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En busca de un gesto, señor Presidente
Sé muy bien, o por
lo menos así lo siento, que criticar al Presidente de los Estados Unidos, o a
las más importantes figuras políticas del país, está muy lejos de ser tarea
grata. No porque una
crítica implique la violación
del más básico derecho que
otorga la democracia, ni porque la opinión personal, en este caso la mía, tenga
peso alguno en un argumento.
Se
trata de plantear interrogaciones y dudas al gobierno del país que más
generosamente nos abrió sus puertas y nos acogió como ciudadanos, cuando el
dictador Castro impuso en
Cuba
una brutal dictadura totalitaria. Tal deuda espiritual, que nunca olvidaremos,
lleva a vacilar antes de desplegar una censura. Lo cual no quiere decir que en
muchos casos no se esté en el deber de desplegar una opinión que, aun cuando la
consideremos positiva para toda la comunidad, envuelve un claro aire de crítica.
Es así como
creo que, a veces, una disputa minoritaria puede servir de ejemplo a cómo evitar
graves conflictos.
En este caso, se
trata de un presidente, George W. Bush, que inauguró su marcha oficial con paso
firme y orientación certera, y quien, ante la gravísima emergencia del
terrorismo, movilizó a las fuerzas armadas de América y restableció el prestigio
de los Estados Unidos como defensor de la libertad y de la democracia. Hasta
hace poco, las estadísticas de los más serios sondeos indicaban que, a pesar de
una oposición ya bien conocida, la mayoría del pueblo americano respaldaba al
Presidente. Pero algo ha pasado, o varias cosas han pasado, que señalan la
pérdida de rumbo en la Casa Blanca.
Obviamente, la
insinuación de que tal desviación existe en los mandos de la Casa Blanca obliga
a mencionar que se poseen conocimientos de datos y fuentes que sirven de base a
las afirmaciones. Puedo asegurar de inmediato que tengo una ignorancia
enciclopédica que me inclina a buscar generalidades y a depositar preguntas y
que, por obvias razones, busco escenarios históricos que conozco. Como la
experiencia cubana. Que me permite señalar uno o dos ejemplos de ''gestos'' de
Washington que han dejado atónita, y ciertamente dolida, a la mayor parte de la
minoría cubana que, como ha comentado repetidas veces la prensa, votó y luchó
masivamente para elegir a George W. Bush.
Me he referido a
''gestos'', porque es así más fácil superar mi desconocimiento y concentrar los
símbolos que han dejado huellas en las relaciones cubano-americanas.
Precisamente, porque me limito a mencionar acciones públicas aparentemente
superficiales, pero que no implican enseriar los argumentos y ofrecer
estadísticas. Me limito a mencionar ''gestos'' y a citar a uno de los más
famosos diplomáticos de la historia, Charles Maurice Talleyrand, quien decía que
la política internacional y la diplomacia se reducen a una elegante colección de
gestos.
Pongamos, por
ejemplo, la conmemoración del aniversario de la fiesta nacional de Cuba,
celebrada los 20 de mayo. En el pasado, casi todos los presidentes americanos
habían hecho algún gesto para declarar su unión a esa fiesta nacional de Cuba.
Esta vez, como exclamaban algunos entusiastas, se trataba de ''nuestro
presidente''. El presidente actual no fue, ni envió a nadie, creo que sólo mandó
una breve nota. ¿Por qué? Todos sabemos que el Presidente está soberanamente
ocupado, que un gesto le cuesta tiempo vital, pero también el Presidente sabe
cómo enviar un saludo, o a un funcionario que hable español. Precisamente por
eso es que las minorías piden gestos de solidaridad.
Detrás
de tal silencio queda una visible pasividad.
Ninguna medida que
elimine o modifique la Ley Helms-Burton se discute hoy en día en Washington; no
sabemos de una ley o proyecto que trate de hacerle la vida más dura al gobierno
castrista, ni que provoque una condena oficial a los abusos en la isla, a las
palizas con que los ''diplomáticos'' castristas trataron de batir a los cubanos
exiliados en París, y al fusilamiento de tres cubanos que querían escapar de la
isla.
Precisamente esa
ausencia de gesto se manifestó en un evento reciente y de hondo impacto: el
arresto en alta mar de un camión-barca donde se escapaba un grupo de cubanos con
iniciativa. En el antiguo mundo comunista-soviético, Nikita Jruschov levantó en
Berlín una torva muralla alambrada y erizada de rifles que hacía difícil o
mortal el tratar de escaparse. Pero si alguien lograba escaparse, si algún niño
era lanzado por encima de la muralla, caía en los brazos abiertos de amigos o
familiares que vivían en el mundo occidental. En Cuba, a noventa millas de la
Florida, el cubano que quiera escapar tiene que desafiar un mar de oleadas y
corrientes. Y si a pesar de todo logra acercarse a las playas de la libertad, la
marina americana lo devolverá a su tierra, a su prisión o a su fusilamiento.
Se trata de otro
gesto silencioso, pero no vacío. El presidente Clinton envió de vuelta a Cuba a
un niño llamado Elián, proclamado de inmediato ''héroe'' de la revolución. Es
posible que el presidente Bush rectifique el rumbo de nuevo y nos haga un gesto
que nos muestre el camino a la esperanza.
Agosto 4, 2003
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