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La
exasperación de un nihilista cubano
Nunca se ha llegado a saber, ni a nadie le interesa saber,
si la ausencia de un hombre que provocó una leve investigación, en un pequeño
pueblo de Alaska, era una causa demencial o, simplemente, ha mostrado su
voluntad de buscar otra menos frígida atmósfera, o haber desaparecido en uno de
los innumerables accidentes que abren las nieves de Alaska.
Lo único cierto es que, después que dos o tres personajes
del pueblo insistieron en comentar su ausencia, la autoridad local levantó una
esquemática acta de cuatro páginas, cerró sus cuatro páginas y ''ocupó'' tres
libros de aventuras para protegerlos. Curiosamente, otros tres volúmenes sobre
el océano y la vida marina no atrajeron la atención de los pocos amigos que
visitaron la casa como despedida.
El acta oficial reportó que el hombre tenía más o menos
cincuenta años, buen carácter; que vivía en una desordenada vivienda y que amaba
observar la naturaleza. Ese amor parece que tuvo algo que ver con su partida o
su muerte. Últimamente el hombre parecía alarmado por las noticias de que había
gobiernos construyendo bombas bacteriológicas capaces de aniquilar a la
humanidad. En unas notas breves, apuntó que él no podía entender por qué, cuando
los políticos podían resolver todos los problemas del mundo, invocando el
socialismo o a la libertad, hubiera quienes quisieran eliminar a los peces.
Unas curiosas líneas, en español, aumentaban el enigma de
sus ideas. Parecía haber hablado de otras islas y de un idioma que sonaba como
el español. Una vez conversó con un visitante y alguien pareció tomar notas. Un
hombre común, como nosotros, escribió afirmaciones demenciales como eso de que
todos deberían saber cómo se baila el son en Manzanillo y cómo un argentino
pronosticó que ''el mundo es y será una porquería en el quinientos dos y en el
dos mil también''. Lo cual fue un error cronológico.
Esas notas fueron leídas por sus tres amigos. Y no se
hicieron populares.
Si tuviera poder
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Prohibiría que a los niños se les
enseñara la historia de la humanidad, para no desalentarlos.
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Obligaría a los políticos del mundo a
escuchar, una vez al año, todos los discursos que pronunciaron ese año.
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Ordenaría que los presidentes
latinoamericanos se reunieran en las llanuras, donde vive el pueblo, y no en
elevadas ''cumbres'', adonde ninguno de ellos ha llegado jamás.
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Pondría a los capitalistas que invierten
en China a construir una muralla y a grabar en ella los nombres de las
víctimas que perecieron en la plaza de Tiananmen.
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Prohibiría que el glorioso nombre de
Simón Bolívar fuera usado, mancillado y ridiculizado por cualquier político de
Venezuela o de cualquier otra parte del mundo. Para proteger la nobleza
de Bolívar, es mejor que todo el que se llame Hugo Chávez reciba el nombre de
Yugo Llaves y retorne al fecundo kindergarten.
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A los capitalistas que inviertan en Cuba
los condenaría a cortar diez cañas por cada dólar invertido en la isla y otras
diez para ayudar a los niños.
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A los que en Cuba o desde fuera de Cuba
aplauden a Fidel Castro, les pagaría con moneda establecida e impresa por los
indios de Baracoa.
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A los viejos comunistas rusos y a los
nuevos de la América Latina los forzaría a aprenderse de memoria Das Kapital.
Sus camaradas cubanos tendrían que memorizar los treinta tomos que
contienen los dos primeros discursos de Castro.
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Los impresionantes desfiles militares de
Corea del Norte, y el demencial rostro de su dictador, han logrado que Saddam
Hussein y el líder de China luzcan pacifistas y armados con juguetes.
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En nombre del antiimperialismo, la
democracia y la autodeterminación de los pueblos, prohibiría que ni un solo
dólar se invirtiera en la América Latina.
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Le sugeriría al gobierno de Haití que se
proclamara ''socialista'', para que inmediatamente los Pastores de la Paz
vayan en su ayuda hacia la guerra, cientos de profesores los apoyen y
múltiples voces pidan de inmediato que se les levante el bloqueo americano y
que los Estados Unidos no se atrevan a intervenir.
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En la América Latina la devoción de
abogados y políticos por constituciones perfectas obliga a buscar detalles
meticulosos. Una vez aprendí, en una constitución republicana recién
aprobada tras la eliminación de un golpe militar, que el artículo 34 condenaba
y prohibía ''todo golpe militar en este país''. Siguiendo esa lógica,
proclamaré prohibir todos los golpes militares.
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Nombraría a Fidel Castro secretario de la
Organización de Estados Americanos, para que al fin se abracen el anacronismo
con la inutilidad.
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Legalizaría la droga en todas partes,
menos en Los Angeles.
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Obligaría a todos los ejecutivos de la
Exxon a que se bañaran durante un año en las aguas contaminadas por sus
tanqueros.
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Usaría el dinero de los impuestos para
desmantelar las instituciones que cobran impuestos.
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Y convocaría a los más pacíficos y
modestos voceros de los cristianos, los musulmanes y los judíos para que nos
enseñen a superar el odio y a vivir con amor.
Noviembre 16, 1994
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