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Las
cadenas vienen de lejos
Ahora
que casi todos los cubanos, isleños y exiliados, tienen los ojos fatigados de
saber que un solo evento, una sola fecha, la muerte de Fidel Castro, es el único
acontecimiento que implica cambios en Cuba, comenzando por los que fuera y
dentro de la isla se verán obligados a hacer cambios políticos, cuando el
dictador disipe su presencia en este mundo y un nuevo telón despeje el escenario,
conviene apuntar, sin embargo, que no existe en esta tierra un pueblo que más
ligeramente trate el devenir de su historia que el pueblo cubano. Siempre
ligeros, explicando la historia a nuestro saber y entender, sin preocuparnos por
tornar la cabeza para examinar lo andado, y soltar su paso hacia el pasado y el
porvenir.
Lo malo
es que opinar requiere un mínimo de información previa, una cierta cuota de
análisis que permita afianzar el juicio sobre los hechos. Nada demuestra más
pronto el ejercicio de una cultura liviana que escuchar usar una lluvia de
términos jocosos o de nombretes que identifican a muchos políticos. Como llamar
a un presidente Cuchara, porque ni pincha ni corta, o a un ministro del gobierno
semáforo descompuesto, porque tenía un ''tic'' en el rostro. Nunca he podido
evitar sonreírme ante la anécdota de aquel senador quien, dándose de culto,
solía intercalar en sus discursos un firme consejo al pueblo cubano: ''Sic
transit gloria mundi, que para él significaba, ``aquí se transa todo el mundo''.
Por encima de un buen chiste, la presencia de esa realidad histórica que define
al pasado y al presente es la que, al mismo tiempo, obliga a clavar preguntas
serias sobre cómo se puede definir el rumbo del futuro.
Uno de
los más conocidos rasgos de la literatura cubana es reconocer que desde siempre
nuestros autores han encontrado pocos lectores. Recuerdo, para ser modesto, que
cuando yo, bien joven, llevé mi primer libro publicado, Pasado y ambiente en el
proceso cubano, el editor se sonrió y me dijo: 'Deposítalo en aquel rincón. Yo
lo llamo `el cementerio de las voces perdidas' ''. Ahora bien, sin llegar al
lector, conviene alentar a los que escriben su opinión y no a los que siguen
manteniendo pasivamente su mirada sobre Castro.
¿No es
tentador preguntarse, por ejemplo, qué factor unió a los cubanos en masivas
demostraciones populares que permitieron endurecer el puño que todavía oprime al
pueblo? Las obras que me llegan de Cuba apuntan, como siempre, a una distorsión
de la historia cubana de Castro, montada en un marxismo superficial y vacío. Y
hay quien dice que ha llegado un tiempo propicio para señalar los errores del
exilio y de nuestro pasado. De ese pasado que se hunde en problemas para revisar
el exilio. De todas formas aquí debemos estudiar tanto lo que parece marchar
hacia el final de los cuarenta y cinco años de tiranía. Y dar y pedir ayuda para
todos nosotros.
Sería
muy conveniente examinar seriamente cuál será la posición de José Martí, borrado
del viejo escenario, y soñando, creo, en el nuevo. Así también conviene quebrar
para siempre nuestra voluntad de dividir a todo grupo para imponer nuestro
programa. Y, desde ahora, deberíamos estudiar seriamente cómo ha sido la
diplomacia norteamericana en todo el siglo XX. Y cuáles deben ser nuestros
esfuerzos para mantener la economía y conocer las ansias que nos llevan a salvar
nuestra dignidad.
Es por
eso que insisto en lo fecundo que resultaría el estudiar las condiciones de los
cubanos desde comienzos
del
siglo XIX. De ellas puede brotar el mejor conocimiento de blancos y negros.
Porque, como escribió una vez Alberto Baeza Flores en los años veinte: ``En
Cuba, ser individual es sentar plaza de pedante. Escribir aquí, en este islote
intransigente, como a uno le da la gana, sin abuelo ni tradición, ni sistema, le
proporciona al escritor una reputación de tarambana y de fatuo. ¿Quién recuerda
ya a Jesús Castellanos? Preguntad por ahí a cualquiera, en La Habana o en el
campo, quién fue José Martí. Todo el mundo, exceptuando a los intelectuales,
responderá sin titubear: el Apóstol, el maestro, el padre de la patria,
enfatizando esas exclamaciones banales. A nadie se le ocurrirá responder que
Martí, ante todo y sobre todo, es un poeta exquisito con un gran talento
político. El pueblo no ha leído jamás a Martí. Por eso,
del
pobre poeta sólo se mencionan los más vacíos rasgos que conocen y que
representan lo más baladí de su existencia''.
En
1939, hablando precisamente ante el Colegio de Periodistas, el profesor Pablo F.
Lavín rasgó ante el auditorio estas palabras: ''Hay un gran pesimismo entre
nosotros... El cubano
del
día vive al día y no tiende su mirada al pasado, ni escruta tampoco el porvenir.
Y hablan y critican a casi todo el mundo''. Un estudio
del
profesor Arturo R. Arricate mencionaba que muchos cubanos sufren lo que él llama
''la autodifamación'', la capacidad de herirse a sí mismos.
Así,
pues, con palabras de ayer que creíamos olvidadas hoy, reconocemos los términos
de la situación actual. Y todavía lo único que parece nuevo es la longitud de la
dictadura. Pero ni eso puede ser prolongado. La biología también tiene sus
límites. Así podemos musitar, aspirando a que nos ayuden: ``Todo tiene su tiempo''...
Noviembre 30, 2003
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