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La lógica de Fidel Castro
Ante la
brutal represión que está sacudiendo a Cuba, donde un dictador empedernido y
viejo quiere vengarse de todos los que se atreven a pensar o a pedir cambios;
cuando nombres conocidos, admirados y respetados dentro y fuera de la isla han
sido golpeados y arrojados a prisiones, condenados ya por el odio de un régimen
que carece de remedios; al liberar mi indignación ante el infame espectáculo me
llegó a la mente el pensamiento de un olvidado escritor colombiano, José María
Vargas Vila, quien, cuando un desconocido le pidió ayuda para oponerse a una
injusticia, narrándole el caso y quién él era, le respondió con una frase de
mármol: ``Yo no sé tu nombre, yo no sé tu falta, sólo sé que te llamas dolor;
eres mi hermano''.
Pienso que
así deberíamos siempre juzgar y denunciar lo que ocurre en Cuba desde hace
cuarenta y cuatro años. Es decir, cuando denunciemos los crímenes conocidos y
salgamos a defender a escritores, a políticos que yacen en prisión, a médicos
condenados al hambre y a la enfermedad, debemos señalar siempre que hay cientos
de cubanos poco conocidos, cientos de ciudadanos anónimos golpeados por las
fuerzas represivas, humillados en público, arrojados a las cárceles entre
puñetazos y risas. Los grupos que han hecho una noble misión de acusar y
denunciar todas las violaciones de los derechos humanos en la isla deberían
continuar llamando la atención sobre la permanente desgracia de miles de cubanos
a los cuales podíamos referirnos con una frase parecida a la del colombiano: ``Yo
no sé tu nombre, yo no sé tu falta, sé que eres cubano y que sufres una
permanente injusticia: eres mi hermano''.
Claro que
sería alentador comprobar que los demócratas de la América Latina, individuos o
grupos, saben lo necesario que es defender y fortalecer la democracia y están
dispuestos a alzar sus voces para denunciar el monstruoso atropello de arrestar
a ciudadanos antes de señalar cuál es el crimen, y que cuando se señalan los
crímenes se comprueba que no hay delito, pero sí hay sentencia. Lamentablemente,
aunque unos pocos grupos, honrosamente integrados por obreros, y algunos
hidalgos de pluma en ristre han denunciado la violación de los derechos humanos
en Cuba, y reivindicado el prestigio de la democracia. Pero los fuertes, los que
mandan, los políticos se mantienen en silencio. Tales ciudadanos han aceptado el
curioso silogismo de que regañar a Fidel Castro es darles gusto a los americanos
y provocar a la izquierda. De donde resulta que es mejor, no, perdón, es más
políticamente correcto condenar una guerra en Irak librada contra un pavoroso
criminal como Saddam Hussein, que criticar otra violación de los derechos
humanos cometida por el ''presidente'' Fidel Castro (elegido por el 99.999% de
los votos) cubanos. Ese cómplice silencio es tan nefasto como el aceptar la
dictadura.
Tal
complicidad con la injusticia es una de las razones por las que Fidel Castro
tiende a despreciar la democracia y a los demócratas de nuestra América. Para
Castro, el poder es lo único que cuenta, la represión lo único que debe ser
eficiente. Observen su expresión cuando se inclina a firmar alguno de los tantos
documentos en una de las tantas ''cumbres'' donde se elogia la democracia, o
recuerden cuando comentó la actitud del presidente actual de México,
enfrentándolo con una conversación telefónica privada hecha pública, la cual fue
motivo de risa en la Habana. Más tarde el mismo presidente le pidió favores a su
''amigo'' George W. Bush y le negó todo apoyo en las relaciones internacionales
donde México no tenía nada que perder. Así como la expresión de burla de Raúl
Castro cuando mencionó en la televisión ``los generosos regalos que el
presidente del Ecuador (el anterior) le había hecho al presidente cubano, a
nuestro Fidel''.
Es por eso
que resultaría soberanamente interesante que lanzáramos una rápida y objetiva
mirada al continente tratando de vislumbrar hasta qué punto el silogismo ilógico
de no criticar a Castro, no importa cuál haya sido su crimen, ha tenido
resultados positivos para la democracia o, por el contrario, ha favorecido la
supervivencia y expansión del desorden, la violencia y la dictadura. Esa mirada,
desde luego, implica dar juicios honestos. Es decir el hecho de que hoy en día a
Venezuela se le clasifique como democracia significa no reconocer el ''talento''
revolucionario de Chavez ni la violencia destructiva de su ``revolución
bolivariana''.
Una rápida
perspectiva sobre el tema lleva a una preliminar y nada científica conclusión:
en la América Latina hay hoy cinco democracias, un régimen indefinible, un
gobierno dictatorial socialista, dos democracias de violencia y once
seudodemocracias. El conjunto arroja un balance negativo del proceso democrático
y otro positivo del ejemplo castrista. Lo cual nos lleva a examinar brevemente
qué está pasando en Cuba.
Lo que ocurre
en Cuba en estos momentos es la etapa final del endurecimiento mental de un
líder que ya no tiene nada que ofrecerle al pueblo. Esa política antes la
disimulaba Fidel Castro, cuando anunciaba ''nuevas proyectos''. Los mediocres
proyectos hundían aún más la economía y el líder llegó a una férrea conclusión:
yo mantengo el poder, todo intento de cambio es un crimen y todo crimen merece
castigo. Esa es la fórmula fosilizada del viejo dictador. Y nada lo va a hacer
cambiar.
Pero el
pueblo sufre cada vez más, hay mucha gente estudiando la transición y eventos
internacionales, como la derrota de Saddam Hussein, pueden replantear nuevos
horizontes. Esperemos.
Abril 6, 2003
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