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Nuestra
civilización en crisis
Este
tema no implica jugar con tópicos de historia o de filosofía, es un superficial
esquema de un asunto serio: la quiebra que parece crecer en la llamada ''civilización
occidental''. Porque la decadencia que en estos momentos rasga a esa
civilización requiere alentar esfuerzos en los Estados Unidos y en Europa para
revitalizar a la que era la civilización ``modelo''.
Comencemos por simplificar términos: ''civilización'' viene o se deriva de
civitas, de ciudad, de trabajar y alcanzar un nivel más alto que el que logra el
campesinado. Lo cual implica una orientación materialista. La ciudad siempre
lucha por mejorar la vida de sus habitantes: comunicaciones, escuelas,
hospitales, teléfonos, etc. Un concepto diferente es ''cultura'', que viene de
cultivar, específicamente el campo mental, de desarrollar ideas, de analizar
religiones y de buscar el sentido de la vida y de la muerte. La ''cultura'' no
busca mejorar las teorías filosóficas para que sean más cómodas, sino para que
iluminen lo que es o no es la esencia de la justicia, de la vida o de la muerte.
Sabemos
que siempre han existido civilizaciones y culturas de diferente nivel. Al
terminar la Primera Guerra Mundial, con una ligera búsqueda de fuentes, el
filósofo alemán, Oswald Spengler publicó su famosa La decadencia de Occidente.
Años más tarde, en 1961, el historiador británico Arnold Toynbee dio a luz 12
volúmenes sobre el auge y la caída de las civilizaciones. Esa noción existencial
de otras civilizaciones ratifica el aceptar que la crisis ''occidental'' se está
enfrentando a una posible pérdida de rumbo, a una crisis de valores.
De ahí
que conviene un breve examen de cómo y cuándo la visión europea se elevó al
concepto de la ''civilización occidental''. En el año 732 de la era cristiana,
los musulmanes invadieron Francia y fueron aplastados por los francos en la
batalla de Tours. Esa victoria y otra en Bizancio detuvieron la expansión árabe
y le concedieron tiempo a los cristianos para mejorar su economía y sus
ejércitos.
Cuatro
siglos después, Bizancio seguía en la lucha con los musulmanes mientras que los
hispanos iniciaban la reconquista de España y la conquista de la América
hispana. Muy pronto Inglaterra, Francia y Holanda mejoraron sus barcos y los
lanzaron hacia las ricas islas de Asia. Poco a poco Europa dominaba y
conquistaba colonias. El crimen de la esclavitud demostraba que la civilización
occidental estaba lejos de ser un modelo perfecto, pero también que sí trataba
de serlo. En el siglo XIX los esclavos fueron liberados y se sumaron a la vida
de esos países ``occidentales''.
En el
siglo XX la ''civilización occidental'',incluyendo los entonces países
independientes de las Américas, del norte y del sur, se habían transformado en
un poder mundial de ciencia y pensamiento. El dualismo ``civilización y
cultura'', es decir, técnica y filosofía, marchaban coordinadamente hacia el
progreso. A principios del siglo XX, todo se inventaba, desde los carros hasta
los aviones. Después de 1870 no había habido guerras en Europa. Pero todas las
naciones obedecían o copiaban, como el Japón, el modelo europeo. Mas las
crecientes tensiones no necesitaban más que una chispa.
La
chispa nacionalista se volvió incendio. Dos terribles guerras mundiales
mutilaron a Europa. Sólo dos potencias mundiales quedaban, los Estados Unidos y
la Unión Soviética: capitalismo y comunismo. La Unión Soviética se concentró en
la técnica y olvidó la teología marxista. En 1990, armada y arruinada, Rusia
abandonó el feroz sistema comunista. Quedaban sólo los Estados Unidos, la
admirable democracia que nunca ha caído bajo la bota de un dictador y ha
derrotado a los fascistas, a los nazis y a los comunistas.
Pero la
circunstancia histórica había cambiado. Europa no dominaba el mundo. Nuevos
países, China comunista, Israel, India, el mundo musulmán... Las tensiones
políticas se multiplicaban y todos sabían que las armas atómicas podían barrer
ciudades, pero que nadie quería dispararlas. Y, sin embargo, un modernizado
método de guerra, el terrorismo, comenzó a sacudir y ensangrentar múltiples
países.
Lamentablemente, en un momento en que la unidad de los países democráticos es
vital, en los Estados Unidos un apasionamiento político parece estar dividiendo
al país. En sus aspectos más serios e iniciales se trata del prestigio del
Presidente. No de ganarle políticamente, sino de enfangarlo en todas formas.
Según algunos grupos y sectores, el Presidente es el símbolo de todo lo que
odian. Gente que, como ocurrió en la Guerra de Vietnam, no sólo odia la guerra,
lo cual es natural, sino odia a los soldados americanos que fueron a la guerra.
Algunos quisieran que los terroristas de Irak siguieran matando para que el
presidente Bush fracasara. Un fracaso que le otorgaría una enorme sensación de
triunfo a los terroristas.
Se
trata de una visible y creciente división que afecta a la prensa y al pueblo, a
las entidades judiciales y a los que quieren jugar a ser izquierda. Es decir,
que cuando todo el mundo occidental hace equilibrios para reunificar a los
países, romper ese equilibrio es mortal. España acaba de sufrir otro mortal
ataque; Irlanda lo conoce; Colombia está siendo mutilada, lo sufre; el mundo
musulmán parece tolerarlo; e Israel y los palestinos siguen manando sangre. Pero
en esa situación quien en algún lugar siembre el odio está incendiando la unidad
de ''la civilización''. Y entonces todos veremos cómo sangraba el pasado.
Marzo 14, 1994
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