DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La traición de una estatua

La enorme estatua me sumió en hondas reflexiones. Derribada en arenoso suelo la estatua lucía una zupia, lo más despreciable e inútil de cualquier cosa, un fragmento de decoración astillada, un resto de piedra a punto de sumarse al polvo. El rostro de la estatua me era bien conocido: los ojos achinados, la frente en inútil calvicie, las facciones contraídas en duro gesto de mando. Al pie del pedestal, el famoso gesto, el imperioso índice levantado demandando obediencia lucía ridículo. Alrededor del abatido monumento obreros, conversando y fumando, se aprestaban a destruirlo. Era el cinco de marzo de 1992 de la era cristiana. En el suelo, enorme e inerme, yacía la estatua de un tal Vladimir Ilich Ulianov, quien rodó sobre los mortales con el nombre de Lenin.

La quebrada estatua me imponía meditar. Yo crecí cuando el nombre de Lenin resonaba como campana de acero. Aun sus enemigos iniciaban las críticas con una inclinación de cabeza. Todo el mundo creía que Lenin había derribado a un mundo y construido otro. Su puño había golpeado la historia destruyendo mitos. Su vida se contaba o se cantaba entre clarines épicos. Cada una de sus acciones apuntaba a un camino justo; obreros y campesinos iban a ser liberados del capitalismo explotador. Marx era Dios y Lenin su profeta; y ambos marchaban, a la vanguardia de las masas, hacia un justo universo.

Claro que las críticas del resto del mundo habían ido esclareciendo la verdadera imagen de la justicia comunista. Cuando en los años sesenta el marxismo entró en grave crisis, los líderes culparon a Stalin y a su monstruosa capacidad de matar. El ceñudo georgiano, señor de la espelunca, creador de gulags, purgador insaciable de su pueblo, fue acusado de todas las abominaciones. Stalin, afirmaban desesperadamente sus herederos comunistas, había distorsionado a Marx y traicionado a Lenin. Lo malo era que cada vez más las culpas mostraban nuevas culpas. En 1960, el camarada Togliatti, secretario general del Partido Comunista italiano, clavó en el marxismo un dilema mortal: ``Todo comunista tiene el deber de preguntarse si Stalin fue una deformación del pensamiento marxista-leninista o si responde a la propia naturaleza del comunismo''.

Ese año, desdeñando la crisis moral que abatía al comunismo, Fidel Castro reconoció que era comunista, que había ocultado su absoluta fe en el marxismo y que ahora iba a conducir a Cuba hacia su salvación marxista. En 1962, cuando la crisis de los cohetes, Castro, el nuevo líder del mundo, estuvo a punto de pulverizar la civilización. Castro quería oprimir los botones atómicos, espantado Jruschov se negó, pero el barbudo lleno de ira demandó y comenzó a recibir una vasta ayuda económica de la Unión Soviética.

Mientras tanto, la pregunta de Togliatti había desplegado peores problemas ocultos bajo la férrea propaganda. La inquietud general y el desastre de la economía soviética marcaron el colapso. Exhausta, la Unión Soviética se hundió sin violencia ni drama. La verdad había quebrado todas las cadenas y disipado la asfixiante propaganda del estado. Resultaba que Lenin no había sido más que precursor y maestro de Stalin. El dios marxista era falso, Castro, también era otro implacable dictador.

En tales momentos de tensión, cuando los países de la Europa del este se despojaban de sus símbolos comunistas y se movían hacia los pueblos de la Europa occidental; cuando aún la propia Rusia, la grande Rusia, liberada de la bandera roja, la hoz y la sangre de los prisioneros marchaba hacia un mejor horizonte, casi todo el mundo pensó que Fidel Castro, el líder de una isla pequeña y de limitados recursos, cuya estructura económica había sufrido ya los duros golpes de leyes improvisadas y absurdas, iba a reconocer sus errores y a cambiar el rumbo hacia la democracia.

Pero no fue así. René Dumont, un respetado economista marxista francés, diagnosticó: ''En Cuba sólo se hace lo que Fidel Castro aprueba o imagina.'' Inmediatamente Dumont fue expulsado de Cuba tildado de espía de la CIA. Más tarde, en un mitin enorme Fidel acusó a los rusos de ser ''traidores al marxismo'' y de haberse vendido ''al imperialismo yanqui''. Cuba se encontraba de nuevo frente al dualismo. El imperialismo yanqui tiene que ser derrotado, pero es preciso primero venderse al dólar en todas las formas posibles.

Hace unos años pareció que Castro le abría ventanillas a la Iglesia Católica y a las demás denominaciones religiosas, incluyendo la religión afrocubana, siempre obligada a jugar el papel de figura turística. El bravo Papa visitó la isla y lanzó un tanto enigmático mensaje al pueblo: ''Que el mundo se abra a Cuba y Cuba se abra al mundo''. El Papa se fue y en el terreno religioso las corrientes más cerca del pueblo parecen haber obtenido ciertas ventajas. Pero unas monjas desconocidas le entregaron medallas a Fidel, y los patriarcas griegos ortodoxos mostraron su alegría por haber sido invitados a Cuba. Y la alta jerarquía católica ha seguido en silencio.

El dilema se profundizaba. Muchos famosos escritores de izquierda denunciaron al dios del marxismo por haber resultado falso. El dios del marxismo había abandonado a los creyentes. En cambio, en Cuba, el dios marxista, Fidel Castro, es el único que perduraba, pero todos los creyentes lo han abandonado. Tras largos años de crueles fracasos, el solitario comunista nada positivo ha logrado. La estatua se derrumba en su soledad.

Febrero 15, 1994

 

a