|
El imperialismo de los
lacayos
En estos momentos,
cuando el prestigio de Castro y su revolución ruedan bajo el fango de su
violencia y llueven contra él cientos de denuncias y rechazos, vale la pena
escrutar cómo ha sido posible que la acusación favorita del dictador se haya
convertido en la más penetrante acusación de su régimen.
Porque es obvio que cuando
Castro y sus lacayos quieran insultar hoy a los ''lacayos del imperialismo
americano'', tienen que recurrir a una lista tan larga de políticos,
intelectuales, proletarios, estudiantes e izquierdistas, que es el régimen
cubano el que se ha quedado solo. Son los miembros de ese régimen y su jefe los
que han aplicado las duras bajezas de delincuentes, que por años fueron serviles
lacayos del ''imperialismo soviético'', y que desde su inicial victoria ''revolucionaria''
les aplicaron a sus compatriotas los ''métodos'' que sólo gustan de aplicar los
''lacayos del poder'', golpes, muertes y torturas a todo el que, en Cuba o fuera
de Cuba, trate de desplegar la verdad sobre lo que está pasando en la isla...
Lo cual
es significativo, porque en la árida mente de Fidel Castro, donde no queda
rastro de ideas, una sola palabra ha sobrevivido al colapso de sus temas, una
sola palabra brota siempre
del
confuso temblor de sus barbas: la palabra ''imperialismo''. No ''democracia'',
que fue traicionada al principio; no ''marxismo'', fracasado después, ni ''la
teoría de la guerrilla'', sustituida hoy por el amedrentrado pacifismo
del líder. Lo cual no quiere
decir que él haya estudiado teorías. El líder desprecia a los intelectuales y a
los artistas; sólo le interesa tantear las frases que pueden ganarle popularidad,
no consistencia. Ahí está su añejo y agotado mérito: Castro encontró siempre la
manera de hacer popular o detestable a figuras políticas o doctrinas que él
mismo había exaltado. Así fue como, por citar un significativo ejemplo,
mencionamos al ''héroe de la revolución'', el general Arnaldo Ochoa, quien, al
estilo staliniano, recibió la más alta condecoración revolucionaria y luego fue
fusilado por orden del gran jefe.
Tiraron,
¿cómo fue que pudieron tirar? / Mataron, ¿cómo fue que pudieron matar? / Eran
cuatro soldados y les hizo una seña / un señor oficial. Eran cuatro soldados /
que estaban atados, / lo mismo que el hombre amarrado / que fueron los cuatro a
matar.
Esa
bien emotiva condena a los cuatro lacayos la escribió don Nicolás Guillén, ''un
poeta comunista que supo vivir muy bien''. Pero lo importante es subrayar que se
publicó mucho antes de que en Cuba comenzaran los fusilamientos ''revolucionarios''.
Es decir, que sólo cuando la revolución castrista inyectó el odio en el pueblo e
irguió a los ''tribunales revolucionarios'' como instrumentos de injusta
justicia, fue que la pena de muerte se hizo cotidiana. Al mismo tiempo,
quebrando la verdad, Castro, afirmó que el imperialismo americano es la raíz de
todos los males del
mundo y la causa de todas las desgracias cubanas. La ventaja
del
calificativo ''imperialista'' es que no tiene nombre ni rostro definido, lo cual
permite lanzarlo contra quien el dictador señale: un ganadero, un sacerdote, un
obrero, burgueses o campesinos.
Así fue
como, por unas cuantas décadas, tres factores contribuyeron a darle un aspecto
positivo a ese rejuego político de Castro. Primero, repitiendo lo que el poeta
ruso Boris Pasternak llamaba ''la deslumbrante mentira'' del comunismo, Castro
divinizó la Unión Soviética, proclamó que el futuro estaba en manos de Rusia y
que el capitalismo americano marchaba hacia el colapso. En esa época, el ''bloqueo
imperialista'' le merecía sólo burlas. Segundo, las guerrillas iban a vencer y a
liberar a la América Latina del imperialismo americano y de sus lacayos, aupando
al más glorioso líder de la historia. Una combinación de Napoleón, Bolívar y
Marx.
Veamos
cómo está hoy ese panorama. En primer lugar, el paraíso soviético se hundió y
toda la Europa del este barrió a los insectos comunistas y se inclinó hacia los
Estados Unidos. Por otro lado, aplastada por la ineficiencia de la dictadura,
Cuba cayó en una miseria que abate a todo el pueblo. Las famosas guerrillas
campesinas y urbanas fueron derrotadas y sustituidas por bandas terroristas y
traficantes de drogas. Los Estados Unidos son la única superpotencia y
superdemocracia que reina en el mundo. Y a Castro sólo le quedan dos
instrumentos políticos, la propaganda y la represión. La propaganda ha perdido
las imágenes positivas del castrismo, mientras que las negativas, el hambre
del
pueblo y el abuso y discriminación que sufren los negros cubanos son visibles.
Ningún negro ocupa posiciones importantes y los tres cubanos recientemente
fusilados en Cuba
eran negros: ¿cómo es que los poderosos negros americanos y todos los que luchan
contra los prejuicios, y el propio exilio cubano, no piden investigaciónes sobre
esa situación y ese crimen racial? En cuanto a la represión, lo trágico es que
es la última arma que le queda a Fidel, quien está llamando a su viejo tema, el
apocalipsis, el incendiar a Cuba y caer combatiendo.
Finalmente, tengo una observación para los lacayos del imperialismo castrista.
No para los asesinos y torturadores, sino para los que piensan que es posible
torcer la moral para al menos ganar algo de mejoría económica. Recuerden que el
líder no agradece nada; que cada vez que impone una catástrofe, hace que alguien
pague por él, siendo, además, condenado como lacayo del imperialismo americano.
Y aun los castigados quedan a
merced
de otros castigos. Cada vez que oigo de los ''delatores'' que traicionaron a sus
compañeros, o veo a Pérez Roque hablando, me acuerdo de Robertico Robaina, aquel
brillante ministro de Relaciones Exteriores que se hizo demasiado popular y se
esfumó de repente... ¿A dónde fue a parar Robertico Robaina?... ¿A dónde irán a
parar los delatores?...
¿A
dónde irán a parar los delatores?
Mayor 4, 2003
|