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El dualismo de
la paz
y la violencia
Por lo que significa de cauterio a la sangría y alivio a
los largos dolores de un pueblo, ha de celebrarse siempre un esfuerzo por la paz
en Irlanda, Filipinas, Irak, Israel, los palestinos, etc. Aunque siempre una
larga experiencia nos ha enseñado, o debiera habernos enseñado, que el silencio
de los fusiles no es siempre garantía de paz. Las más de las veces, como señaló
una vez el bigotudo Clemenceau, la paz no es más que una tregua que permite a
los contendientes recoger alientos para proseguir la lucha.
Con la paz, además, ocurre algo extraordinario. Casi todo
el mundo ama la paz, y, sin embargo, casi siempre estamos en guerra. De ahí el
desconcierto que nos embarga ante el espectáculo de la violencia callejera que
nos trasmite a diario la televisión. Las escenas de grupos lanzando piedras
contra la policía, y siendo dispersados a bombas y a palos, es tan general que
no atinamos a identificar a los actores.
Ese dualismo, que nos lleva a aceptar como natural el que
nos gastemos millones de dólares en encontrar remedios para las enfermedades que
nos matan, mientras incesantemente afilamos las más costosas y eficientes armas
con las que nos matamos, tiene sus raíces en la evolución biológica del ser
humano. Al menos tal cosa afirman algunos connotados científicos, cuyos
impronunciables nombres suelen ser garantía de impresionantes saberes.
Hace miles, o millones de años, el antropoide dejó de andar
en cuatro patas y se irguió, obligando al cerebro a desplazarse. La nueva
posición permitió ampliar el horizonte de conocimientos del cerebro y alcanzar
el lenguaje, el recordar y desarrollar nuevas habilidades y, sobre todo,
acumular conocimientos. La memoria abrió el tortuoso camino del antropoide
humano hacia la civilización.
Pero muchos científicos sostienen con ardua lógica que lo
esencial del proceso, lo que explica el dualismo paz-violencia que nos aflige,
es que el cambio del cerebro no eliminó las cortezas instintivas que le habían
permitido al antropoide, a puro diente y zarpazo, sobrevivir cuando aún ululaba
frente a las cavernas. Esa parte primaria de nuestra sustancia gris fue reducida
y luego controlada por la creciente inteligencia del ser humano, pero no
desapareció.
Peor aún, la presencia y la influencia de esa zona cerebral
del primate, cuyas reacciones la mayor parte de las veces chocan con las
nociones ''civilizadas'' impuestas sobre ella, obligaron al hombre a inventarse
causas y razones para poder reaccionar y controlar los actos que son atribuidos
a ''los instintos''. La misma inteligencia que había permitido ''superar'' a la
zona instintiva del antropoide vino en ayuda del instinto primitivo y usualmente
agresor.
Así fue como, en nombre de su adquirida civilización, el
antropoide capturó, sojuzgó y eliminó a los otros animales, a los cuales
calificó de ''bestias'' y cuya evolución se había detenido en el simple instinto
de matar para comer. Superior en inteligencia, el ser eliminó a esas ''bestias'',
en pocos casos para alimentarse, en los más para ''divertirse''. Y los encerró
en jaulas para observarlos o convertirlos en animalitos juguetones.
Muchos de los que estudian estas reacciones afirman que, al
enfrentarse a sus semejantes, el hombre civilizado mantuvo el dualismo
indesarraigable de su mente. Mientras por un lado irguió pirámides y templos,
descubrió a los ''dioses'' y la moral, aprendió a curar las enfermedades, a
superar al sexo con el amor y la hermandad con la justicia, por otro utilizaba
esa creatividad para canalizar la agresión. Y se organizaron ejércitos, estados,
fronteras, desfiles militares, y causas que justificaran más guerras y
represiones.
Así, con un dualismo que exaspera a los filósofos, vivimos
en diferentes vertientes. Nos creamos y nos destruimos, nos aniquilamos y nos
abrazamos, rezamos a Dios y quemamos a los herejes o a los que condenamos más
sutilmente, hacemos la paz, eliminamos epidemias y creamos armas bacteriólogicas,
producimos una revolución científica y no encontramos la ciencia con la cual
entendernos. Destruimos junglas para fundar ciudades y luego tornamos nuestras
ciudades en junglas con una nueva especie de criminales.
En ese plano de estudio y de búsqueda, doy en creer que el
símbolo más chocante y triste es el de ver a la gente que transforma su vida en
una bomba, su lealtad y su amor a Dios en una explosión que esparce la muerte,
en calificar a muchos seres humanos como seres que deben ser destruidos porque
no merecen vivir. Y lo peor es que esa negatividad mortal, que en el imperio
azteca se justificaba ''porque los dioses tienen sed'', puede ser descubierta
nuevamente en cualquier rincón de la tierra.
A pesar de todo, siempre vale la pena luchar por la parte
creativa y alzada del cerebro. Queda la esperanza, además, de que los augustos
sabios de nombres complicados estén equivocados. Y de que, paso a paso, el
hombre termine por vencer al antropoide. Aunque si veo las películas de lucha
científica que nos muestran hoy, mejor me parece volver a Tarzán y a Numa.
Julio 20, 2003
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