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`El escudo de mi patria está en
el fondo del mar'
No sé si alguien dejó caer las palabras
mirando al horizonte o si un hombre mayor las repetía como quien evoca los
quince misterios de la Virgen, o si me lo dijo alguien con ojos empañados, o yo
mismo lo soñé, o fue un apagado susurro que resbaló hacia la noche y tornó
amargas a las olas que desprecian el mar. Los cubanos no suelen ser
criminales, llegan al mar con los ojos llenos de angustia, tratando de
identificar a cuerpos que flotaban en el mar de espaldas al cielo. Y hubo muchos
niños que murieron acariciados por las olas, cuyos nombres desaparecieron entre
las espumas.
Otros imaginaban cómo viajar con la esperanza en un bote
sin velas ni anclas. Un padre murió tratando de alcanzarles a sus dos hijos el
último caramelo que se disolvía en la balsa, mientras les señalaba
desesperadamente el rumbo salvador que señala un norte que no es norte y donde
unos oficiales los aguardan para entregarles raíces de democracia o para
fruncirles el ceño y enviarlos a la isla del látigo donde nadie sabe nada más
que obedecer.
Sabemos que este gran país ha abandonado algunos impulsos
generosos y mantiene un dualismo hacia la emigración cubana y ha hecho muy
difícil las posibilidades de escapar. Toda la compostura oficial se ha cerrado
para impedir que nuevas corrientes en el mar provoquen una masiva emigración
cubana que inunde la Florida. Mas siempre hay que anotar la diferencia de trato
entre los mexicanos que emigran y los cubanos que escapan. No queremos ni
remotamente dar la impresión de que nos quejamos. Simplemente se trata de un
punto de honda diferencia. El mexicano arrestado por violar la frontera puede
volver a México y a tratar otra vez. Su presidente no los castiga. A nadie se
castiga porque quiera salir de su país. Menos en Cuba, donde el que quiera ''escapar''
de la gigantesca prisión tiene que arriesgar y perder su vida y la de sus
vecinos.
Y ahí está siempre el mar, el mar que era la aureola de la
isla, el mar que jugueteaba con los cubanos y los turistas, el mar que también
salpicaba al malecón para que los niños humildes se bañaran y tuvieran diálogos
con las arenas y las olas domadas que hacían que el pueblo bailara con sus
suaves ritmos de mar.
Pero ahora sí sabemos que la tragedia es más amplia. Más
allá del horizonte, desde siempre, el mar tenía sus turbias corrientes que
amenazaban a quien, aunque no fuera pescador, no sabía asimilar los turbios
movimientos de las ondas profundas. Lo cual cava una extraña dimensión. No
sabemos por qué los cubanos nunca se hicieron aventureros del mar, ni cruzaron
espadas con los piratas que en nombre de Francia, Inglaterra y Holanda abatían a
los españoles por haber traicionado su religión.
La Flota Invencible fue vencida casi al zarpar. Y su sombra
recogió la herencia en Cuba. De ahí lo significativo que fue el poema que
escribió Carlos González Palacios, profesor y humanista de Santiago de Cuba, a
quien aun antes de que Castro trepara al poder le dolía ver que a sus
compatriotas no les interesaban las empresas marítimas o las hazañas del mar.
''Santiago no es un puerto'', escribió, ``aquí no hay marineros que quieran
navegar, rendidos a la magia del verde lomerío, los hombres de mi tierra se
olvidaron del mar''.
Así fue como, en cuanto el pirata-guerrillero de las
montañas inició los fusilamientos y el sepultar a los presos, miles de miles de
cubanos se lanzaron al mar con improvisados botes, y muy pocos pudieron escapar.
Hace cuarenta y cinco años que la tragedia comenzó y se fue tornando cada año
más cruel. No queda otra esperanza que un cambio en el gobierno de Washington y
una reacción de los cubanos. Pero no es fácil soñar con que el escudo de mi
patria, el que hace vibrar a las palmas reales de la isla, vuelva a orientar al
agua, a la libertad, al trabajo y salve a una isla sacrificada sin culpa ni
remedio.
Abril 4, 2004
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