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Homenajes que se deben
Casi todo el mundo
lleva en la mente una cuota de gratos recuerdos que aligeran la vida.
No están vinculados a la
cotidiana corriente de eventos sin importancia. Los mejores de esos recuerdos
suelen haber sido excepcionales e inesperados, impromptus, que quiebran en forma
menuda la circunstancia y se graban livianamente en la memoria. Así ocurre
cuando, por ejemplo, en medio de la crisis a que conduce haber olvidado la
cartera y el dinero, un desconocido mecánico arregla gratis nuestro roto carro;
o perderse de noche en una ciudad compleja hasta que de pronto un personaje te
guía hasta una ruta segura; o cuando faltando cinco segundos para el final del
juego de campeonato, nuestro team gana con un increíble punto; o que en un
pequeño grupo otoñal alguien recita de pronto un olvidado poema que es aún
recuerdo de amor para alguien.
Naturalmente que las acciones patrióticas que merecen medallas alcanzan mayor
fama. Pero muchas otras conductas, el obrero que salvó a un niño, el policía que
detiene a balazos a un criminal, crean limitados pero bien sinceros sentimientos
de gratitud. Mas no siempre se puede rendir el homenaje que se le debe a alguien.
Hace tiempo, por ejemplo, anhelo localizar a una de las personas de mayor coraje
que he conocido en mi vida, la cual él salvó cuando, de noche, sin luces y con
el motor nuestro fallando, él, con impresionante serenidad, logró que la
maquinaria arrancara y el bote saltara rompiendo las olas y alejándonos de una
fragata castrista que se nos encimaba. Sólo sé que lo llamábamos ''Candela'',
que había sido teniente
del
Ejército Rebelde, que tenía hazañas nunca exageradas y que había leído el
capítulo que le dediqué en mi libro De cómo se me murieron las palabras.
El otro
amigo acaba de morir en
Texas.
Se llamaba Yito Martínez y recibió un parco homenaje. De joven se había unido al
26 de Julio y había ayudado a Frank País. Mas apenas vislumbró la verdadera faz
de Fidel Castro, se fue al exilio y comenzó de nuevo a luchar por la libertad de
Cuba. Cuando en abril de 1961 el grupo de Laureano Batista, Jorge Sotús, José
Ignacio Rasco y otros se unieron al nuestro, comandado por Jorge de Moya, se
suponía que para desembarcar en la costa norte de Oriente, una fragata de Castro
interrumpió el trayecto y nos dispersó hacia las Bahamas. En la proa Yito
Martínez condenaba a unos aliados que, según él, nunca nos ayudaban.
Cuando
el único oficial americano que estaba en la nave, a cargo de comunicaciones,
ordenó que se siguiera la ruta hacia el norte, Yito le manifestó que la Marina
americana no había dado señales de vida y que como el telegrafista no tenía
autoridad, los cubanos tomarían el rumbo que ellos decidieran. Después de una
difícil búsqueda, al volver a
Miami,
nos enteramos del
heroísmo y el desastre de la Brigada y de cómo continuar la lucha.
Nos
encontramos entonces con un exilio que seguía cambiando. La lucha armada se
tornaba remota y grupos civiles se organizaban y se multiplicaban en Miami. La
mayor parte de los exiliados seguían aferrados a la esperanza de volver pronto.
Fue entonces que la mujer avanzó en la lucha por la libertad. Allá en Cuba y en
Miami la mujer contribuyó a cerrar filas y a ajustarse al sacrificio de trabajar
en tierra ajena, o bajo la dictadura totalitaria, de repartir propaganda o dar
con los huesos en la cárcel. Allá en la isla, con una educación oficial y poca
comida, hay cientos de mujeres que se sacrifican día y noche para salvar a sus
familias. Valdría la pena levantar un monumento a la mujer cubana que aquí y
allá le ha rendido todo a su pueblo.
El
número de mujeres que merecen homenaje es infinito. De ahí que sea a veces
necesario elegir a una que represente a muchas. Y eso lo hago hoy ante una
persona que no sólo tiene la validez de un carácter colectivo que ha cruzado
fechas inmortales para los cubanos. Se trata de una señora, hija de un joven
médico de Puerto Rico que se unió a los mambises y fue nombrado coronel
del
ejército cubano. Ella vivió en un ambiente de cultura musical y era conocida por
su generosidad. Cuando llegó el momento de partir al exilio, ella mantuvo su
carácter. Pero en esa vida tres fechas requieren especial atención.
La
primera es que Carmen Mascaró de Mestre nació en Santiago de Cuba, que es el
corazón de la isla. La segunda se refiere al dato de que nació en 1902, el año
en que nació la República de Cuba. Lo cual quiere decir que Carmen Mascaró de
Mestre llegó a la vida en el mismo momento histórico en que nació la República.
Y que, como pocos mortales, ella vio nacer y crecer la República y la vio ser
aplastada por la dictadura. Más ella sigue abrazada a la esperanza de ver caer a
la tiranía. Y surgiendo de ella esa esperanza es atendible, porque hace muy poco,
dato tercero, Carmen cumplió cien años, y con muy poco de vista y nada de
quejumbre sigue recitando de memoria los poemas de su juventud.
Hay un
cuarto dato que apenas tiene importancia, y es que la señora Carmen Mascaró de
Mestre es bisabuela de mi nieta Katarina, quien quizá pueda abrigar una larga
visión de la historia. Un largo aplauso para doña Nena.
Julio 13, 2003
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