DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Del anarquismo al fanatismo

En mayo de 1875, en París, al final de un juicio contra un joven anarquista que había lanzado una granada contra un restaurant, matando a dieciséis personas, entre ellas seis niños, el fiscal alzó su voz, señaló al acusado y repitió que era un asesino que mataba a inocentes. Fue entonces cuando, con ojos fríos y un tono indiferente, habló el acusado: ''En una guerra social'', dijo, '' no hay inocentes''. Y no volvió a musitar palabra. Dos meses después, la guillotina le rubricó el silencio... El 11 de septiembre de 2001, en América, un puñado de fanáticos que habían secuestrado tres aviones de pasaje los lanzaron contra edificios, sacrificando a miles de personas y dejando una larga nube de inseguridad nacional.

Vale la pena descubrir si hay alguna relacióN entre ambos crímenes. Comencemos por situar la cronología. El juicio del joven anarquista, palabra que viene del griego y significa ''no gobierno'', pertenece a una época, de 1840 a 1910, en que el anarquismo era la más conocida y temida corriente terrorista. Más tarde, el anarquismo perdió casi toda energía. Durante la guerra civil española, el comunismo, con un terrorismo mucho más eficiente, abatió a los anarquistas. Después de la Segunda Guerra Mundial, de 1945 a 1990, el panorama mundial era regido por el antagonismo entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1990, en Rusia, el partido comunista ruso se disolvió frente a la estatua de Lenin.

Por un momento pareció que el poderío americano, solitario en el escenario mundial, podría alcanzar los términos de paz que casi todas las naciones anhelan. Pero muy pronto diversas fases del terrorismo reaparecieron con su usual precio de dolor y de sangre. De ahí que convenga revisar los pasos históricos que tomaron ese rumbo. El anarquismo, por ejemplo, fue un movimiento filosófico, apoyado por conocidos intelectuales, como Joseph Pierre Proudhon, ''el padre del anarquismo'', y Mikael Bakunin, un ruso revolucionario que chocó con Karl Marx, a quien acusó de estar estructurando un aparato dictatorial y no un ''partido proletario''. Ese choque fue el comienzo de una era conflictiva dentro y fuera de los partidos ``revolucionarios''.

La tesis básica del anarquismo era la lealtad a la libertad individual, y la rebelión contra todas las autoridades que oprimen al pueblo, para crear una sociedad donde la justicia y la igualdad fueran decisivas. No se trata, pues, como planteaba Marx, de sustituir un estado por otro o de imponer leyes que mantengan a las autoridades abusando de su poder: se trata de eliminar la injusticia.

La popularidad del anarquismo creció bastante entre 1860 y 1900. Pero la falta de una autoridad central limitaba la coordinación de los ataques. No todos los anarquistas amaban la violencia ni todos se sometían a otros mandos. Los violentos dañaron la imagen del anarquismo. Y de acuerdo con muchos analistas, los ataques al estado movilizaban a las autoridades, las cuales solían ganar ventajas. Recuérdese que los anarquistas se jugaban la vida, pero no solían suicidarse para matar. Ese método apareció mucho más tarde.

Todavía peor fue el choque de los anarquistas con el marxismo que cerraba filas y, al menos en Alemania, avanzaba con un partido fecundo en ideas y disciplina. En 1917, el partido bolchevique llegó al poder y creó su estructura política, ''el estado revolucionario'' de Lenin, para los anarquistas una traición a su dogma, y planteó los planes de futuro que iban a revolucionar al mundo. El capitalismo era el enemigo, el comunismo era la solución. Fijémonos en esa fórmula, así o a la inversa, cuyo colapso va a tener honda conexión con nuestro tema.

Ahora bien, el factor determinante de la nueva política internacional que surge después de la Segunda Guerra Mundial es un mundo dividido entre el capitalismo y el comunismo, o entre la democracia y la dictadura, que además, y por primera vez en la historia, logra la posibilidad de aniquilar a la humanidad. De ahí que el dualismo del poder Moscú-Washington haya sabido evitar el encuentro militar. En cambio, los dos poderes buscaban aliados entre los países del tercer mundo.

Esa búsqueda de apoyo de las naciones fuertes provocó otra de las grandes ironías de la historia, cuando los países del tercer mundo se dieron cuenta de que el no tener armas atómicas los salvaba de ser atacados con armas atómicas (¿quién va a bombardear a Sri Lanka?, ironizaba el embajador ruso en 1985). Lo cual abrió una nueva frontera de lucha. Desde 1970, cuando se extinguía la guerra de Viet Nam, los productores de armas ''clásicas'' inundaron los mercados del tercer mundo. Y los conflictos bélicos se multiplicaron.

El derrumbe de la Unión Soviética en 1990 dejó a los Estados Unidos solos en su poderío. Pero el horizonte de violencias se multiplicó. Las dos alternativas que se habían enfrentado desde 1917, capitalismo y comunismo, se redujeron a una. Ya no se podía acusar al comunismo de nada, y al capitalismo de todo. Y las tres creencias más importantes del mundo se vieron envueltas en la crisis.

La conclusión la examinaremos en mi próximo espacio.

Septiembre 14, 2003

 

a