, cinco
años después, mientras Inglaterra celebraba con sus aliados su gloriosa
victoria, el genial primer ministro perdió las primeras elecciones y, aceptando
la derrota, se retiró a pintar por un tiempo. ''Por salvar ese derecho del
pueblo a elegir gobernantes luchamos y vencimos. Es decir, cumplimos con nuestro
deber'', dijo el gran Churchill. La V se volvió símbolo de heroísmo y de
victoria. Más tarde, cuando creció la guerra en Vietnam, la protesta de los
hippies se volvió símbolo de paz y de amor. Pero la crítica al establishment, a
los poderes del estado, muchas veces rebasaban la ira. De ahí nació una
tendencia juvenil a moverse políticamente hacia la izquierda.
En tiempos más
cercanos, cuando surge ya la guerra contra el terrorismo y Saddam Hussein se
burla de las Naciones Unidas, cuando los americanos inician su campaña, saltan
multitudes que gritan contra ellos, periodistas que interpretan a su manera los
eventos, y casi todo Hollywood tiende a usar la defensa de la paz como un
pretexto para hacer críticas duras al gobierno americano. Lo cual le hace ver a
mucha gente que el objetivo ''guerra'' no es en realidad aplicado en forma
general. Es decir, es noble oponerse a la guerra, a cualquier guerra que emerja
en el horizonte, pero no transformar ese objetivo general en un objetivo
concreto, en una bélica abstracción.
Quiero decir que,
en principio, oponerse a la guerra significa oponerse a todas las guerras, no a
las que yo seleccione, sino a todas las que quiebran la paz. Pero resulta que
cuando hace unos años el dictador de Irak lanzó sus legiones contra sus vecinos,
en ningún lugar aparecieron grupos denunciando el crimen. Más tarde, no hemos
visto en Europa demostraciones de paz en contra de la brutal amenaza que plantea
repetidas veces Corea del Norte. Ni las Naciones Unidas intervinieron en Ruanda
y Burundi cuando una cruel guerra civil sacrificó a cientos de miles de
personas.
De donde se deduce
que los letreros y gritos de protesta de hoy no son en realidad contra la
guerra, contra cualquier tipo de guerra, sino solamente contra la actual y
concreta guerra que está sacudiendo a Irak. Esa concentración en un solo caso,
disimulada bajo los idealísticos desafíos de los que dicen amar la paz, obliga a
una segunda explicación de esa conducta. Una mera ojeada aclara la realidad. La
universalidad y hondura de la protesta, que salta en casi todas las naciones,
hace evidente que no se trata de ganar la paz repudiando a un Saddam Hussein que
no fue ni criticado antes que desembarcaran los americanos, sino que el objetivo
pasa a ser inmediatamente la paralización y el desprestigio de algo que se
odiaba desde antes que el dictador iraquí planteara su amenaza: el gobierno
americano, el ejército americano, los americanos.
Esos numerosos
voceros antiamericanos, que se multiplican en el mundo y en los propios Estados
Unidos, jamás critican a Saddam Hussein, aun cuando todo el mundo sabe que, bajo
el monstruo, los prisioneros son torturados y asesinados. Pero las acusaciones
son dirigidas contra el presidente Bush, los conservadores y los extraños grupos
que los franceses llaman promilitares. De ahí que, aun en los Estados Unidos,
todo líder antiamericano reciba de inmediato una cuota de popularidad y respeto.
El dictador
militar chileno Augusto Pinochet, quien mató a puñados de opositores, en 1973
restauró la economía e impuso la honestidad oficial. El general rigió unos trece
años y cedió el poder pacíficamente. El dictador cubano Fidel Castro lleva
cuarenta y cuatro años en el poder, ha empobrecido la isla y violado todos los
derechos humanos. Mas todo el mundo le llama ''presidente'', lo trata con
respeto y siguen repitiendo los ''logros'' de una revolución que dejó de existir
hace años.
Castro,
naturalmente, apoya a Saddam Hussein.
Así, mientras el
ochenta por ciento del pueblo americano respalda a sus líderes, mientras los
bravos jóvenes del ejército americano siguen batallando y muriendo para salvar
las libertades que Churchill logró salvar en su momento, algunos extraños
amantes de la paz siguen tratando de que luzcan como los asesinos de Saddam
Hussein.
Obviamente, hay
que seguir luchando por la libertad.
Marzo 30, 2003
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