DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El paredón como símbolo

Modesto homenaje al noble pueblo americano, que jamás ha tolerado a un dictador

El evocar la necedad metafísica de unos argentinos que clamaron por el paredón de fusilamiento de Castro para eliminar a compatriotas, latinoamericanos, y ciudadanos que han tenido algo de éxito en la vida, conduce a tratar de entender la órbita de la gente que respalda el linchamiento, la guillotina o el paredón como irracionales formas de resentimiento y venganza popular.

Desde luego que el paredón es un símbolo, una imaginada muralleja, mordida por los años, usada para disparar balas mortales contra prisioneros indefensos. La conmovedora imagen de tales fusilamientos la creó don Francisco de Goya y Lucientes, el genial pintor español, quien en uno de sus cuadros, Fusilamientos del 3 de mayo, inmortalizó el momento en que prisioneros españoles alzaban los brazos pidiéndole clemencia a una línea de oscuros fusiles franceses a punto de disparar.

Los fusiles dispararon. Los franceses creyeron que esos disparos iban a desbandar a los rebeldes españoles que ya luchaban contra las tropas napoleónicas. Pero el eco de esos disparos resonaron en toda España y sublevaron al pueblo español. En 1812 las tropas francesas se retiraban de España donde, con su derrota, habían contribuido a crear un nuevo concepto bélico, una nueva táctica, ''la guerrilla'', el uso de grupos minoritarios que atacan, se retiran y vuelven a atacar sorpresivamente a los ejércitos.

Una nota al margen: los nuevos métodos bélicos llegaron a Cuba simultáneamente: Castro llegó al poder con las guerrillas e impuso de inmediato el paredón.

Claro que el arte de matar prisioneros ni nació con, ni requiere, la presencia de un simbólico paredón. El impulso eliminador mostró su presencia tempranamente en el jardín del Edén, cuando Abel, quien debe haber sido un santurrón insoportable, cayó bajo los golpes de una quijada de burro administrada por su hermano Caín. Después de ese comienzo impresionante, la voluntad de matar a otros seres humanos creó armas y mejoró su capacidad destructora hasta llegar a la actualidad, cuando existe la posibilidad de aniquilar a toda la humanidad. Una oportunidad, comentó un pintor alemán, que no debemos dejar pasar.

Pero no se trata de eso. Lo importante no es quién está matando a quién, sino quién ha logrado que sea el pueblo el que grite, pidiendo ''paredón'' para los opositores del dictador. Esa comunicación entre el pueblo y el poder son los factores que sirven para poder medir la fuerza del pueblo o del poder. Tomemos, por ejemplo, la experiencia de un cruel caudillo dominicano que logró establecer un vínculo tan hondo con su pueblo, que aun después de que fue abatido por las balas, había sectores populares que lloraban su caída.

Por su parte, todos los cubanos del exilio creen saber cómo está la relación pueblo-poder en Cuba. Castro apeló tempranamente a las masas y las de-

signó ''vanguardia de la revolución''. La reacción fue popular, como suele ser cuando al pueblo se le ofrece ''la voluntad de creer''. El paso siguiente fue conceder al líder todos los poderes. El balance de la ecuación pueblo-poder quedó en las manos del poder.

Es difícil pensar en esos factores, en el control estatal de la educación y que no haya en las isla miles de cubanos que apoyan a Fidel. ¿Es que los pueblos latinos padecen de una asombrosa vocación a la obediencia? Quién sabe. Pero recordemos que esa sumisión al dictador la demostró el pueblo alemán cuando conquistó Europa y luchó hasta el último latido por su líder. Otro dato es esencial para entender que por muy agitado que ande un pueblo, si no hay una causa concreta, un símbolo que movilice a las masas, la lucha política se reduce a conocidas tensiones.

En 1840, por ejemplo, la libertad de Cuba no era una causa abierta y colectiva. Después de 1868, con una bandera, un himno, nombres de victorias y de mártires, los cubanos tenían su causa desplegada en casi todas las almas. Martí no surgió a tiempo ni con tiempo, ni los mambises buscaban el poder absoluto. Seamos, pues, un poco más objetivos. Por lo pronto hoy sabemos que todo grupo político lleva en sí mismo una cuota de entusiasmo y una dosis de fuerza y unidad. Los antiguos romanos lo sabían. Cada victoria la festejaban el ejército y el pueblo romano. Luego se comprobó que los desfiles militares masivos, como los de Corea del Norte hoy, expanden el sentimiento de invencibilidad. Por eso los nazis, expertos en todo ese fenómeno, prohibieron el saludo con apretón de manos y obligaron a saludar con el brazo en alto al Führer y emitir dos palabras: Sieg Heil! Así quedaba Hitler en todas partes y en todas parte le ofrecían lealtad. Por su parte, Castro no cesa de crear populares manifestaciones.

Ahora bien, creer que en la isla todos los cubanos odian a Castro es distorsionar tanto la realidad como afirmar que en la isla no hay represión. Lo que torna a un ciudadano del pueblo en un agitado político suele ser una idea, una causa, una creencia que lo moviliza. En el caso cubano, Fidel concentró enseguida el poder, pero sabiamente evadió la personificación del mito. ''El pueblo es la revolución, la revolución es Fidel.'' La revolución comete errores, Fidel nunca. ''Los traidores al pueblo serán castigados por el pueblo.'' ¿Y quién es siempre el verdadero enemigo del pueblo cubano? El imperialismo norteamericano. Fidel enriqueció retóricamente a las masas, y les clavó la permanente amenaza de la represión. De ahí que sea necesario tomar en cuenta todos los datos que permitan juzgar la realidad cubana y quizás su futuro.

Julio 6, 2003

 

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