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Notas sobre mis memorias
Hace
tiempo deseaba escribir mis memorias. Una tarea que todo escritor ama y pospone.
En primer lugar, porque las memorias requieren una cuota de años y recuerdos que
conocemos como “vejez”. Y también por el miedo a aburrir. Porque los años no
regalan sabiduría, es preciso ganársela. Como decía Federico de Onís: “Quien
pierda la mañana pierde la tarde, quien pierda la juventud pierde la vida”.
Ahora bien, lo que los años no borran es el sentido del humor. Con honda emoción
los médicos acaban de anunciar que la risa inyecta energía. Descubrimiento un
tanto ingenuo, porque hace rato que la cultura occidental lo sabía. Aún yo
recordaré siempre que en un cementerio en Florencia descubrí un pequeño epitafio
de un caballero del Renacimiento: Pulvus et nihil et hilaritas. “Soy polvo y
nada y me sigo riendo”. Hubiera abrazado a ese humanista cuyo credo compartía y
comparto.
Muchos
amigos me han sugerido que trate de perpetuar algunas de mis historias. Piensan
que mi largo récord de profesor me otorga una cierta ventaja. Pero, a los 78
años, tal ventaja es frágil. De los once estudiantes que había en mi clase en
Dolores, sólo queda uno. Un servidor. La situación se complica más si uno se
entera de que sabios doctores me dicen que me he deslizado hacia el Alzheimer;
un mal que obliga a olvidarse de los nombres recientes y permite recordar los
nombres antiguos. Lo cual no debe ser tan malo. A veces los nombres no señalan
la jerarquía de la persona. Un ejemplo.
Cuando
se vivía en Cuba sin televisión y con escaso radio, había un pueblo en cuya
estación de ferrocaril un negro, con bocina roja y voz solemne, anunciaba y
elogiaba a los políticos que visitaban al pueblo. En una ocasión, un senador
conocido por su magna corrupción le dio más dinero de lo usual al popular
anunciador, quien se dio tres tragos y comenzó por repetir elogios sobre la
honestidad del visitante. Mas de pronto se interrumpió la bocina, y con acento
lastimero, la voz dijo: “¡Señores, hasta borracho me da pena!”. Esa anécdota
recorrió Cuba y reveló que, al menos, el orador popular tenía una línea ética
que no podía quebrar.
Esa es
mi básica manera de enseñar: no quedarme en el detalle, sino con la lección que
el detalle transmite. Expliquemos. Comenzar mis memorias escribiendo: “Yo nací
en Manzanillo en 1925”, sería reducir casi a cero la importancia de ese dato. Lo
primero que provoca la palabra “Manzanillo” es tararear cómo se baila el son en
calzoncillo y en camisón. Yo prefiero “hilvanar la historia”; no exagerarla ni
cortarla, sino relacionarla con otros horizontes. No pretendo que ése sea el
mejor método, pero sí el que más me gusta. Comencemos por mi versión.
'Cuando
nací en 1925, en Manzanillo, un hombre atronador y duro acababa de desafiar a un
tribunal alemán que lo había condenado por intentar un alzamiento militar. `La
condena', denunció el individuo, era injusta, pero él sabía que 'la eterna corte
de la historia' lo absolvería. El tipo se llamaba Adolfo Hitler y muy pronto, en
Manzanillo y en el mundo entero, lo iban a conocer. En 1939, La Habana,
Manzanillo y Santiago de Cuba recibieron la visita amistosa de un acorazado
alemán, el Schleswig-Holstein, cuya tripulación ajustó cordiales conductas y
partió. Cinco meses más tarde, las fotos mostraron a un barco de guerra alemán
que, a tronantes cañonazos, bombardeaba Danzig e iniciaba la Segunda Guerra
Mundial. Era el Schleswig-Holstein.
'En
1945, totalmente destruida, Alemania se rindió. En el centro de las ruinas de
Berlín, un enorme lienzo mostraba a Hitler mientras una voz de muerte repetía: `Si
buscas su monumento, mira a tu alrededor'. Ocho años más tarde, un joven cubano,
nacido en la provincia de Oriente en 1926, intentó retomar el método hitleriano.
En 1953, después de fracasar en un ataque a un cuartel, Fidel Castro Ruz
desplegó la misma retórica de Hitler: 'Usteden podrán condenarme, pero la
historia me absolverá'. Inexplicablemente, el dictador Batista lo amnistió.
Castro se fue al exilio, retornó a Cuba para imponer un gobierno ruinoso y
totalitario. Pero el juicio de la historia se cierra sobre él. Atenas, la madre
de todas nuestra luces, le ha negado a Castro el derecho de asistir a las
próximas Olimpiadas”.
Últimamente se me ha desbordado un ansia de leer y de entender una civilización
que parece desmembrarse. ¡Hay tanto que aprender! Y libros esenciales se
publican a diario en inglés y español. Y algunos recién llegan, como el de Rita
Martin, Sin perro y sin Penélope, que es como un enigma que con cada explicación
se vuelve más enigmático. Y que me inclina a revisarlo todo. Mas prefiero hoy
despedirme con una anécdota de mi tribu cubana. Cenábamos tres matrimonios en un
restaurante, cuando otro matrimonio cruzó cerca y el caballero se me acercó, me
preguntó mi nombre y ante el horror de su esposa, se sentó a mi lado y proclamó
que sólo tenía una “preguntica” para mí: ¿Qué va a ocurrir ahora en Cuba,
profesor?... Silencio en la mesa. Pero ningún cubano resiste más de treinta
segundos de silencio. Bebí despacio y el caballero dijo: “Porque yo sé lo que va
a pasar en Cuba” y comenzó su tesis. Por fin partió, calmando a su esposa.
Súbitamente se detuvo, volvió a mí, me puso la mano sobre el hombro y me dijo
sonriente: “Con usted siempre se aprende!”.
Y todo
el mundo en el área se reía. Mas yo pensaba que la fe expresada en la frase “con
usted siempre se aprende” la vuelve noble elogio.
Agosto 31, 2003
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