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Los
recuerdos, el vino y la poesía
Hace muchos años
llegó a mi oficina en Georgetown un joven cubano que acababa de escapar de Cuba
por el Mariel. Tenía
los ojos prófugos y el medroso asombro de quien aún no sabe si se ha escapado
del desierto o de su espejismo. Y me contó de Cuba. De la insomne vigilancia del
estado y del obligado sigilo de los que se reunían para discutir libros e ideas.
Y me mostró unos versos trémulos. Y, desde entonces, caí en la cuenta de que
Roberto Valero era en realidad poeta.
También
recuerdo haberme preguntado en varias ocasiones, cada vez que el tema surgía, ¿qué
sabía yo de poesía? Y me desviaba a una comparación con las uvas. Hoy en día,
cuando la guerra de Irak parece expandirse y truenan de nuevo los cañones, lo
cual, según Alejandro Dumas, el creador de Los tres mosqueteros, era el mejor
momento para abrir el vino, retorno a la pregunta.
Conocí,
en ocasiones, cuando era joven, cómo el canto de las papilas respondía al vino
añejo y bueno. Pero no conocí la sabiduría de los sabores. Pienso con amigable
envidia en esos campesinos de Europa, de Francia, de Toscana o de Rioja, que
crecen en campiñas donde el aire vuela con aliento de viñedo y les enseña
temprano el húmedo secreto de las uvas. Como aquel legendario monje, Dom
Perignon, a quien imagino rotundo y jovial como nuestro arcipreste, que era
capaz, según dice la leyenda, de reconocer el gusto de una uva con sólo
apresarla entre los dedos. Nada monjil escribió tal monje, pero descubrió el
champán y le enseñó a la humanidad la única forma civilizada de embriagarse.
De la
poesía conozco desde temprano el encanto que produce leer un verso que rompe la
expresión cotidiana y rasga imágenes nuevas, hace aflorar rimas ocultas, vincula
adjetivos con símbolos insólitos y crea o le da nuevo sentido a los viejos
vocablos de la raza.
De ahí
que me duela morirme sin haber aprendido el griego clásico, sin haber podido
escuchar en su ritmo original las estrofas de Homero, que aun en traducciones
resuenan torrenciales. Como esa descripción de la ira de Apolo cuando se aprestó
a castigar a los insolentes aqueos y ``se echó el carcaj de plata sobre las
poderosas espaldas, y su ira hacía resonar sus flechas... El dios descendía
semejante a la noche''.
Así va
mi propio gusto, sin otro orden que la idea que persigo ni mayor saber que el de
mis ecos interiores, acopiando fragmentos en mi íntima antología de los helenos
a los contemporáneos, de los latinos a los latinoamericanos, de los franceses a
los ingleses. Abismándome siempre cuando, en esa desorganizada búsqueda, me
cruza el horizonte un verso o un poema que, como un sorbo de buen vino, me
caldea los sentidos y me anima la imaginación.
Una
sola línea de Ezra Pound, mencionada en un ensayo, me alertó a su presencia.
Describe el poeta a una dama que vagaba por un jardín, lejana, sola y
aristocrática, y dice she was dying slowly, of a sort of emotional anemia,
''se moría lentamente de una especie de anemia emocional''. Cuántas veces hemos
visto, sin acertar con las palabras descriptivas, a ese tipo de persona que vaga
por la vida, muriéndose con una especie de anemia emocional. Así me encontré a
un poeta menudo como Ferlengheti, que comenzó un poema diciendo: The world is
the best place to live in, if you do not mind a touch of Hell here and there,
``El mundo es el mejor lugar para vivir si a uno no le importa un toque de
infierno de vez en cuando''.
Morirse
es inevitable, amar es cotidiano. Pero Darío señalaba que lo peor es ''no saber
ni de dónde vinimos ni hacia dónde nos vamos''. Y García Lorca transforma la
muerte en un grito sideral que vibra a las cinco de la tarde, y Pablo Neruda
transforma al amor en un soplo de silencio. Ahí está también el secreto y el
dolor de los poetas que como Heberto Padilla se rasgan luchando contra la
dictadura, o como Jorge Luis Borges contra la ironía de Dios que le regaló al
mismo tiempo los libros y la noche.
Viajamos y buscamos. Pero no todos tenemos la fortuna de encontrar a las hijas
de Zeus, o la desventura de encontrar a los fanáticos de la guerra o el terror.
Abril 11, 2004
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