DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Un duelo demencial

En la peor época de la guerra fría, un chiste recorría los pasillos diplomáticos de Europa. Se trataba de una posición burocrática que el gobierno comunista ofrecía en Moscú, con casa de campo y coche, y que, sorpresivamente, nadie quería ocupar. Un rumor afirmaba que los que habían aceptado esa posición, a los seis meses caían en hondas y no muy curables depresiones. ¿De qué enloquecedora faena se trataba? De mantener informada a la KGB sobre qué planeaba Washington hacia Cuba. Nadie sobrevivía.

Cualquier historiador de las relaciones entre Moscú y Washington y, mucho más importante, entre La Habana y Washington, tiene que contar con esa dimensión de irracionalidad. Pero siempre debe hacerse un esfuerzo para darle un toque de lógica a un proceso difícil de racionalizar. En mi opinión, hay que partir de una base que tiene diferentes aspectos, pero cuya presencia ayuda a entender el proceso. Tal dato es que, como Hitler, Fidel Castro Ruz es un demente inteligente que está dominado por un odio hundido y negro.

Esa demencia está muy lejos de hacer todo comprensible. Hay, por ejemplo, mucha gente que dice ''Fidel está loco'' y cree que eso basta para explicar todas sus acciones. Lo cual es fácil, pero no es correcto. Hitler estaba loco, pero su dominio sobre las multitudes no ha sido todavía claramente explicado, ni cómo llegó a conquistar a toda Europa. Y es que el odio es un factor dominante en Castro, pero no uno que orienta todas sus acciones. Creador de una leyenda guerrillera, convenciendo a las masas con gesto y palabra, transformando al pueblo cubano en un Kranken volk, un pueblo enfermo, tocando permanentemente el himno antiamericano, Fidel ha ganado y confundido al mundo. Sólo los años, la revelación de su crueldad y los cambios internacionales se han cerrado sobre él para doblegar su imagen. ¿Cuál es, pues, su odio indescifrable? No, no es indescifrable. El odio que ha dirigido el noventa por ciento de su conducta es reconocible: el odio a los gringos, a los yanquis.

Todo el mundo sabe que Hitler odiaba mortalmente a los judíos, pero nadie ha explicado cabalmente por qué los odiaba. Castro odió a los yanquis desde muy temprano, desde su árido Birán, el pueblo donde nació, hasta que fue enviado a estudiar al Colegio de Dolores en Santiago de Cuba (donde lo conocí), o en la Universidad de La Habana, donde él se sumó a la violencia. Pero qué factor le inundó la mente no creo que nadie lo sepa, ni él mismo. Un demente puede justificar el odio indicando una conocida causa, pero la explicación suele ser parcial y remota. Hitler decía que detestaba a los judíos porque habían explotado a Alemania. Pero ni a él mismo esa razón le justificaba el exterminio total de un pueblo. Por eso Hitler nunca hablaba del Holocausto. Y quebraba toda lógica cuando, en la etapa final de la guerra, debilitaba a su ejército enviando tropas a continuar la matanza de judíos.

A su manera, y sin usar matanzas, Castro sigue la misma norma. Es decir, el odio a los yanquis es fácil de encontrar en la América Latina, en Europa y en los propios Estados Unidos. Pero en ese caso se trata de un odio emocional, uno que no hace rechinar los dientes, ni lleva a rechazar una medida que beneficie a su pueblo. Cualquier economista o político latino acepta una ventajosa oferta de los Estados Unidos, o una ayuda enviada en una crisis. Castro siempre ha hecho lo contrario. Después de Kennedy, casi todos los presidentes americanos han comenzado su período ofreciéndole ''una nueva política'' a Castro. El líder cubano siempre pretendió escucharlas y luego las ''desenmascaraba'' como ''otro gesto del imperialismo'', o tomando una acción que, como la invasión de Angola, paralizaba cualquier oferta americana.

Del lado americano también hay una actitud de difícil comprensión. La mayor parte de los diplomáticos americanos y gente con interés en Cuba creen que un cambio de política económica va a contentar a Fidel Castro, que donde quiera que el dólar entra en acción los sujetos al cambio se van hacia el dólar. Muchos de ellos, como muchos canadienses, se sintieron ofendidos cuando Castro súbitamente los repudió por una causa menor. Ninguno de ellos conoce o reconoce el odio. Mientras tanto, el hombre que declaró una vez que ''el dólar siempre me da ganas de vomitar''; quien vociferó que una alianza de Irán e Irak con Cuba aplastaría a la ''culebra'' americana; quien escribió cuando estaba preso, joven, que su verdadera guerra era combatir a los yanquis hasta destruirlos, sigue en el poder a noventa millas de los Estados Unidos y a los cuarenta y cuatro años de dictadura.

La otra faz que dificulta entender la política americana hacia Castro es la extrañeza que causa el descubrir espías o agentes propagandistas en todas partes. Aquí una tal Ana Belén Montes, quien trabajaba en el Pentágono, encargada de informar sobre Cuba a oficiales de alto nivel como Colin Powell, era espía de Castro. Hoy está en prisión, pero nadie ha clamado por una investigación sobre a quién y cómo influyó en tan alto oficio. Y se envían luego quince nuevos espías, descubiertos en Nueva York, pero no se permite que los balseros lleguen a tierra floridana; se autoriza que los exiliados aumenten las cuotas que envían a sus familiares en Cuba, lo cual ayuda a Castro; pero en cambio, a profesores y analistas no se les permite ir a Cuba. ¿Eso daña a Fidel?

Como aquellos oficiales rusos, americanos y cubanos parecen haber perdido el rumbo. ¿Será que la demencia es contagiosa?

Mayo 19, 2003

 

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