DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La era de la mediocridad

Hace poco, una fracción del pueblo argentino fue criticada por la mejor parte de su prensa y por, según se dice, algunos escritores y políticos conocidos del continente y de Europa, por haber saludado con amplio entusiasmo a un dictador que lleva cuarenta y cuatro años oprimiendo a su pueblo. Para muchos cubanos, esa ceguera de los argentinos ante las prisiones y los fusilamientos que ensangrientan la isla de Cuba es un espectáculo que clava dolor en el alma. Para algunos analistas, sin embargo, ese gesto simultáneamente auténtico y profesional (el dinero se desliza fácil en los grupos de propaganda castrista) refleja una realidad que podría servir para definir una época. La época de la mediocridad.

El curioso fenómeno, la disminución en cada país de figuras fecundas, culturales y políticas, fue notado al terminar la Segunda Guerra Mundial. En 1950, era todavía fácil reconocer que, limitándose a dos nombres de cada país, Francisco Franco y Ortega y Gasset coincidían en España; Charles de Gaulle y Jean-Paul Sartre en Francia; Winston Churchill y George Orwell en Inglaterra; y aún en la arruinada Alemania filosofaba Martín Heidegger. Y en Rusia, Boris Pasternak publicaba Doctor Zhivago.

Al entrar en acción la década de los sesenta, los líderes de un llamado tercer mundo, que emergía supuestamente libre de comunismo y capitalismo, se dieron a conocer y, entre aplausos europeos y americanos, planteaban sus proyectos. Era la época en que aún el vestuario de Jawaharial Nehru, el líder indio, y de Ahmed Sukarno, el primer presidente de Indonesia, se hizo común entre los jóvenes. Casi al mismo tiempo, los nuevos líderes africanos que llegaron al poder proclamaron al socialismo nacionalista y se entregaron a enriquecerse o a matarse en guerras civiles. Casi al mismo tiempo, Fidel Castro alcanzaba el poder y proclamaba su alianza con esos ``nuevos líderes''.

Tal alianza, en tal ajustado momento, logró que Fidel recibiera una gratísima recepción nacional e internacional. Profesores, escritores, inversionistas y políticos vieron en el líder a un nuevo miembro de la nueva ola, inclinado al socialismo y decididamente antiamericano. La culpable conciencia de los excolonialistas europeos les alentaba el aplauso. Mas la situación seguía cambiando. Fidel se proclamó comunista prosoviético, la mayor parte de los nuevos líderes del tercer mundo perdieron rápidamente su prestigio; la Unión Soviética respaldó la Cuba de Castro y Estados Unidos la trató de aislar económica y políticamente.

Fidel Castro creía haber descubierto la mejor arma para derrotar al capitalismo y darle paso a una ''nueva'' revolución. La fórmula, explicada en un pequeño libro de un francés, Regis Debray, se llamaba ¿Revolución en la revolución? y circuló por el continente tocando, pero no convenciendo, a las diversas alas izquierdistas de la juventud. La idea básica del libro era que en el continente latinoamericano había infinitamente más campesinos que obreros, y que movilizar al reducido proletariado en vez de al numeroso campesinado era marchar hacia la derrota. China había dado un buen ejemplo del camino correcto.

Los cambios, sin embargo, no cesaban. Mientras los partidos comunistas rechazaban la tesis castrista y se iban quedando un poco al margen de la historia, ''la mediocridad nos está consumiendo'', aseguró el comunista uruguayo Rodney Arismendi. Pero las guerrillas fueron derrotadas, la nueva fórmula revolucionaria no alcanzó victorias. La muerte del Che Guevara en Bolivia fue la derrota colectiva. Por un tiempo, golpes militares frenaron a la izquierda e impusieron fórmulas de mando. Al finalizar la década de los setenta una corriente democrática comenzó a transformar de nuevo al hemisferio. El hundimiento de la Unión Soviética y el colapso del comunismo en 1990-91 son los eventos que más influenciaron el momento. Mientras la democracia avanzaba en el continente, la guerra fría se esfumaba y los Estados Unidos, los odiados gringos, se quedaron solos en la plataforma del poder.

La democracia siempre nace y se mantiene frágil bajo una amplia cuota de problemas que torna difícil ganar experiencias profesionales o políticas. De ahí que nuestros partidos políticos no duren mucho o no reflejen la voluntad de una minoría que aprenda de la experiencia. Eso, y los viejos problemas, como la corrupción estatal y política, debilitan toda empresa y hace que se dude de todos los proyectos. Eso y la desaparición de nuestros ''pensadores'' apunta el entrar en la era de la mediocridad. Lo cual nos lleva a interpretar los gritos y aplausos del grupo argentino que quería ver y oír a Fidel Castro.

En primer lugar, hay que ser justos. Dondequiera que el dictador va, hay gente que quiere retratarse con él y tener un recuerdo de ese ''abuelo revolucionario'' que ahorita se pierde en el espacio. En segundo lugar, los argentinos y todos los demás ciudadanos de nuestros países han visto a sus presidentes ''democráticos'' reunirse con Castro y saludarlo y oír sus consejos. Y si él es tan malo, ¿por qué los presidentes son tan buenos y amables con él? La respuesta tiene que ver con la mediocridad. Porque en estos momentos los que aplauden a Castro están aplaudiendo un fracaso revolucionario, a un hombre que ha lanzado a Cuba a la miseria. A Fidel sólo le queda ondear la bandera del resentimiento, echarle todas las culpas a los americanos, concentrarse no en mejorar a Cuba, o a la América Latina, sino en enfatizar el odio e imponer la mentira.

Posiblemente nuestros presidentes lograrían mucho más si superaran la mediocridad comunista y fortalecieran nuestras democracias.

Junio 1, 2003

 

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