DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Las cadenas vienen de lejos

Ahora que casi todos los cubanos, isleños y exiliados, tienen los ojos fatigados de saber que un solo evento, una sola fecha, la muerte de Fidel Castro, es el único acontecimiento que implica cambios en Cuba, comenzando por los que fuera y dentro de la isla se verán obligados a hacer cambios políticos, cuando el dictador disipe su presencia en este mundo y un nuevo telón despeje el escenario, conviene apuntar, sin embargo, que no existe en esta tierra un pueblo que más ligeramente trate el devenir de su historia que el pueblo cubano. Siempre ligeros, explicando la historia a nuestro saber y entender, sin preocuparnos por tornar la cabeza para examinar lo andado, y soltar su paso hacia el pasado y el porvenir.

Lo malo es que opinar requiere un mínimo de información previa, una cierta cuota de análisis que permita afianzar el juicio sobre los hechos. Nada demuestra más pronto el ejercicio de una cultura liviana que escuchar usar una lluvia de términos jocosos o de nombretes que identifican a muchos políticos. Como llamar a un presidente Cuchara, porque ni pincha ni corta, o a un ministro del gobierno semáforo descompuesto, porque tenía un ''tic'' en el rostro. Nunca he podido evitar sonreírme ante la anécdota de aquel senador quien, dándose de culto, solía intercalar en sus discursos un firme consejo al pueblo cubano: ''Sic transit gloria mundi, que para él significaba, ``aquí se transa todo el mundo''. Por encima de un buen chiste, la presencia de esa realidad histórica que define al pasado y al presente es la que, al mismo tiempo, obliga a clavar preguntas serias sobre cómo se puede definir el rumbo del futuro.

Uno de los más conocidos rasgos de la literatura cubana es reconocer que desde siempre nuestros autores han encontrado pocos lectores. Recuerdo, para ser modesto, que cuando yo, bien joven, llevé mi primer libro publicado, Pasado y ambiente en el proceso cubano, el editor se sonrió y me dijo: 'Deposítalo en aquel rincón. Yo lo llamo `el cementerio de las voces perdidas' ''. Ahora bien, sin llegar al lector, conviene alentar a los que escriben su opinión y no a los que siguen manteniendo pasivamente su mirada sobre Castro.

¿No es tentador preguntarse, por ejemplo, qué factor unió a los cubanos en masivas demostraciones populares que permitieron endurecer el puño que todavía oprime al pueblo? Las obras que me llegan de Cuba apuntan, como siempre, a una distorsión de la historia cubana de Castro, montada en un marxismo superficial y vacío. Y hay quien dice que ha llegado un tiempo propicio para señalar los errores del exilio y de nuestro pasado. De ese pasado que se hunde en problemas para revisar el exilio. De todas formas aquí debemos estudiar tanto lo que parece marchar hacia el final de los cuarenta y cinco años de tiranía. Y dar y pedir ayuda para todos nosotros.

Sería muy conveniente examinar seriamente cuál será la posición de José Martí, borrado del viejo escenario, y soñando, creo, en el nuevo. Así también conviene quebrar para siempre nuestra voluntad de dividir a todo grupo para imponer nuestro programa. Y, desde ahora, deberíamos estudiar seriamente cómo ha sido la diplomacia norteamericana en todo el siglo XX. Y cuáles deben ser nuestros esfuerzos para mantener la economía y conocer las ansias que nos llevan a salvar nuestra dignidad.

Es por eso que insisto en lo fecundo que resultaría el estudiar las condiciones de los cubanos desde comienzos del siglo XIX. De ellas puede brotar el mejor conocimiento de blancos y negros. Porque, como escribió una vez Alberto Baeza Flores en los años veinte: ``En Cuba, ser individual es sentar plaza de pedante. Escribir aquí, en este islote intransigente, como a uno le da la gana, sin abuelo ni tradición, ni sistema, le proporciona al escritor una reputación de tarambana y de fatuo. ¿Quién recuerda ya a Jesús Castellanos? Preguntad por ahí a cualquiera, en La Habana o en el campo, quién fue José Martí. Todo el mundo, exceptuando a los intelectuales, responderá sin titubear: el Apóstol, el maestro, el padre de la patria, enfatizando esas exclamaciones banales. A nadie se le ocurrirá responder que Martí, ante todo y sobre todo, es un poeta exquisito con un gran talento político. El pueblo no ha leído jamás a Martí. Por eso, del pobre poeta sólo se mencionan los más vacíos rasgos que conocen y que representan lo más baladí de su existencia''.

En 1939, hablando precisamente ante el Colegio de Periodistas, el profesor Pablo F. Lavín rasgó ante el auditorio estas palabras: ''Hay un gran pesimismo entre nosotros... El cubano del día vive al día y no tiende su mirada al pasado, ni escruta tampoco el porvenir. Y hablan y critican a casi todo el mundo''. Un estudio del profesor Arturo R. Arricate mencionaba que muchos cubanos sufren lo que él llama ''la autodifamación'', la capacidad de herirse a sí mismos.

Así, pues, con palabras de ayer que creíamos olvidadas hoy, reconocemos los términos de la situación actual. Y todavía lo único que parece nuevo es la longitud de la dictadura. Pero ni eso puede ser prolongado. La biología también tiene sus límites. Así podemos musitar, aspirando a que nos ayuden: ``Todo tiene su tiempo''...

Noviembre 30, 2003

 

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