DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El dualismo de la paz y la violencia

Por lo que significa de cauterio a la sangría y alivio a los largos dolores de un pueblo, ha de celebrarse siempre un esfuerzo por la paz en Irlanda, Filipinas, Irak, Israel, los palestinos, etc. Aunque siempre una larga experiencia nos ha enseñado, o debiera habernos enseñado, que el silencio de los fusiles no es siempre garantía de paz. Las más de las veces, como señaló una vez el bigotudo Clemenceau, la paz no es más que una tregua que permite a los contendientes recoger alientos para proseguir la lucha.

Con la paz, además, ocurre algo extraordinario. Casi todo el mundo ama la paz, y, sin embargo, casi siempre estamos en guerra. De ahí el desconcierto que nos embarga ante el espectáculo de la violencia callejera que nos trasmite a diario la televisión. Las escenas de grupos lanzando piedras contra la policía, y siendo dispersados a bombas y a palos, es tan general que no atinamos a identificar a los actores.

Ese dualismo, que nos lleva a aceptar como natural el que nos gastemos millones de dólares en encontrar remedios para las enfermedades que nos matan, mientras incesantemente afilamos las más costosas y eficientes armas con las que nos matamos, tiene sus raíces en la evolución biológica del ser humano. Al menos tal cosa afirman algunos connotados científicos, cuyos impronunciables nombres suelen ser garantía de impresionantes saberes.

Hace miles, o millones de años, el antropoide dejó de andar en cuatro patas y se irguió, obligando al cerebro a desplazarse. La nueva posición permitió ampliar el horizonte de conocimientos del cerebro y alcanzar el lenguaje, el recordar y desarrollar nuevas habilidades y, sobre todo, acumular conocimientos. La memoria abrió el tortuoso camino del antropoide humano hacia la civilización.

Pero muchos científicos sostienen con ardua lógica que lo esencial del proceso, lo que explica el dualismo paz-violencia que nos aflige, es que el cambio del cerebro no eliminó las cortezas instintivas que le habían permitido al antropoide, a puro diente y zarpazo, sobrevivir cuando aún ululaba frente a las cavernas. Esa parte primaria de nuestra sustancia gris fue reducida y luego controlada por la creciente inteligencia del ser humano, pero no desapareció.

Peor aún, la presencia y la influencia de esa zona cerebral del primate, cuyas reacciones la mayor parte de las veces chocan con las nociones ''civilizadas'' impuestas sobre ella, obligaron al hombre a inventarse causas y razones para poder reaccionar y controlar los actos que son atribuidos a ''los instintos''. La misma inteligencia que había permitido ''superar'' a la zona instintiva del antropoide vino en ayuda del instinto primitivo y usualmente agresor.

Así fue como, en nombre de su adquirida civilización, el antropoide capturó, sojuzgó y eliminó a los otros animales, a los cuales calificó de ''bestias'' y cuya evolución se había detenido en el simple instinto de matar para comer. Superior en inteligencia, el ser eliminó a esas ''bestias'', en pocos casos para alimentarse, en los más para ''divertirse''. Y los encerró en jaulas para observarlos o convertirlos en animalitos juguetones.

Muchos de los que estudian estas reacciones afirman que, al enfrentarse a sus semejantes, el hombre civilizado mantuvo el dualismo indesarraigable de su mente. Mientras por un lado irguió pirámides y templos, descubrió a los ''dioses'' y la moral, aprendió a curar las enfermedades, a superar al sexo con el amor y la hermandad con la justicia, por otro utilizaba esa creatividad para canalizar la agresión. Y se organizaron ejércitos, estados, fronteras, desfiles militares, y causas que justificaran más guerras y represiones.

Así, con un dualismo que exaspera a los filósofos, vivimos en diferentes vertientes. Nos creamos y nos destruimos, nos aniquilamos y nos abrazamos, rezamos a Dios y quemamos a los herejes o a los que condenamos más sutilmente, hacemos la paz, eliminamos epidemias y creamos armas bacteriólogicas, producimos una revolución científica y no encontramos la ciencia con la cual entendernos. Destruimos junglas para fundar ciudades y luego tornamos nuestras ciudades en junglas con una nueva especie de criminales.

En ese plano de estudio y de búsqueda, doy en creer que el símbolo más chocante y triste es el de ver a la gente que transforma su vida en una bomba, su lealtad y su amor a Dios en una explosión que esparce la muerte, en calificar a muchos seres humanos como seres que deben ser destruidos porque no merecen vivir. Y lo peor es que esa negatividad mortal, que en el imperio azteca se justificaba ''porque los dioses tienen sed'', puede ser descubierta nuevamente en cualquier rincón de la tierra.

A pesar de todo, siempre vale la pena luchar por la parte creativa y alzada del cerebro. Queda la esperanza, además, de que los augustos sabios de nombres complicados estén equivocados. Y de que, paso a paso, el hombre termine por vencer al antropoide. Aunque si veo las películas de lucha científica que nos muestran hoy, mejor me parece volver a Tarzán y a Numa.

Julio 20, 2003

 

a