DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El dios ocioso y la revolución

En una época donde truenan los estampidos y las noticias son truenos, las armas sigilosas siguen multiplicándose y se hunden hacia al futuro, recogiendo temores y haciendo casi imposible soñar con simples soluciones. Nadie sabe si es posible alcanzar una paz duradera entre Israel y los palestinos, o salvar al Africa de las oleadas del sida; mientras evadimos corrientes de odio que debemos calmar, deberíamos calmar nuestras propias corrientes de cicuta y de miedo. ¿Es posible que pronto el terrorismo logre convertir las computadoras en bombas explosivas y a la oración de Dios en la única fórmula salvadora? ''Quién lo sabe'', susurraba Moctezuma, ``los dioses siempre tienen sed''.

Frente a tal situación, vale recordar que en la historia de Occidente hubo un largo momento, en el siglo XVII y en el XVIII, en el cual la tesis de que un deus otiousus, un ''Dios ocioso'' que no intervenía en los asuntos del mundo ni de los mortales, se había convertido en un tema de conflicto para teólogos y sacerdotes, cuya mayoría condenaba la tesis de la ociosidad divina. Las largas discusiones permitían desplegar toda una serie de argumentos: el ateísmo, las confesiones, las oraciones básicas, la filosofía de la religión, el socialismo, la edad de la razón, y muchas voces llegaron a la tesis de que el deísmo, el grupo que más o menos defendía la existencia de Dios, significaba esencialmente el derecho de cada hombre a elegir a su dios y a sus oraciones. Algunos filósofos, sin embargo, como Juan Jacobo Rousseau, desnudaron razones que apuntaban hacia un fenómeno nuevo: la revolución.

La mayor parte de esos analistas comenzaron por enfatizar que la edad de la razón le proporcionó a Francia lo que pudiéramos llamar la lógica de la razón. La cual conducía, según algunos maestros, a razonar sobre la revolución y la violencia. Es decir, si Dios no se va, si no quiere o no puede intervenir en los asuntos humanos, los hombres tienen el derecho de ocupar ese vacío estudiando el método de la razón.

Una pequeña digresión etimológica nos ayuda a entender mejor el sentido original de muchas palabras. En la antigua Roma, por ejemplo, la hora del descanso y el entretenimiento era llamada la hora del otium, del ''ocio'' en español. Una palabra obviamente vinculada al título de Dios ocioso que anotamos antes. Mas cuando llegaba el momento del trabajo, a la palabra otium se le había insertado el vocablo nec para crear la palabra nec-otium, es decir, ''no-ocio'', es decir, negocio. La raíz del vocablo ''negocio'' es trabajo. Palabra que se iba a multiplicar por el mundo hispano, pero no por el mundo sajón, donde la extraña palabra business tenía otro sentido.

Como dijimos antes, la edad de la razón parecía analizar y alentar el sentido de justicia que debe tener toda sociedad. Años más tarde, Francia fue sacudida por la primera revolución europea y hubo oportunidad de analizar sus elementos. A principios del siglo XX una nueva revolución, la soviética, había barrido a Dios y a sus creyentes. Barridos no con escobas, sino con plomos. Es decir, la trilogía revolucionaria volvía a funcionar: primero, la razón mostraba la injusticia de la sociedad; segundo, la radical violencia llegaba al poder; y, finalmente, el poder se hacia permanente. Lenin y Stalin aplicaron la violencia a todo el que se oponía o era acusado de oponerse al comunismo. La Unión Soviética llegó a ser, simple o trágicamente, un estado totalitario, sin metas ni planes, donde sólo eran eficientes la represión y la propaganda. El sacrificio y asesinato de millones de seres humanos no logró alcanzar ni un peldaño de ventaja económica.

Trágicamente, como anotó una vez Albert Camus, los ''revolucionarios'' siguen copiando los fracasados ''modelos'' de la revolución. Obedeciendo a Fidel Castro, la revolución cubana siguió el modelo soviético y de Cuba desapareció la libertad y el azúcar. A su vez, como si nada hubiera ocurrido, el actual dictador de Venezuela, Hugo Chávez, proclamó la ''revolución bolivariana'' y comenzó a hundir a la economía venezolana. Mientras tanto, en Cuba, a los setenta y siete años, más viejo que Stalin y Hitler, Fidel Castro sigue guiando al fracaso. Pero en el mundo musulmán aún los fracasos tensan el ambiente.

Por su parte, el Dios ''ocioso'', el que está inmerso en el universo, pero no en el mundo, no parece haber recibido mucha atención. Tal vez, ante una violencia tan colectiva de soldados y guerrilleros, sea preciso cambiar de métodos y amenazas. Apuntar, como aconseja Victor Davis Hanson, en su Ripples of Battle, volver a la realidad cuando la realidad sea violenta. Buscar alianzas efectivas y definir hasta dónde llegan. Y mostrar, dice Hanson, que la guerra dura más que la paz y que los ilusos deberían comprender que la razón para Hiroshima está en Okinawa y salvó a miles de japoneses y americanos.

Y tomar nota de que si no acertamos con estos esfuerzos, la próxima administración tendrá que enfrentar una guerra apocalíptica.

Octubre 5, 2003

 

a