La traición de una estatua
La enorme
estatua me sumió en hondas reflexiones. Derribada en arenoso suelo la estatua
lucía una zupia, lo más despreciable e inútil de cualquier cosa, un fragmento de
decoración astillada, un resto de piedra a punto de sumarse al polvo. El rostro
de la estatua me era bien conocido: los ojos achinados, la frente en inútil
calvicie, las facciones contraídas en duro gesto de mando. Al pie del pedestal,
el famoso gesto, el imperioso índice levantado demandando obediencia lucía
ridículo. Alrededor del abatido monumento obreros, conversando y fumando, se
aprestaban a destruirlo. Era el cinco de marzo de 1992 de la era cristiana. En
el suelo, enorme e inerme, yacía la estatua de un tal Vladimir Ilich Ulianov,
quien rodó sobre los mortales con el nombre de Lenin.
La quebrada
estatua me imponía meditar. Yo crecí cuando el nombre de Lenin resonaba
como campana de acero. Aun sus enemigos iniciaban las críticas con una
inclinación de cabeza. Todo el mundo creía que Lenin había derribado a un
mundo y construido otro. Su puño había golpeado la historia destruyendo mitos.
Su vida se contaba o se cantaba entre clarines épicos. Cada una de sus acciones
apuntaba a un camino justo; obreros y campesinos iban a ser liberados del
capitalismo explotador. Marx era Dios y Lenin su profeta; y ambos
marchaban, a la vanguardia de las masas, hacia un justo universo.
Claro que
las críticas del resto del mundo habían ido esclareciendo la verdadera imagen de
la justicia comunista. Cuando en los años sesenta el marxismo entró en grave
crisis, los líderes culparon a Stalin y a su monstruosa capacidad de
matar. El ceñudo georgiano, señor de la espelunca, creador de gulags,
purgador insaciable de su pueblo, fue acusado de todas las abominaciones.
Stalin, afirmaban desesperadamente sus herederos comunistas, había
distorsionado a Marx y traicionado a Lenin. Lo malo era que cada vez más
las culpas mostraban nuevas culpas. En 1960, el camarada Togliatti, secretario
general del Partido Comunista italiano, clavó en el marxismo un dilema mortal:
``Todo comunista tiene el deber de preguntarse si Stalin fue una
deformación del pensamiento marxista-leninista o si responde a la propia
naturaleza del comunismo''.
Ese año,
desdeñando la crisis moral que abatía al comunismo, Fidel Castro reconoció que
era comunista, que había ocultado su absoluta fe en el marxismo y que ahora iba
a conducir a Cuba hacia su salvación marxista. En 1962, cuando la crisis de los
cohetes, Castro, el nuevo líder del mundo, estuvo a punto de pulverizar la
civilización. Castro quería oprimir los botones atómicos, espantado Jruschov se
negó, pero el barbudo lleno de ira demandó y comenzó a recibir una vasta ayuda
económica de la Unión Soviética.
Mientras
tanto, la pregunta de Togliatti había desplegado peores problemas ocultos bajo
la férrea propaganda. La inquietud general y el desastre de la economía
soviética marcaron el colapso. Exhausta, la Unión Soviética se hundió sin
violencia ni drama. La verdad había quebrado todas las cadenas y disipado la
asfixiante propaganda del estado. Resultaba que Lenin no había sido más
que precursor y maestro de Stalin. El dios marxista era falso, Castro,
también era otro implacable dictador.
En tales
momentos de tensión, cuando los países de la Europa del este se despojaban de
sus símbolos comunistas y se movían hacia los pueblos de la Europa occidental;
cuando aún la propia Rusia, la grande Rusia, liberada de la bandera roja, la hoz
y la sangre de los prisioneros marchaba hacia un mejor horizonte, casi todo el
mundo pensó que Fidel Castro, el líder de una isla pequeña y de limitados
recursos, cuya estructura económica había sufrido ya los duros golpes de leyes
improvisadas y absurdas, iba a reconocer sus errores y a cambiar el rumbo hacia
la democracia.
Pero no fue
así. René Dumont, un respetado economista marxista francés, diagnosticó: ''En
Cuba sólo se hace lo que Fidel Castro aprueba o imagina.'' Inmediatamente Dumont
fue expulsado de Cuba tildado de espía de la CIA. Más tarde, en un mitin enorme
Fidel acusó a los rusos de ser ''traidores al marxismo'' y de haberse vendido
''al imperialismo yanqui''. Cuba se encontraba de nuevo frente al dualismo. El
imperialismo yanqui tiene que ser derrotado, pero es preciso primero venderse al
dólar en todas las formas posibles.
Hace unos
años pareció que Castro le abría ventanillas a la Iglesia Católica y a las demás
denominaciones religiosas, incluyendo la religión afrocubana, siempre obligada a
jugar el papel de figura turística. El bravo Papa visitó la isla y lanzó un
tanto enigmático mensaje al pueblo: ''Que el mundo se abra a Cuba y Cuba se abra
al mundo''. El Papa se fue y en el terreno religioso las corrientes más cerca
del pueblo parecen haber obtenido ciertas ventajas. Pero unas monjas
desconocidas le entregaron medallas a Fidel, y los patriarcas griegos ortodoxos
mostraron su alegría por haber sido invitados a Cuba. Y la alta jerarquía
católica ha seguido en silencio.
El dilema se
profundizaba. Muchos famosos escritores de izquierda denunciaron al dios del
marxismo por haber resultado falso. El dios del marxismo había abandonado a los
creyentes. En cambio, en Cuba, el dios marxista, Fidel Castro, es el único que
perduraba, pero todos los creyentes lo han abandonado. Tras largos años de
crueles fracasos, el solitario comunista nada positivo ha logrado.
La estatua se derrumba en su soledad.
Febrero 15, 1994
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