DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Los Marlins y la derrota de Castro

En ocasiones la mente toma la iniciativa de las ideas y plantea la curiosidad de un pensamiento. Eso explica lo que me ocurrió hace un puñado de días, cuando casi todo el pueblo de Miami se volcó sobre las calles de la ciudad y desfiló en olas de entusiasmo y triunfo. Su equipo de béisbol, los Marlins, habían barrido a los orgullosos Yankees, dibujándoles en su propio estadio nueve ceros definitivos y alcanzando así el título de campeones del mundo. Fue tan resonante el triunfo que casi todos los cronistas deportivos proclamaron que el campeonato del 2003 se iba a grabar en la historia.

Sin embargo, cuando llegaron hasta mí los gestos de euforia colectiva, cuando vi a niños agitando banderas, a hombres y mujeres desbordando las calles, aplaudiéndolo todo, y rasgando gritos de cariño, una melancolía me fue turbando el alma sin darme a entender las razones. Mientras más contemplaba el desfile más intrigado me sentía. Como dicen algunos filósofos, a veces los recuerdos se tornan imágenes y las imágenes se tornan realidad. Así remonté mis recuerdos cuando pude sumarme a grupos de muchachos, blancos y negros, que buscaban solares yermos donde se podía jugar con viejos guantes y constantes esfuerzos. Y sabíamos que tal escena se multiplicaba en toda la isla.

Más tarde, la mayoría de esos ''jugadores'' crecían y se volvían obreros o profesionales, pero mantenían el apasionado vínculo con los juegos de pelota organizados por equipos como Almendares, Habana, Marianao y el inolvidable Cienfuegos. Después de los campeonatos, los mejores jugadores partían hacia el norte en busca de posiciones en teams americanos. Muchos de ellos triunfaron en contacto con el aplauso y se volvieron leyendas nacionales.

Con ese trasfondo, y frente al espectáculo de los que desfilaban en la calle, se forjó dentro de mí un paralelismo socrático, un notar cómo las imágenes que desfilaban ante mí hoy me recordaban a los jugadores cubanos de hace cuarenta y cinco años. Lo cual me parecía absurdo. ¿Por qué en medio de una sana alegría, esa alegría se me diluía en tristeza? Valía la pena ampliar un breve análisis. Porque si siempre luce natural que las figuras del pasado nos conduzcan al pasado, no es natural que el proceso ruede a la inversa y el presente nos conduzca al pasado. Que fue precisamente lo que me había ocurrido.

Tomemos una nota. La raíz del vocablo ''deporte'', tiene algo que ver con ''diversión'' y ''descanso''. Pero los antiguos griegos fueron los primeros que se dieron cuenta de que el concepto de Olimpa y de Juegos Olímpicos iban más allá del divertirse luchando. Fueron ellos los que construyeron templos, lanzaron discos y crearon atletas. Pero en realidad los juegos olímpicos no eran realmente deportivos. Eran esencialmente mensajes de arte, religión y creatividad.

Los romanos copiaron a los griegos, pero sus juegos tendían a ser más brutales. En el Coliseum todos los gladiadores gritaban: ''¡Salve César, los que van a morir te saludan!'' Cuatro siglos más tarde el imperio romano se desvanecía y Europa se hundía en la no civilización. Lo único que parecía juegos eran combates entre caballeros medioevales.

De ahí que el concepto de ''deporte'' se comenzara a popularizar en el siglo XIX, cuando los juegos superaron el estilo de la aristocracia y abrieron sus filas al verdadero pueblo. De ahí que el balompié, la pelota y el fútbol crecieran rápidamente, construyendo estadios gigantescos, movilizando a las masas y generando riquezas. Mas otro factor apareció en el escenario. Un factor que avanzaba en la política, cerrando todas las alternativas y proclamando el totalitarismo. Así surgieron los gladiadores del siglo XX, del fascismo, los nazis y la Unión Soviética. El deporte pasaba a ser un instrumento oficial de propaganda.

El precio de las dictaduras ha sido siempre alto. Quien no vencía estaba traicionando la causa y sufría las consecuencias. Así comenzaron a escapar ballerinas y bailarines rusos, a desaparecer atletas judíos en Alemania. Y para asombro de muchos, los cubanos deportistas también comenzaron a escapar de la isla. Castro llegó a creer que iba a conquistar la América Latina, vencer a los Estados Unidos y obligar a Europa a que le brindara más y más crédito. La locura le costó todo a la isla y a sus pobladores. Y al principio los deportistas recibieron especial atención: casa, comida y condecoraciones. Pero la situación se deterioraba y los jóvenes atletas, sobre todo los de béisbol, escapaban en busca de oportunidades y victorias. El gobierno castigaba, pero no podía ofrecer nada más que sacrificios inútiles.

Así fue como llegué a explicarme mi propia melancolía. Los cubanos que yo recordaba eran como los Marlins de hoy, entrenados, esforzados, libres. Nadie los amenazaba, nadie los arrestaba, ni había guardias vigilando. Y la celebración era auténtica. Los Marlins se van ahora a descansar a donde les dé la gana. Allá en Cuba están los cubanos de hoy. Ellos ven cuán hondo es el fracaso del dictador.

Con ese antecedente, se entiende mi nostalgia y cómo se comprende que es preciso luchar por que un día los jóvenes del futuro jueguen sin temores, en una Cuba libre. Estoy seguro que entonces los cubanos grabarán en nuestro estadio el nombre de Marlins y celebrarán la vida libre.

Noviembre 2, 2003

 

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