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Los Marlins y la
derrota de Castro
En
ocasiones la mente toma la iniciativa de las ideas y plantea la curiosidad de un
pensamiento. Eso explica lo que me ocurrió hace un puñado de días, cuando casi
todo el pueblo de
Miami se volcó sobre
las calles de la ciudad y desfiló en olas de entusiasmo y triunfo. Su equipo de
béisbol, los Marlins, habían barrido a los orgullosos Yankees, dibujándoles en
su propio estadio nueve ceros definitivos y alcanzando así el título de
campeones del mundo.
Fue tan resonante el triunfo que casi todos los cronistas deportivos proclamaron
que el campeonato del 2003 se iba a grabar en la historia.
Sin
embargo, cuando llegaron hasta mí los gestos de euforia colectiva, cuando vi a
niños agitando banderas, a hombres y mujeres desbordando las calles,
aplaudiéndolo todo, y rasgando gritos de cariño, una melancolía me fue turbando
el alma sin darme a entender las razones. Mientras más contemplaba el desfile
más intrigado me sentía.
Como
dicen algunos filósofos, a veces los recuerdos se tornan imágenes y las imágenes
se tornan realidad. Así remonté mis recuerdos cuando pude sumarme a grupos de
muchachos, blancos y negros, que buscaban solares yermos donde se podía jugar
con viejos guantes y constantes esfuerzos. Y sabíamos que tal escena se
multiplicaba en toda la isla.
Más
tarde, la mayoría de esos ''jugadores'' crecían y se volvían obreros o
profesionales, pero mantenían el apasionado vínculo con los juegos de pelota
organizados por equipos como Almendares, Habana, Marianao y el inolvidable
Cienfuegos. Después de los campeonatos, los mejores jugadores partían hacia el
norte en busca de posiciones en teams americanos. Muchos de ellos triunfaron en
contacto con el aplauso y se volvieron leyendas nacionales.
Con ese
trasfondo, y frente al espectáculo de los que desfilaban en la calle, se forjó
dentro de mí un paralelismo socrático, un notar cómo las imágenes que desfilaban
ante mí hoy me recordaban a los jugadores cubanos de hace cuarenta y cinco años.
Lo cual me parecía absurdo. ¿Por qué en medio de una sana alegría, esa alegría
se me diluía en tristeza? Valía la pena ampliar un breve análisis. Porque si
siempre luce natural que las figuras
del
pasado nos conduzcan al pasado, no es natural que el proceso ruede a la inversa
y el presente nos conduzca al pasado. Que fue precisamente lo que me había
ocurrido.
Tomemos
una nota. La raíz del
vocablo ''deporte'', tiene algo que ver con ''diversión'' y ''descanso''. Pero
los antiguos griegos fueron los primeros que se dieron cuenta de que el concepto
de Olimpa y de Juegos Olímpicos iban más allá
del
divertirse luchando. Fueron ellos los que construyeron templos, lanzaron discos
y crearon atletas. Pero en realidad los juegos olímpicos no eran realmente
deportivos. Eran esencialmente mensajes de arte, religión y creatividad.
Los
romanos copiaron a los griegos, pero sus juegos tendían a ser más brutales. En
el Coliseum todos los gladiadores gritaban: ''¡Salve César, los que van a morir
te saludan!'' Cuatro siglos más tarde el imperio romano se desvanecía y Europa
se hundía en la no civilización. Lo único que parecía juegos eran combates entre
caballeros medioevales.
De ahí
que el concepto de ''deporte'' se comenzara a popularizar en el siglo XIX,
cuando los juegos superaron el estilo de la aristocracia y abrieron sus filas al
verdadero pueblo. De ahí que el balompié, la pelota y el fútbol crecieran
rápidamente, construyendo estadios gigantescos, movilizando a las masas y
generando riquezas. Mas otro factor apareció en el escenario. Un factor que
avanzaba en la política, cerrando todas las alternativas y proclamando el
totalitarismo. Así surgieron los gladiadores del siglo XX, del fascismo, los
nazis y la Unión Soviética. El deporte pasaba a ser un instrumento oficial de
propaganda.
El
precio de las dictaduras ha sido siempre alto. Quien no vencía estaba
traicionando la causa y sufría las consecuencias. Así comenzaron a escapar
ballerinas y bailarines rusos, a desaparecer atletas judíos en Alemania. Y para
asombro de muchos, los cubanos deportistas también comenzaron a escapar de la
isla. Castro llegó a creer que iba a conquistar la América Latina, vencer a los
Estados Unidos y obligar a Europa a que le brindara más y más crédito. La locura
le costó todo a la isla y a sus pobladores. Y al principio los deportistas
recibieron especial atención: casa, comida y condecoraciones. Pero la situación
se deterioraba y los jóvenes atletas, sobre todo los de béisbol, escapaban en
busca de oportunidades y victorias. El gobierno castigaba, pero no podía ofrecer
nada más que sacrificios inútiles.
Así fue
como llegué a explicarme mi propia melancolía. Los cubanos que yo recordaba eran
como los Marlins de hoy, entrenados, esforzados, libres. Nadie los amenazaba,
nadie los arrestaba, ni había guardias vigilando. Y la celebración era auténtica.
Los Marlins se van ahora a descansar a donde les dé la gana. Allá en Cuba están
los cubanos de hoy. Ellos ven cuán hondo es el fracaso
del
dictador.
Con ese
antecedente, se entiende mi nostalgia y cómo se comprende que es preciso luchar
por que un día los jóvenes
del
futuro jueguen sin temores, en una Cuba libre.
Estoy seguro que
entonces los cubanos grabarán en nuestro estadio el nombre de Marlins y
celebrarán la vida libre.
Noviembre 2, 2003 |