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El dios ocioso y la
revolución
En una época donde
truenan los estampidos y las noticias son truenos, las armas sigilosas siguen
multiplicándose y se hunden hacia al futuro, recogiendo temores y haciendo casi
imposible soñar con simples soluciones. Nadie sabe si es posible alcanzar una
paz duradera entre Israel y los palestinos, o salvar al Africa de las oleadas
del sida; mientras evadimos corrientes de odio que debemos calmar, deberíamos
calmar nuestras propias corrientes de cicuta y de miedo. ¿Es posible que pronto
el terrorismo logre convertir las computadoras en bombas explosivas y a la
oración de Dios en la única fórmula salvadora? ''Quién lo sabe'', susurraba
Moctezuma, ``los dioses siempre tienen sed''.
Frente a tal
situación, vale recordar que en la historia de Occidente hubo un largo momento,
en el siglo XVII y en el XVIII, en el cual la tesis de que un deus otiousus,
un ''Dios ocioso'' que no intervenía en los asuntos del mundo ni de los
mortales, se había convertido en un tema de conflicto para teólogos y
sacerdotes, cuya mayoría condenaba la tesis de la ociosidad divina. Las largas
discusiones permitían desplegar toda una serie de argumentos: el ateísmo, las
confesiones, las oraciones básicas, la filosofía de la religión, el socialismo,
la edad de la razón, y muchas voces llegaron a la tesis de que el deísmo, el
grupo que más o menos defendía la existencia de Dios, significaba esencialmente
el derecho de cada hombre a elegir a su dios y a sus oraciones. Algunos
filósofos, sin embargo, como Juan Jacobo Rousseau, desnudaron razones que
apuntaban hacia un fenómeno nuevo: la revolución.
La mayor parte
de esos analistas comenzaron por enfatizar que la edad de la razón le
proporcionó a Francia lo que pudiéramos llamar la lógica de la razón. La cual
conducía, según algunos maestros, a razonar sobre la revolución y la violencia.
Es decir, si Dios no se va, si no quiere o no puede intervenir en los asuntos
humanos, los hombres tienen el derecho de ocupar ese vacío estudiando el método
de la razón.
Una pequeña
digresión etimológica nos ayuda a entender mejor el sentido original de muchas
palabras. En la antigua Roma, por ejemplo, la hora del descanso y el
entretenimiento era llamada la hora del otium, del ''ocio'' en español.
Una palabra obviamente vinculada al título de Dios ocioso que anotamos
antes. Mas cuando llegaba el momento del trabajo, a la palabra otium se
le había insertado el vocablo nec para crear la palabra nec-otium,
es decir, ''no-ocio'', es decir, negocio. La raíz del vocablo ''negocio'' es
trabajo. Palabra que se iba a multiplicar por el mundo hispano, pero no por el
mundo sajón, donde la extraña palabra business tenía otro sentido.
Como dijimos
antes, la edad de la razón parecía analizar y alentar el sentido de justicia que
debe tener toda sociedad. Años más tarde, Francia fue sacudida por la primera
revolución europea y hubo oportunidad de analizar sus elementos. A principios
del siglo XX una nueva revolución, la soviética, había barrido a Dios y a sus
creyentes. Barridos no con escobas, sino con plomos. Es decir, la trilogía
revolucionaria volvía a funcionar: primero, la razón mostraba la injusticia de
la sociedad; segundo, la radical violencia llegaba al poder; y, finalmente, el
poder se hacia permanente. Lenin y Stalin aplicaron la violencia a
todo el que se oponía o era acusado de oponerse al comunismo. La Unión Soviética
llegó a ser, simple o trágicamente, un estado totalitario, sin metas ni planes,
donde sólo eran eficientes la represión y la propaganda. El sacrificio y
asesinato de millones de seres humanos no logró alcanzar ni un peldaño de
ventaja económica.
Trágicamente,
como anotó una vez Albert Camus, los ''revolucionarios'' siguen copiando los
fracasados ''modelos'' de la revolución. Obedeciendo a Fidel Castro, la
revolución cubana siguió el modelo soviético y de Cuba desapareció la libertad y
el azúcar. A su vez, como si nada hubiera ocurrido, el actual dictador de
Venezuela, Hugo Chávez, proclamó la ''revolución bolivariana'' y comenzó a
hundir a la economía venezolana. Mientras tanto, en Cuba, a los setenta y siete
años, más viejo que Stalin y Hitler, Fidel Castro sigue guiando al fracaso. Pero
en el mundo musulmán aún los fracasos tensan el ambiente.
Por
su parte, el Dios ''ocioso'', el que está inmerso en el universo, pero no en el
mundo, no parece haber recibido mucha atención. Tal vez, ante una violencia tan
colectiva de soldados y guerrilleros, sea preciso cambiar de métodos y amenazas.
Apuntar, como aconseja Victor Davis Hanson, en su Ripples of Battle,
volver a la realidad cuando la realidad sea violenta. Buscar alianzas efectivas
y definir hasta dónde llegan. Y mostrar, dice Hanson, que la guerra dura más que
la paz y que los ilusos deberían comprender que la razón para Hiroshima está en
Okinawa y salvó a miles de japoneses y americanos.
Y tomar nota de
que si no acertamos con estos esfuerzos, la próxima administración tendrá que
enfrentar una guerra apocalíptica.
Octubre 5, 2003
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