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El paredón como símbolo
Modesto homenaje al noble pueblo americano, que jamás ha tolerado a un dictador
El evocar la
necedad metafísica de unos argentinos que clamaron por el paredón de
fusilamiento de Castro para eliminar a compatriotas, latinoamericanos, y
ciudadanos que han tenido algo de éxito en la vida, conduce a tratar de entender
la órbita de la gente que respalda el linchamiento, la guillotina o el paredón
como irracionales formas de resentimiento y venganza popular.
Desde luego que el
paredón es un símbolo, una imaginada muralleja, mordida por los años, usada para
disparar balas mortales contra prisioneros indefensos. La conmovedora imagen de
tales fusilamientos la creó don Francisco de Goya y Lucientes, el genial pintor
español, quien en uno de sus cuadros, Fusilamientos del 3 de mayo, inmortalizó
el momento en que prisioneros españoles alzaban los brazos pidiéndole clemencia
a una línea de oscuros fusiles franceses a punto de disparar.
Los fusiles
dispararon. Los franceses creyeron que esos disparos iban a desbandar a los
rebeldes españoles que ya luchaban contra las tropas napoleónicas. Pero el eco
de esos disparos resonaron en toda España y sublevaron al pueblo español. En
1812 las tropas francesas se retiraban de España donde, con su derrota, habían
contribuido a crear un nuevo concepto bélico, una nueva táctica, ''la
guerrilla'', el uso de grupos minoritarios que atacan, se retiran y vuelven a
atacar sorpresivamente a los ejércitos.
Una nota al
margen: los nuevos métodos bélicos llegaron a Cuba simultáneamente: Castro llegó
al poder con las guerrillas e impuso de inmediato el paredón.
Claro que el arte
de matar prisioneros ni nació con, ni requiere, la presencia de un simbólico
paredón. El impulso eliminador mostró su presencia tempranamente en el jardín
del Edén, cuando Abel, quien debe haber sido un santurrón insoportable, cayó
bajo los golpes de una quijada de burro administrada por su hermano Caín.
Después de ese comienzo impresionante, la voluntad de matar a otros seres
humanos creó armas y mejoró su capacidad destructora hasta llegar a la
actualidad, cuando existe la posibilidad de aniquilar a toda la humanidad. Una
oportunidad, comentó un pintor alemán, que no debemos dejar pasar.
Pero no se trata
de eso. Lo importante no es quién está matando a quién, sino quién ha logrado
que sea el pueblo el que grite, pidiendo ''paredón'' para los opositores del
dictador. Esa comunicación entre el pueblo y el poder son los factores que
sirven para poder medir la fuerza del pueblo o del poder. Tomemos, por ejemplo,
la experiencia de un cruel caudillo dominicano que logró establecer un vínculo
tan hondo con su pueblo, que aun después de que fue abatido por las balas, había
sectores populares que lloraban su caída.
Por su parte,
todos los cubanos del exilio creen saber cómo está la relación pueblo-poder en
Cuba. Castro apeló tempranamente a las masas y las de-
signó ''vanguardia
de la revolución''. La reacción fue popular, como suele ser cuando al pueblo se
le ofrece ''la voluntad de creer''. El paso siguiente fue conceder al líder
todos los poderes. El balance de la ecuación pueblo-poder quedó en las manos del
poder.
Es difícil pensar
en esos factores, en el control estatal de la educación y que no haya en las
isla miles de cubanos que apoyan a Fidel. ¿Es que los pueblos latinos padecen de
una asombrosa vocación a la obediencia? Quién sabe. Pero recordemos que esa
sumisión al dictador la demostró el pueblo alemán cuando conquistó Europa y
luchó hasta el último latido por su líder. Otro dato es esencial para entender
que por muy agitado que ande un pueblo, si no hay una causa concreta, un símbolo
que movilice a las masas, la lucha política se reduce a conocidas tensiones.
En 1840, por
ejemplo, la libertad de Cuba no era una causa abierta y colectiva. Después de
1868, con una bandera, un himno, nombres de victorias y de mártires, los cubanos
tenían su causa desplegada en casi todas las almas. Martí no surgió a tiempo ni
con tiempo, ni los mambises buscaban el poder absoluto. Seamos, pues, un poco
más objetivos. Por lo pronto hoy sabemos que todo grupo político lleva en sí
mismo una cuota de entusiasmo y una dosis de fuerza y unidad. Los antiguos
romanos lo sabían. Cada victoria la festejaban el ejército y el pueblo romano.
Luego se comprobó que los desfiles militares masivos, como los de Corea del
Norte hoy, expanden el sentimiento de invencibilidad. Por eso los nazis,
expertos en todo ese fenómeno, prohibieron el saludo con apretón de manos y
obligaron a saludar con el brazo en alto al Führer y emitir dos palabras: Sieg
Heil! Así quedaba Hitler en todas partes y en todas parte le ofrecían lealtad.
Por su parte, Castro no cesa de crear populares manifestaciones.
Ahora bien, creer
que en la isla todos los cubanos odian a Castro es distorsionar tanto la
realidad como afirmar que en la isla no hay represión. Lo que torna a un
ciudadano del pueblo en un agitado político suele ser una idea, una causa, una
creencia que lo moviliza. En el caso cubano, Fidel concentró enseguida el poder,
pero sabiamente evadió la personificación del mito. ''El pueblo es la
revolución, la revolución es Fidel.'' La revolución comete errores, Fidel nunca.
''Los traidores al pueblo serán castigados por el pueblo.'' ¿Y quién es siempre
el verdadero enemigo del pueblo cubano? El imperialismo norteamericano. Fidel
enriqueció retóricamente a las masas, y les clavó la permanente amenaza de la
represión. De ahí que sea necesario tomar en cuenta todos los datos que permitan
juzgar la realidad cubana y quizás su futuro.
Julio 6, 2003
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