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El dolor
de la paz y de la guerra
Anoche vacilé por
un largo rato, como a veces ocurre en la mente humana, o en el chispeo de los
datos eléctricos que dispara la computadora, sobre la intención de examinar dos
temas: el siempre fascinante de José Martí y el impacto que me produjo la
noticia del Papa poniendo presión sobre Bush para que Washington se movilice
hacia lograr la paz en el Medio Oriente.
Por un momento pensé que el
Papa, o los consejeros del Papa, habían descubierto una nueva táctica de
suavizar a Fidel Castro. Pero luego veremos que se trata de un consagrado error.
Por
otro lado, cuando me acerco al siempre profundo tema de Martí, sufro el anhelo
de hacer múltiples preguntas, para entender las razones por las cuales el hombre
genial de mente y análisis, el hombre que todo lo dio por su patria, haya ido
perdiendo mucho de su imagen, abatida por una metafísica dictadura y por las
olas negras que siguen sacudiendo a Cuba. No se trata de culpar a nadie. Se
trata de indagar las
corrientes históricas
que determinan los perfiles de una época. Y el buscar, si es posible, cómo
insertar nuevas semillas en el viejo tronco de un pueblo que va a necesitar
todos los alientos y todas las energías que le permitan superar al oscuro
presente y abrir los ojos hacia el espinoso futuro. Porque si es cierto que esa
búsqueda corresponde a todos los cubanos, resulta injusto no tomar en cuenta
cuán lejos han llegado y cuán hundidas han sido las ideas controladas por un
régimen que está a punto de ser el único miserable y cruel sistema comunista que
queda en el mundo.
De ahí
que todavía recuerde, y siempre recordaré, a un joven cubano que cuando llegó al
exilio le buscaron trabajo y le regalaron un libro de Martí. El muchacho se
quedó asombrado. No entendía por qué le daban el libro de un canalla como Martí.
Durante los meses de la zafra, explicaba, bajo un sol ardiente que reclamaba
sudores, el muchacho, y otros muchos jóvenes, cortaban cañas durante horas, se
hendían las manos y silenciosamente lanzaban oscuras maldiciones contra una
figura de propaganda: ''¡Martí te pide que ayudes a la revolución!'', encabezado
por una foto grande y sonriente de nuestro Apóstol. ¿Cómo borrar tal turbio
método de torcer a la inversa la propaganda y cerrar las puertas a la verdad?
Vale la
pena entonces añadir otro recuerdo, uno personal, que, parecido al de ese
muchacho, ocurrió cuando en Cuba había un partido comunista pacífico y
dialogante. Pues bien, el 28 de enero todos los alumnos de los colegios de
Santiago de Cuba, y de Cuba, desfilaban y lanzaban flores blancas ante la
estatua de Martí. Era un
bello
homenaje. Nosotros, alumnos del Colegio Dolores, hacíamos la parada con
uniformes militares, banderas y redobles de tambores, que nos movilizaban. Sobre
todo cuando marchábamos ante colegios femeninos, especialmente, el Sagrado
Corazón.
¿Cuál
es el paralelo de aquella generación de flores y cantos bajo el sol cubano y la
que veinte años más tarde usaba duros uniformes, obedecía ásperas órdenes y
tenía pocas esperanzas de librarse de machetear bajo la injusticia y el odio?
Sólo un atisbo: entre nosotros, cuando, a veces, el desfile se interrumpía, y se
detenían los grupos, y el sol cerraba su puño y faltaba el agua, brotaban
desenfadados murmullos de protesta. Es decir, nosotros estábamos aprendiendo la
esencia de la democracia, protestar sin rebeldías, compartir los niveles de la
música nacional, y comenzar a expandir el conocimiento de nuestra historia. De
1935 a 1960 esa generación prosperó económicamente en Cuba, pero no aprendió a
defender la democracia ni cómo combatir la corrupción. Cuando ya bajaban de las
montañas los guerrilleros, con efímeros adornos religiosos, muy pocos
aprendieron lo que escribió en 1958 un humanista cubano de Santiago. ``Cuando
hay una lucha armada entre bandos
del
mismo país, lo mejor es estar alerta para impedir que la ambición de poder
convierta a los héroes de hoy en los tiranos
del mañana.''
En
enero de 1960 el líder revolucionario se apresuró a alentar la obediencia
individual y colectiva
del
pueblo. Y miles de cubanos, voluntaria o forzadamente, aprendieron rápidamente a
disparar con armas destructoras, y repetir sin vacilaciones que el real enemigo,
el monstruo de hoy, era el imperialismo yanqui, siempre a punto de aplastar a
Cuba. Dentro del régimen totalitario impuesto por Castro, la figura de Martí se
desvanecía ante el genio de Carlos Marx, Federico Engels y el inmenso Fidel
Castro...
Pero
también cabe preguntarles a los cubanos exiliados, sin patria pero sin trabajo,
sumidos en esfuerzos a través del mar, dedicados a traer a sus familias sobre
las traicioneras olas del Caribe, cuyas bajas siguen siendo numerosas, si pueden
responder a una pregunta básica: ¿por qué la mayoría del pueblo cubano se
entregó tan entusiastamente a la voz y el mando del dictador mientras apagaban
el resplandor de Martí?
Pero
noté que se me había acabado el espacio y pospuse examinar esa extraordinaria
ofensiva de paz vaticana.
Febrero 1, 2004
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