DR. LUIS AGUILAR LEÓN

“Siempre hay que refugiarse en Celia Cruz”

Hace casi un año reproduje en Miami un artículo que había publicado en Washington, DC, celebrando un concierto de Celia Cruz en el Kennedy Center. Unos días más tarde, casi tropiezo con nuestra fabulosa cantante y su grupo en el hotel Sonesta. Usualmente no me arriesgo a saludar a personas famosas, pero Celia era mi favorita y me acerqué con un gesto amable, excusándome porque ella no me conocía. “No me mortifique, profesor”, me dijo riendo. “Yo he leído algunos de sus artículos y el que me dedicó me gustó tanto que le escribí una nota, dándole las gracias y le mandé una foto. Espero que le gusten”. Y se rió más. Y yo casi la abrazo.

Al otro día me llegó su carta y su foto. Aquí ofrezco una copia de ambos. Lo que suele ser un saludo intrascendente, un gesto de segundos, no lo fue en manos de Celia. Las palabras de la nota son claras, el estilo meticuloso. Al comienzo me desea salud; en el medio me da las gracias por mi gesto tan hermoso; y termina pidiendo que Dios me bendiga. Por eso, cuando ocurrió el hundimiento de un pueblo, decidí publicar la foto, la nota y fragmentos del artículo que no fue más que un modesto tributo a una magnífica artista y generosa persona. Su muerte marca el final de una era, pero ella seguirá ofreciendo un refugio y un modelo.

“El Hall del Kennedy Center se llenó esa noche de cubanos y latinos que habían venido a escuchar a la Emperatriz del Ritmo, a vibrar en su ruedo, a recordar y soñar. Fuera del Center, Washington había desplegado uno de sus más bellos ocasos. Un sol casi tropical ennoblecía un horizonte de árboles, cuyo verdor apenas comenzaba a amarrillearse ante los primeros soplos del otoño. Dentro, los asistentes murmuraban y ofrecían leves aplausos al espectáculo introductorio. De pronto, desde detrás de un pliegue de las cortinas, una voz tremulante, rica, melodiosa e inconfundible, se alzó por todo el ámbito del teatro y retumbó en la punta de los nervios. Aún no había asomado Celia cuando se oyó su voz y ya tres mil personas estaban de pie, vibrando con el ritmo, ofreciéndole un homenaje. Así, de las propias sombras, emergió Celia Cruz, toda ella, toda Celia, toda mujer, toda canto, toda ritmo. Con ella entraba cimbreando un cañaveral, el bronco redoblar de los bocuses, la risa de una mulata, la sinuosidad de las calles de La Habana y de Santiago de Cuba; olor a café, ‘el trópico fecundo y vivo’.

“Desde ese momento, el espectáculo dejó de ser espectáculo y se convirtió en una simbiosis vital de canto y alegría. Dejamos de ser público y pasamos a ser parte de Celia, compañeros de su ritmo, manto de sus movimientos. Prendidos al escenario con las uñas del alma, nos bañamos con su risa. Celia Cruz era Cuba viva, presente, ardiente, germinal y eterna, nos brindó algo insólito, jerarquía y elegancia.

“Porque hay quien confunde lo criollo con la chusmería y el relajo permanente, quien cree que el estilo, el ‘punto’ cubano, es el remeneo incesante, el grito amplio, la gesticulación excesiva. Desde luego que nosotros tenemos algo de eso y mucho de mucho más. Pero Celia Cruz nos ha enseñado una cuota de ese algo mucho más esencial del carácter cubano, la voluntad de ayudar y su orgullo como pueblo.

“Cuando al final Celia alzó su canción de despedida, el público no quería dejarla ir y, todos de pie, no interrumpía su sólido aplauso. Ella volvió al escenario, pero no cantó más, hizo un amplio gesto de agradecimiento y, con los brazos abiertos, se fue retirando hacia el trasfondo del escenario. Hizo muy bien. No había derecho a pedirle más. Había roto todos los niveles emocionales y clavado en tres mil almas la perennidad de un recuerdo. Después de ese magnífico regalo había que dejarla partir cargando nuestra gratitud y nuestro orgullo, desapareciendo lenta y soberanamente, toda ella, toda Celia, toda Cruz, toda milagro”.

Julio 27, 2003

 

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