DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Los recuerdos, el vino y la poesía

Hace muchos años llegó a mi oficina en Georgetown un joven cubano que acababa de escapar de Cuba por el Mariel. Tenía los ojos prófugos y el medroso asombro de quien aún no sabe si se ha escapado del desierto o de su espejismo. Y me contó de Cuba. De la insomne vigilancia del estado y del obligado sigilo de los que se reunían para discutir libros e ideas. Y me mostró unos versos trémulos. Y, desde entonces, caí en la cuenta de que Roberto Valero era en realidad poeta.

También recuerdo haberme preguntado en varias ocasiones, cada vez que el tema surgía, ¿qué sabía yo de poesía? Y me desviaba a una comparación con las uvas. Hoy en día, cuando la guerra de Irak parece expandirse y truenan de nuevo los cañones, lo cual, según Alejandro Dumas, el creador de Los tres mosqueteros, era el mejor momento para abrir el vino, retorno a la pregunta.

Conocí, en ocasiones, cuando era joven, cómo el canto de las papilas respondía al vino añejo y bueno. Pero no conocí la sabiduría de los sabores. Pienso con amigable envidia en esos campesinos de Europa, de Francia, de Toscana o de Rioja, que crecen en campiñas donde el aire vuela con aliento de viñedo y les enseña temprano el húmedo secreto de las uvas. Como aquel legendario monje, Dom Perignon, a quien imagino rotundo y jovial como nuestro arcipreste, que era capaz, según dice la leyenda, de reconocer el gusto de una uva con sólo apresarla entre los dedos. Nada monjil escribió tal monje, pero descubrió el champán y le enseñó a la humanidad la única forma civilizada de embriagarse.

De la poesía conozco desde temprano el encanto que produce leer un verso que rompe la expresión cotidiana y rasga imágenes nuevas, hace aflorar rimas ocultas, vincula adjetivos con símbolos insólitos y crea o le da nuevo sentido a los viejos vocablos de la raza.

De ahí que me duela morirme sin haber aprendido el griego clásico, sin haber podido escuchar en su ritmo original las estrofas de Homero, que aun en traducciones resuenan torrenciales. Como esa descripción de la ira de Apolo cuando se aprestó a castigar a los insolentes aqueos y ``se echó el carcaj de plata sobre las poderosas espaldas, y su ira hacía resonar sus flechas... El dios descendía semejante a la noche''.

Así va mi propio gusto, sin otro orden que la idea que persigo ni mayor saber que el de mis ecos interiores, acopiando fragmentos en mi íntima antología de los helenos a los contemporáneos, de los latinos a los latinoamericanos, de los franceses a los ingleses. Abismándome siempre cuando, en esa desorganizada búsqueda, me cruza el horizonte un verso o un poema que, como un sorbo de buen vino, me caldea los sentidos y me anima la imaginación.

Una sola línea de Ezra Pound, mencionada en un ensayo, me alertó a su presencia. Describe el poeta a una dama que vagaba por un jardín, lejana, sola y aristocrática, y dice she was dying slowly, of a sort of emotional anemia, ''se moría lentamente de una especie de anemia emocional''. Cuántas veces hemos visto, sin acertar con las palabras descriptivas, a ese tipo de persona que vaga por la vida, muriéndose con una especie de anemia emocional. Así me encontré a un poeta menudo como Ferlengheti, que comenzó un poema diciendo: The world is the best place to live in, if you do not mind a touch of Hell here and there, ``El mundo es el mejor lugar para vivir si a uno no le importa un toque de infierno de vez en cuando''.

Morirse es inevitable, amar es cotidiano. Pero Darío señalaba que lo peor es ''no saber ni de dónde vinimos ni hacia dónde nos vamos''. Y García Lorca transforma la muerte en un grito sideral que vibra a las cinco de la tarde, y Pablo Neruda transforma al amor en un soplo de silencio. Ahí está también el secreto y el dolor de los poetas que como Heberto Padilla se rasgan luchando contra la dictadura, o como Jorge Luis Borges contra la ironía de Dios que le regaló al mismo tiempo los libros y la noche.

Viajamos y buscamos. Pero no todos tenemos la fortuna de encontrar a las hijas de Zeus, o la desventura de encontrar a los fanáticos de la guerra o el terror.

Abril 11, 2004

 

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