DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El dolor de la paz y de la guerra

Anoche vacilé por un largo rato, como a veces ocurre en la mente humana, o en el chispeo de los datos eléctricos que dispara la computadora, sobre la intención de examinar dos temas: el siempre fascinante de José Martí y el impacto que me produjo la noticia del Papa poniendo presión sobre Bush para que Washington se movilice hacia lograr la paz en el Medio Oriente. Por un momento pensé que el Papa, o los consejeros del Papa, habían descubierto una nueva táctica de suavizar a Fidel Castro. Pero luego veremos que se trata de un consagrado error.

Por otro lado, cuando me acerco al siempre profundo tema de Martí, sufro el anhelo de hacer múltiples preguntas, para entender las razones por las cuales el hombre genial de mente y análisis, el hombre que todo lo dio por su patria, haya ido perdiendo mucho de su imagen, abatida por una metafísica dictadura y por las olas negras que siguen sacudiendo a Cuba. No se trata de culpar a nadie. Se trata de indagar las corrientes históricas que determinan los perfiles de una época. Y el buscar, si es posible, cómo insertar nuevas semillas en el viejo tronco de un pueblo que va a necesitar todos los alientos y todas las energías que le permitan superar al oscuro presente y abrir los ojos hacia el espinoso futuro. Porque si es cierto que esa búsqueda corresponde a todos los cubanos, resulta injusto no tomar en cuenta cuán lejos han llegado y cuán hundidas han sido las ideas controladas por un régimen que está a punto de ser el único miserable y cruel sistema comunista que queda en el mundo.

De ahí que todavía recuerde, y siempre recordaré, a un joven cubano que cuando llegó al exilio le buscaron trabajo y le regalaron un libro de Martí. El muchacho se quedó asombrado. No entendía por qué le daban el libro de un canalla como Martí. Durante los meses de la zafra, explicaba, bajo un sol ardiente que reclamaba sudores, el muchacho, y otros muchos jóvenes, cortaban cañas durante horas, se hendían las manos y silenciosamente lanzaban oscuras maldiciones contra una figura de propaganda: ''¡Martí te pide que ayudes a la revolución!'', encabezado por una foto grande y sonriente de nuestro Apóstol. ¿Cómo borrar tal turbio método de torcer a la inversa la propaganda y cerrar las puertas a la verdad?

Vale la pena entonces añadir otro recuerdo, uno personal, que, parecido al de ese muchacho, ocurrió cuando en Cuba había un partido comunista pacífico y dialogante. Pues bien, el 28 de enero todos los alumnos de los colegios de Santiago de Cuba, y de Cuba, desfilaban y lanzaban flores blancas ante la estatua de Martí. Era un bello homenaje. Nosotros, alumnos del Colegio Dolores, hacíamos la parada con uniformes militares, banderas y redobles de tambores, que nos movilizaban. Sobre todo cuando marchábamos ante colegios femeninos, especialmente, el Sagrado Corazón.

¿Cuál es el paralelo de aquella generación de flores y cantos bajo el sol cubano y la que veinte años más tarde usaba duros uniformes, obedecía ásperas órdenes y tenía pocas esperanzas de librarse de machetear bajo la injusticia y el odio? Sólo un atisbo: entre nosotros, cuando, a veces, el desfile se interrumpía, y se detenían los grupos, y el sol cerraba su puño y faltaba el agua, brotaban desenfadados murmullos de protesta. Es decir, nosotros estábamos aprendiendo la esencia de la democracia, protestar sin rebeldías, compartir los niveles de la música nacional, y comenzar a expandir el conocimiento de nuestra historia. De 1935 a 1960 esa generación prosperó económicamente en Cuba, pero no aprendió a defender la democracia ni cómo combatir la corrupción. Cuando ya bajaban de las montañas los guerrilleros, con efímeros adornos religiosos, muy pocos aprendieron lo que escribió en 1958 un humanista cubano de Santiago. ``Cuando hay una lucha armada entre bandos del mismo país, lo mejor es estar alerta para impedir que la ambición de poder convierta a los héroes de hoy en los tiranos del mañana.''

En enero de 1960 el líder revolucionario se apresuró a alentar la obediencia individual y colectiva del pueblo. Y miles de cubanos, voluntaria o forzadamente, aprendieron rápidamente a disparar con armas destructoras, y repetir sin vacilaciones que el real enemigo, el monstruo de hoy, era el imperialismo yanqui, siempre a punto de aplastar a Cuba. Dentro del régimen totalitario impuesto por Castro, la figura de Martí se desvanecía ante el genio de Carlos Marx, Federico Engels y el inmenso Fidel Castro...

Pero también cabe preguntarles a los cubanos exiliados, sin patria pero sin trabajo, sumidos en esfuerzos a través del mar, dedicados a traer a sus familias sobre las traicioneras olas del Caribe, cuyas bajas siguen siendo numerosas, si pueden responder a una pregunta básica: ¿por qué la mayoría del pueblo cubano se entregó tan entusiastamente a la voz y el mando del dictador mientras apagaban el resplandor de Martí?

Pero noté que se me había acabado el espacio y pospuse examinar esa extraordinaria ofensiva de paz vaticana.

Febrero 1, 2004

 

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