DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Homenajes que se deben

Casi todo el mundo lleva en la mente una cuota de gratos recuerdos que aligeran la vida. No están vinculados a la cotidiana corriente de eventos sin importancia. Los mejores de esos recuerdos suelen haber sido excepcionales e inesperados, impromptus, que quiebran en forma menuda la circunstancia y se graban livianamente en la memoria. Así ocurre cuando, por ejemplo, en medio de la crisis a que conduce haber olvidado la cartera y el dinero, un desconocido mecánico arregla gratis nuestro roto carro; o perderse de noche en una ciudad compleja hasta que de pronto un personaje te guía hasta una ruta segura; o cuando faltando cinco segundos para el final del juego de campeonato, nuestro team gana con un increíble punto; o que en un pequeño grupo otoñal alguien recita de pronto un olvidado poema que es aún recuerdo de amor para alguien.

Naturalmente que las acciones patrióticas que merecen medallas alcanzan mayor fama. Pero muchas otras conductas, el obrero que salvó a un niño, el policía que detiene a balazos a un criminal, crean limitados pero bien sinceros sentimientos de gratitud. Mas no siempre se puede rendir el homenaje que se le debe a alguien. Hace tiempo, por ejemplo, anhelo localizar a una de las personas de mayor coraje que he conocido en mi vida, la cual él salvó cuando, de noche, sin luces y con el motor nuestro fallando, él, con impresionante serenidad, logró que la maquinaria arrancara y el bote saltara rompiendo las olas y alejándonos de una fragata castrista que se nos encimaba. Sólo sé que lo llamábamos ''Candela'', que había sido teniente del Ejército Rebelde, que tenía hazañas nunca exageradas y que había leído el capítulo que le dediqué en mi libro De cómo se me murieron las palabras.

El otro amigo acaba de morir en Texas. Se llamaba Yito Martínez y recibió un parco homenaje. De joven se había unido al 26 de Julio y había ayudado a Frank País. Mas apenas vislumbró la verdadera faz de Fidel Castro, se fue al exilio y comenzó de nuevo a luchar por la libertad de Cuba. Cuando en abril de 1961 el grupo de Laureano Batista, Jorge Sotús, José Ignacio Rasco y otros se unieron al nuestro, comandado por Jorge de Moya, se suponía que para desembarcar en la costa norte de Oriente, una fragata de Castro interrumpió el trayecto y nos dispersó hacia las Bahamas. En la proa Yito Martínez condenaba a unos aliados que, según él, nunca nos ayudaban.

Cuando el único oficial americano que estaba en la nave, a cargo de comunicaciones, ordenó que se siguiera la ruta hacia el norte, Yito le manifestó que la Marina americana no había dado señales de vida y que como el telegrafista no tenía autoridad, los cubanos tomarían el rumbo que ellos decidieran. Después de una difícil búsqueda, al volver a Miami, nos enteramos del heroísmo y el desastre de la Brigada y de cómo continuar la lucha.

Nos encontramos entonces con un exilio que seguía cambiando. La lucha armada se tornaba remota y grupos civiles se organizaban y se multiplicaban en Miami. La mayor parte de los exiliados seguían aferrados a la esperanza de volver pronto. Fue entonces que la mujer avanzó en la lucha por la libertad. Allá en Cuba y en Miami la mujer contribuyó a cerrar filas y a ajustarse al sacrificio de trabajar en tierra ajena, o bajo la dictadura totalitaria, de repartir propaganda o dar con los huesos en la cárcel. Allá en la isla, con una educación oficial y poca comida, hay cientos de mujeres que se sacrifican día y noche para salvar a sus familias. Valdría la pena levantar un monumento a la mujer cubana que aquí y allá le ha rendido todo a su pueblo.

El número de mujeres que merecen homenaje es infinito. De ahí que sea a veces necesario elegir a una que represente a muchas. Y eso lo hago hoy ante una persona que no sólo tiene la validez de un carácter colectivo que ha cruzado fechas inmortales para los cubanos. Se trata de una señora, hija de un joven médico de Puerto Rico que se unió a los mambises y fue nombrado coronel del ejército cubano. Ella vivió en un ambiente de cultura musical y era conocida por su generosidad. Cuando llegó el momento de partir al exilio, ella mantuvo su carácter. Pero en esa vida tres fechas requieren especial atención.

La primera es que Carmen Mascaró de Mestre nació en Santiago de Cuba, que es el corazón de la isla. La segunda se refiere al dato de que nació en 1902, el año en que nació la República de Cuba. Lo cual quiere decir que Carmen Mascaró de Mestre llegó a la vida en el mismo momento histórico en que nació la República. Y que, como pocos mortales, ella vio nacer y crecer la República y la vio ser aplastada por la dictadura. Más ella sigue abrazada a la esperanza de ver caer a la tiranía. Y surgiendo de ella esa esperanza es atendible, porque hace muy poco, dato tercero, Carmen cumplió cien años, y con muy poco de vista y nada de quejumbre sigue recitando de memoria los poemas de su juventud.

Hay un cuarto dato que apenas tiene importancia, y es que la señora Carmen Mascaró de Mestre es bisabuela de mi nieta Katarina, quien quizá pueda abrigar una larga visión de la historia. Un largo aplauso para doña Nena.

Julio 13, 2003

 

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