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'Son
los otros los que tiemblan'
Tengo un gran
amigo que ha cruzado bravamente los hondos traumas del proceso cubano.
Es un hombre trabajador e
inteligente que nació en La Habana y trabajó en Sancti Spiritus y que siempre ha
preferido más la experiencia humana que la compleja teoría de los libros.
Vecinos que somos, nos encontramos a menudo cuidando los jardines o laborando
menudencias alrededor de las casas. Y casi siempre revisamos las mutuas, y a
veces diferentes, perspectivas que tenemos
del momento cubano. En
ocasiones, mi tocayo, don Luis Sotolongo, cierra la conversación con una frase
original. Ayer así lo hizo. Hoy me complazco en compartir con mis lectores el
examen de su tesis.
Con el
galope expresivo de los cubanos habló mi amigo apasionadamente y me repitió que
nosotros no acababamos de entender cómo ha cambiando nuestra situación de
exiliados, que no nos damos cuenta de que en estos momentos son Fidel y sus
lacayos los que están pasándola negra, y que ya era hora de hacer que todos los
cubanos comprendieran que el mundo y el destino se han vuelto contrarios a
nuestros enemigos. Sintetizando su idea, mi amigo me repitió ayer que hoy en día
``los que tiemblan son ellos''.
Conviene examinar el argumento. No hay duda de que al primer golpe de vista se
puede decir que hasta hace casi un año, la mayor parte del exilio se preguntaba
qué iba a hacer Fidel, cuál iba a ser su ofensiva, cómo era posible que los
americanos no hicieran nada contra el barbudo, mientras los presidentes
democráticos latinoamericanos abrazaban calurosamente al monstruo castrista. El
panorama ha cambiado, la economía cubana está prácticamente paralizada, sólo los
dólares alivian a quienes tienen el privilegio de adquirirlos, y los insólitos
fusilamientos y las condenas brutales provocaron ráfagas de desprestigio contra
el régimen castrista. El estrecho sendero de la revolución se ha vuelto tan
árido que ni siquiera los intelectuales del partido comunista se atreven a
tantear los ''nuevos'' planes que se van a discutir en el próximo congreso del
partido.
Ahora
bien, ese cuadro está correcto, pero no está completo. De ahí que sea útil
examinar otras zonas
del problema para
tener una visión más completa. Recordemos que toda opinión o todo hecho pueden
ser analizados desde diferentes puntos de vista. De ahí la retórica tendencia a
juzgar a quienes estan discutiendo el futuro,
como
''optimistas'' o ''pesimistas''. Tales personas se olvidan de que quien juzga a
otro discursante como
positivo o negativo está basando su juicio en su propia convicción. La retórica
torna todo en vacías expresiones. De ahí la irónica frase que un profesor alemán
me deslizó una vez en el oído, en un debate internacional: ''No se olvide de que
un `pesimista''', me dijo para apoyarme, 'no es más que un `optimista' bien
informado''.
Toda
polémica tiende a ser positiva porque se desarrolla en un ambiente de libertad.
Si queremos insistir en cualquier explicación de un hecho o proceso histórico
tenemos que reconocer los derechos del adversario y tratar de ser objetivos. Esa
es la forma democrática. A la inversa, en los regímenes totalitarios, modelados
con moldes de hierro, cada pregunta tiene que recibir la misma respuesta. Es ahí
donde la diversidad y el respeto democrático se ponen de manifiesto. En Cuba, un
trágico ejemplo, la dictadura comenzó hace cuarenta años con un ''Gracias,
Fidel'' y continúa hoy con un ``Ordene, comandante''.
Lo cual
nos conduce de nuevo al terrible cuadro de la Cuba actual, a la visión de su
negritud, y a la aparente falta de alguna solución para Fidel. Pero la voluntad
realista, la que supera a los juicios ''pesimistas'' u ''optimistas'' y trata de
cubrir todos los aspectos y entender todas las posibilidades, comienza por
formular al menos una pregunta. ¿Qué movió a un viejo líder a ordenar un
despliegue de arrestos y fusilamientos? Porque es básico recordar que la última
crisis que ha agitado a Cuba no se abatió sobre Castro, sino que fue Castro
quien la lanzó contra los disidente y el exilio. Y cuando muchas naciones se lo
reprocharon, él respondió con una catarata de insultos en todos los mapas
internacionales.
Frente
a tal iniciativa castrista, la respuesta más fácil es la locura de Castro.
Locura que, curiosamente, jamás lo ha llevado a un traspiés definitivo. Otra es
que la brutal medida apunta a dos objetivos: paralizar al pueblo y a los
disidentes con un electroshok y, al mismo tiempo, enviar un mensaje disimulado a
los americanos, asegurándoles que Casro los apoya en no permitir una emigración
masiva de cubanos. Lo cual nos acerca a ciertas posibilidades que apenas si
hemos mencionado. La más básica es que Fidel no va a escaparse de la isla
buscando remotez y supervivencia. El viaje no lo salva. Ni parece que el teórico
puente articulado para salvar la supervivencia del castrismo no ha logrado
convencer a Castro de que va a haber seguridad para él.
Menos
visible, pero muy importante, en el panorama examinado es la posibilidad de que,
a medida que se le estrechen los caminos al dictador, no le quede más remedio
que seguir el ejemplo de Hitler y convocar a un Gotterdamnerung, a un ''ocaso de
los dioses'' cubanos, provocado por un ataque a los americanos, que le permitirá
a Castro morir acusando al imperialismo.
Cuando
volvamos a examinar al cuadro cubano actual pudiera resultar que, como intuye mi
gran amigo, los de allá tiemblan y los de acá se ríen, hasta que el destino
decida darle un toque a la llave que controla el futuro.
Junio 29, 2003
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