DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Notas sobre mis memorias

Hace tiempo deseaba escribir mis memorias. Una tarea que todo escritor ama y pospone. En primer lugar, porque las memorias requieren una cuota de años y recuerdos que conocemos como “vejez”. Y también por el miedo a aburrir. Porque los años no regalan sabiduría, es preciso ganársela. Como decía Federico de Onís: “Quien pierda la mañana pierde la tarde, quien pierda la juventud pierde la vida”. Ahora bien, lo que los años no borran es el sentido del humor. Con honda emoción los médicos acaban de anunciar que la risa inyecta energía. Descubrimiento un tanto ingenuo, porque hace rato que la cultura occidental lo sabía. Aún yo recordaré siempre que en un cementerio en Florencia descubrí un pequeño epitafio de un caballero del Renacimiento: Pulvus et nihil et hilaritas. “Soy polvo y nada y me sigo riendo”. Hubiera abrazado a ese humanista cuyo credo compartía y comparto.

Muchos amigos me han sugerido que trate de perpetuar algunas de mis historias. Piensan que mi largo récord de profesor me otorga una cierta ventaja. Pero, a los 78 años, tal ventaja es frágil. De los once estudiantes que había en mi clase en Dolores, sólo queda uno. Un servidor. La situación se complica más si uno se entera de que sabios doctores me dicen que me he deslizado hacia el Alzheimer; un mal que obliga a olvidarse de los nombres recientes y permite recordar los nombres antiguos. Lo cual no debe ser tan malo. A veces los nombres no señalan la jerarquía de la persona. Un ejemplo.

Cuando se vivía en Cuba sin televisión y con escaso radio, había un pueblo en cuya estación de ferrocaril un negro, con bocina roja y voz solemne, anunciaba y elogiaba a los políticos que visitaban al pueblo. En una ocasión, un senador conocido por su magna corrupción le dio más dinero de lo usual al popular anunciador, quien se dio tres tragos y comenzó por repetir elogios sobre la honestidad del visitante. Mas de pronto se interrumpió la bocina, y con acento lastimero, la voz dijo: “¡Señores, hasta borracho me da pena!”. Esa anécdota recorrió Cuba y reveló que, al menos, el orador popular tenía una línea ética que no podía quebrar.

Esa es mi básica manera de enseñar: no quedarme en el detalle, sino con la lección que el detalle transmite. Expliquemos. Comenzar mis memorias escribiendo: “Yo nací en Manzanillo en 1925”, sería reducir casi a cero la importancia de ese dato. Lo primero que provoca la palabra “Manzanillo” es tararear cómo se baila el son en calzoncillo y en camisón. Yo prefiero “hilvanar la historia”; no exagerarla ni cortarla, sino relacionarla con otros horizontes. No pretendo que ése sea el mejor método, pero sí el que más me gusta. Comencemos por mi versión.

'Cuando nací en 1925, en Manzanillo, un hombre atronador y duro acababa de desafiar a un tribunal alemán que lo había condenado por intentar un alzamiento militar. `La condena', denunció el individuo, era injusta, pero él sabía que 'la eterna corte de la historia' lo absolvería. El tipo se llamaba Adolfo Hitler y muy pronto, en Manzanillo y en el mundo entero, lo iban a conocer. En 1939, La Habana, Manzanillo y Santiago de Cuba recibieron la visita amistosa de un acorazado alemán, el Schleswig-Holstein, cuya tripulación ajustó cordiales conductas y partió. Cinco meses más tarde, las fotos mostraron a un barco de guerra alemán que, a tronantes cañonazos, bombardeaba Danzig e iniciaba la Segunda Guerra Mundial. Era el Schleswig-Holstein.

'En 1945, totalmente destruida, Alemania se rindió. En el centro de las ruinas de Berlín, un enorme lienzo mostraba a Hitler mientras una voz de muerte repetía: `Si buscas su monumento, mira a tu alrededor'. Ocho años más tarde, un joven cubano, nacido en la provincia de Oriente en 1926, intentó retomar el método hitleriano. En 1953, después de fracasar en un ataque a un cuartel, Fidel Castro Ruz desplegó la misma retórica de Hitler: 'Usteden podrán condenarme, pero la historia me absolverá'. Inexplicablemente, el dictador Batista lo amnistió. Castro se fue al exilio, retornó a Cuba para imponer un gobierno ruinoso y totalitario. Pero el juicio de la historia se cierra sobre él. Atenas, la madre de todas nuestra luces, le ha negado a Castro el derecho de asistir a las próximas Olimpiadas”.

Últimamente se me ha desbordado un ansia de leer y de entender una civilización que parece desmembrarse. ¡Hay tanto que aprender! Y libros esenciales se publican a diario en inglés y español. Y algunos recién llegan, como el de Rita Martin, Sin perro y sin Penélope, que es como un enigma que con cada explicación se vuelve más enigmático. Y que me inclina a revisarlo todo. Mas prefiero hoy despedirme con una anécdota de mi tribu cubana. Cenábamos tres matrimonios en un restaurante, cuando otro matrimonio cruzó cerca y el caballero se me acercó, me preguntó mi nombre y ante el horror de su esposa, se sentó a mi lado y proclamó que sólo tenía una “preguntica” para mí: ¿Qué va a ocurrir ahora en Cuba, profesor?... Silencio en la mesa. Pero ningún cubano resiste más de treinta segundos de silencio. Bebí despacio y el caballero dijo: “Porque yo sé lo que va a pasar en Cuba” y comenzó su tesis. Por fin partió, calmando a su esposa. Súbitamente se detuvo, volvió a mí, me puso la mano sobre el hombro y me dijo sonriente: “Con usted siempre se aprende!”.

Y todo el mundo en el área se reía. Mas yo pensaba que la fe expresada en la frase “con usted siempre se aprende” la vuelve noble elogio.

Agosto 31, 2003

 

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