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Un nivel de la tragedia cubana
Usualmente no se
puede, o es bien inútil, tratar de medir y comparar la intensidad de las
pasiones, dolores o agonías de los humanos.
El nivel de sufrimiento
suele ser intransferible. De ahí que, conociendo la circunstancia cubana de hoy,
pienso que ni Dante, maestro en cerrar esperanzas y fustigar el pasado, pudiera
describir las agonías físicas y espirituales bajo las cuales transita la mayoría
de los cubanos, desde hace más de cuarenta años.
La
sinfonía patética comenzó en una isla tropical llena de música y risas, rodeada
de bellos mares y habitada por un pueblo que trabajaba bien y se esforzaba por
superar las torpezas de una política salpicada por la corrupción. De 1940 a 1952
pareció que los senderos democráticos se aferraban al suelo y mejoraban el
futuro. Luego vino un golpe de estado, y un dictador sin mensaje, más corrompido
que duro. Una victoriosa lucha ''revolucionaria'' contra ese dictador llevó al
poder a otro tipo de líder cuyo mensaje venía envuelto en promesas de libertad
democrática.
Conmovido y frenético, el pueblo vociferó todo su apoyo; rápidamente el líder
controló a todo el pueblo. Con un toque de imaginación, podemos visualizar las
históricas imágenes que proyectaban ambos dictadores. El primero hubiera sido
como ''Alí Babá y sus cuarenta ladrones'', más inclinado a enriquecerse que a
matar. Tuvo a su enemigo en prisión y lo dejó partir. El segundo, quien había
sido perdonado, no perdona nunca y actúa con la suprema autoridad de Alá.
Bajo
esas condiciones, todo se fue distorsionando en Cuba. De ahí que, concentrando
la atención en el tema de emigración y exilio, podemos medir el toque brutal a
que ha sido sometido el pueblo cubano. En 1959, en una isla donde la emigración
era minoritaria, miles de cubanos se lanzaron sobre aviones y barcos y
abandonaron sus tierras rumbo al norte; otros fueron expulsados y algunos
conocieron las prisiones y el paredón.
A pesar
de ese dolor inesperado, casi todos los cubanos estaban convencidos de que iban
volver pronto a Cuba.
Se hicieron esfuerzos patrióticos y, además, la vida en Miami se mostraba grata,
había trabajos alcanzables y, soberanamente importante, los americanos nos
habían recibido muy bien y se contaba con la ayuda de los Estados Unidos.
Mas el
endurecimiento de la política de Castro cambió la faz de la situación. La
economía de la isla decaía, la represión aumentaba y los cubanos veían cómo se
alejaban las puertas
del retorno. La
creciente diáspora ahondaba más la trágica situación de los cubanos. Después de
la caída de la Unión Soviética y el siguiente desplome de la economía, el
gobierno endureció aún más las reglas sobre aquéllos que querían abandonar la
isla. Poco a poco se dibujaba el trágico escenario que se imponía sobre un
pueblo sin salida ni esperanza.
La
primera característica de la situación contemporánea es el convencimiento
colectivo de que a Fidel Castro no lo derriba nadie. La represión es muy fuerte,
no existen grupos armados y, conociendo la realidad, los disidentes proclaman
sus intenciones pacíficas. Para el pueblo inconforme, para los que viven casi
sin alimentos, con hospitales turbios y salarios de hambre, sólo hay dos caminos
a seguir, escapar hacia el norte como sea o languidecer dentro del ámbito cubano,
y esperar a que el líder lance su último balbuceante suspiro.
Un
nuevo factor inesperado añadió su peso al drama. Muchos grupos americanos y
sectores gubernamentales comenzaron a dar muestras de simpatía por Fidel Castro
y mencionaban medidas que se deberían tomar para olvidar las tensiones de la ''guerra
fría''. La retórica, demócrata o republicana, seguía siendo anticastrista, pero
no se tomaban medidas que pudieran forzar a Castro a transigir con la oposición.
No, lo más común es enfatizar los ''logros'' de la revolución y las ventajas de
superar la era de ''la guerra fría''. Pasmados se quedaban muchos de ellos
cuando aprendían que Castro los rechazaba y que prefería mantener su imagen ``antiimperialista''.
Aun el
presidente Bush, héroe de muchos cubanos, no parece nada interesado en atender a
las voces cubanas que le sugieren medidas positivas no para combatir a Castro,
sino para reducir su influencia y ayudar al pueblo cubano. Dentro de esa actitud
de pasividad frente a Castro, resulta más injusto y negativo que se hayan tomado
medidas que ayudan a Castro.
Analizar esta situación requeriría mucho tiempo. Pero puedo ofrecer una imagen
del dolor cubano que me llegó al alma. Bien sé que casi todos los días nos
muestran escenas de balseros que llegan exhaustos a las costas de
Miami,
dejando detrás a individuos o grupos que no lograron superar las olas. Los que
arriban son usualmente arrestados, curados y devueltos al infierno que los odia.
Pero ese día iba a recibir una más dolorosa y permanente visión. Una noche fui a
visitar una sala con una o dos personas que habían venido
como
yo a ver a una señora. Estaba allí casi tan blanca y bella
como
una estatua de mármol.
Como abismado, un niño
pequeño la contemplaba en silencio. Ella tenía veinte y un años. Se había
hundido en una barquichuela con cinco personas. El niño era su hijo.
Mayo 11, 2003
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