Hace poco, una fracción del pueblo
argentino fue criticada por la mejor parte de su prensa y por, según se dice,
algunos escritores y políticos conocidos del continente y de Europa, por haber
saludado con amplio entusiasmo a un dictador que lleva cuarenta y cuatro años
oprimiendo a su pueblo. Para muchos cubanos, esa ceguera de los argentinos ante
las prisiones y los fusilamientos que ensangrientan la isla de Cuba es un
espectáculo que clava dolor en el alma. Para algunos analistas, sin embargo, ese
gesto simultáneamente auténtico y profesional (el dinero se desliza fácil en los
grupos de propaganda castrista) refleja una realidad que podría servir para
definir una época. La época de la mediocridad.
El curioso fenómeno, la disminución en cada país de figuras fecundas,
culturales y políticas, fue notado al terminar la Segunda Guerra Mundial. En
1950, era todavía fácil reconocer que, limitándose a dos nombres de cada país,
Francisco Franco y Ortega y Gasset coincidían en España; Charles de Gaulle y
Jean-Paul Sartre en Francia; Winston Churchill y George Orwell en Inglaterra; y
aún en la arruinada Alemania filosofaba Martín Heidegger. Y en Rusia, Boris
Pasternak publicaba Doctor Zhivago.
Al entrar en acción la década de los sesenta, los líderes de un llamado
tercer mundo, que emergía supuestamente libre de comunismo y capitalismo, se
dieron a conocer y, entre aplausos europeos y americanos, planteaban sus
proyectos. Era la época en que aún el vestuario de Jawaharial Nehru, el líder
indio, y de Ahmed Sukarno, el primer presidente de Indonesia, se hizo común
entre los jóvenes. Casi al mismo tiempo, los nuevos líderes africanos que
llegaron al poder proclamaron al socialismo nacionalista y se entregaron a
enriquecerse o a matarse en guerras civiles. Casi al mismo tiempo, Fidel Castro
alcanzaba el poder y proclamaba su alianza con esos ``nuevos líderes''.
Tal alianza, en tal ajustado momento, logró que Fidel recibiera una gratísima
recepción nacional e internacional. Profesores, escritores, inversionistas y
políticos vieron en el líder a un nuevo miembro de la nueva ola, inclinado al
socialismo y decididamente antiamericano. La culpable conciencia de los
excolonialistas europeos les alentaba el aplauso. Mas la situación seguía
cambiando. Fidel se proclamó comunista prosoviético, la mayor parte de los
nuevos líderes del tercer mundo perdieron rápidamente su prestigio; la Unión
Soviética respaldó la Cuba de Castro y Estados Unidos la trató de aislar
económica y políticamente.
Fidel Castro creía haber descubierto la mejor arma para derrotar al
capitalismo y darle paso a una ''nueva'' revolución. La fórmula, explicada en un
pequeño libro de un francés, Regis Debray, se llamaba ¿Revolución en la
revolución? y circuló por el continente tocando, pero no convenciendo, a las
diversas alas izquierdistas de la juventud. La idea básica del libro era que en
el continente latinoamericano había infinitamente más campesinos que obreros, y
que movilizar al reducido proletariado en vez de al numeroso campesinado era
marchar hacia la derrota. China había dado un buen ejemplo del camino correcto.
Los cambios, sin embargo, no cesaban. Mientras los partidos comunistas
rechazaban la tesis castrista y se iban quedando un poco al margen de la
historia, ''la mediocridad nos está consumiendo'', aseguró el comunista uruguayo
Rodney Arismendi. Pero las guerrillas fueron derrotadas, la nueva fórmula
revolucionaria no alcanzó victorias. La muerte del Che Guevara en Bolivia
fue la derrota colectiva. Por un tiempo, golpes militares frenaron a la
izquierda e impusieron fórmulas de mando. Al finalizar la década de los setenta
una corriente democrática comenzó a transformar de nuevo al hemisferio. El
hundimiento de la Unión Soviética y el colapso del comunismo en 1990-91 son los
eventos que más influenciaron el momento. Mientras la democracia avanzaba en el
continente, la guerra fría se esfumaba y los Estados Unidos, los odiados
gringos, se quedaron solos en la plataforma del poder.
La democracia siempre nace y se mantiene frágil bajo una amplia cuota de
problemas que torna difícil ganar experiencias profesionales o políticas. De ahí
que nuestros partidos políticos no duren mucho o no reflejen la voluntad de una
minoría que aprenda de la experiencia. Eso, y los viejos problemas, como la
corrupción estatal y política, debilitan toda empresa y hace que se dude de
todos los proyectos. Eso y la desaparición de nuestros ''pensadores'' apunta el
entrar en la era de la mediocridad. Lo cual nos lleva a interpretar los gritos y
aplausos del grupo argentino que quería ver y oír a Fidel Castro.
En primer lugar, hay que ser justos.
Dondequiera que el dictador va, hay gente que quiere retratarse con él y tener
un recuerdo de ese ''abuelo revolucionario'' que ahorita se pierde en el espacio.
En segundo lugar, los argentinos y todos los demás ciudadanos de nuestros países
han visto a sus presidentes ''democráticos'' reunirse con Castro y saludarlo y
oír sus consejos. Y si él es tan malo, ¿por qué los presidentes son tan buenos y
amables con él? La respuesta tiene que ver con la mediocridad. Porque en estos
momentos los que aplauden a Castro están aplaudiendo un fracaso revolucionario,
a un hombre que ha lanzado a Cuba a la miseria. A Fidel sólo le queda ondear la
bandera del resentimiento, echarle todas las culpas a los americanos,
concentrarse no en mejorar a Cuba, o a la América Latina, sino en enfatizar el
odio e imponer la mentira.
Posiblemente nuestros presidentes lograrían mucho más si superaran la
mediocridad comunista y fortalecieran nuestras democracias.