DR. LUIS AGUILAR LEÓN

`El escudo de mi patria está en el fondo del mar'

No sé si alguien dejó caer las palabras mirando al horizonte o si un hombre mayor las repetía como quien evoca los quince misterios de la Virgen, o si me lo dijo alguien con ojos empañados, o yo mismo lo soñé, o fue un apagado susurro que resbaló hacia la noche y tornó amargas a las olas que desprecian el mar. Los cubanos no suelen ser criminales, llegan al mar con los ojos llenos de angustia, tratando de identificar a cuerpos que flotaban en el mar de espaldas al cielo. Y hubo muchos niños que murieron acariciados por las olas, cuyos nombres desaparecieron entre las espumas.

Otros imaginaban cómo viajar con la esperanza en un bote sin velas ni anclas. Un padre murió tratando de alcanzarles a sus dos hijos el último caramelo que se disolvía en la balsa, mientras les señalaba desesperadamente el rumbo salvador que señala un norte que no es norte y donde unos oficiales los aguardan para entregarles raíces de democracia o para fruncirles el ceño y enviarlos a la isla del látigo donde nadie sabe nada más que obedecer.

Sabemos que este gran país ha abandonado algunos impulsos generosos y mantiene un dualismo hacia la emigración cubana y ha hecho muy difícil las posibilidades de escapar. Toda la compostura oficial se ha cerrado para impedir que nuevas corrientes en el mar provoquen una masiva emigración cubana que inunde la Florida. Mas siempre hay que anotar la diferencia de trato entre los mexicanos que emigran y los cubanos que escapan. No queremos ni remotamente dar la impresión de que nos quejamos. Simplemente se trata de un punto de honda diferencia. El mexicano arrestado por violar la frontera puede volver a México y a tratar otra vez. Su presidente no los castiga. A nadie se castiga porque quiera salir de su país. Menos en Cuba, donde el que quiera ''escapar'' de la gigantesca prisión tiene que arriesgar y perder su vida y la de sus vecinos.

Y ahí está siempre el mar, el mar que era la aureola de la isla, el mar que jugueteaba con los cubanos y los turistas, el mar que también salpicaba al malecón para que los niños humildes se bañaran y tuvieran diálogos con las arenas y las olas domadas que hacían que el pueblo bailara con sus suaves ritmos de mar.

Pero ahora sí sabemos que la tragedia es más amplia. Más allá del horizonte, desde siempre, el mar tenía sus turbias corrientes que amenazaban a quien, aunque no fuera pescador, no sabía asimilar los turbios movimientos de las ondas profundas. Lo cual cava una extraña dimensión. No sabemos por qué los cubanos nunca se hicieron aventureros del mar, ni cruzaron espadas con los piratas que en nombre de Francia, Inglaterra y Holanda abatían a los españoles por haber traicionado su religión.

La Flota Invencible fue vencida casi al zarpar. Y su sombra recogió la herencia en Cuba. De ahí lo significativo que fue el poema que escribió Carlos González Palacios, profesor y humanista de Santiago de Cuba, a quien aun antes de que Castro trepara al poder le dolía ver que a sus compatriotas no les interesaban las empresas marítimas o las hazañas del mar. ''Santiago no es un puerto'', escribió, ``aquí no hay marineros que quieran navegar, rendidos a la magia del verde lomerío, los hombres de mi tierra se olvidaron del mar''.

Así fue como, en cuanto el pirata-guerrillero de las montañas inició los fusilamientos y el sepultar a los presos, miles de miles de cubanos se lanzaron al mar con improvisados botes, y muy pocos pudieron escapar. Hace cuarenta y cinco años que la tragedia comenzó y se fue tornando cada año más cruel. No queda otra esperanza que un cambio en el gobierno de Washington y una reacción de los cubanos. Pero no es fácil soñar con que el escudo de mi patria, el que hace vibrar a las palmas reales de la isla, vuelva a orientar al agua, a la libertad, al trabajo y salve a una isla sacrificada sin culpa ni remedio.

Abril 4, 2004

 

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