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¿Qué te
puedo decir, España?
Bien sé que mis
palabras no cargan ni el peso de una hoja en otoño, ni la validez de una sesuda
tesis psicológica sobre el carácter de una nación; pero sí me parece que, según
la prensa española y extranjera, muchas personas han dado a conocer su alarma
ante los planes y la conducta de los que ahora rigen los destinos de España.
Se trata de anotar
una añejísima preocupación histórica sobre el curso de la nación hispana. Un
curso admirable, pero no siempre exitoso. De ahí que la mayor parte de los
intelectuales españoles siempre han tratado de ratificar el valor y los
problemas de la hispanidad. Un párrafo típico de Ramón Menéndez Pidal en 1959,
en un libro titulado Idea de la hispanidad:
''En España
podemos enumerar un cierto número de razas y sangres distintas que, sin embargo,
han ingresado en el crisol de la nacionalidad y se han depurado en el más
acendrado hispanismo. Los iberos procedentes del sur se funden con los celtas
del norte. Los celtíberos se funden con los romanos. Luego llegan los vándalos y
los visigodos. Todo ello sin contar las colonizaciones fenicias y griegas en
nuestras costas mediterráneas. No puede decirse, por tanto, que la nacionalidad
española esté constituida sobre la base de una unidad y pureza absoluta de
raza''. Curiosamente, la invasión de los musulmanes, que duró casi diez siglos y
dejó rastros en el idioma, la música y la cultura españolas, no fue mencionada.
Pero lo importante
es trazar un rasgo esencial sobre la evolución del concepto nacional de España.
Un país que en el siglo XVI llegó a ser la primera estructura política europea,
cuyo imperio se extendió por América y Asia y dominó militarmente el centro de
Europa. Pero un siglo bastó para ver la rápida decadencia de un imperio
desorganizado. La recia voz de Francisco de Quevedo fue la primera que condenó
el abuso y la injusticia de la decadencia política. El gran poeta murió en 1645;
dos años antes, en la batalla de Rocroi los franceses habían quebrado
definitivamente la superioridad militar de los tercios españoles. Francia pasó a
ser el modelo de España. Ese modelo tuvo aspectos positivos, pero condujo a
España por torcidos caminos. La reacción contra la revolución francesa, una
obediente alianza con Napoleón que le costó en Trafalgar perder la flota, y más
tarde, una invasión napoleónica de España, que provocó la rebelión de las
colonias en América y la intervención de Inglaterra en los asuntos de América.
La España del siglo XIX comenzó con una intervención napoleónica y terminó con
una guerra de independencia en Cuba, que atrajo a los americanos y que abrió un
pozo de odio hacia los ``gringos''.
En el siglo XX, la
evolución nacional hispana siguió igual o peor. España había perdido toda sus
colonias y había sido reducida a lo que se llamaba una nación de segundo orden.
Como dijo Ortega y Gasset: ''Cuando se nace en un país donde nada está bien, la
sensibilidad se embota y acabamos por olvidar que todo está mal. España no
existe como nación''. A pesar de tales pesarosas frases, Ortega y Unamuno y el
resto de la ''generación del 98'' alzaron regiamente los valores culturales
españoles. Pero la estructura política no había mejorado mucho. Grupos y
partidos socialistas, comunistas y anarquistas habían emergido, pero el gobierno
decidió desafiar, sin prepararse, una guerra sangrienta en Marruecos que provocó
rebeliones y encuentros en Madrid y en Barcelona.
Las luchas
políticas se ampliaron y España tuvo un dictador, una república, una terrible
guerra civil, y una monarquía democrática que logró mantener la paz y obtuvo el
respaldo de los socialistas, cuyas medidas económicas no fueron acertadas, y de
los moderados, que sí lo fueron y llevaron al país a un alto nivel de
desarrollo.
Pero la situación
mundial había cambiado y el terrorismo amplió su violencia. Aviones de pasajeros
fueron usados como bombas asesinas en los Estados Unidos y la guerra de Irak
comenzó de inmediato. España se había aliado a Inglaterra y a los EEUU sin un
compromiso bélico.
Y es ahí donde el
panorama cambia radicalmente en España.
Dos vagones de
pasajeros explotan en una estación, en Madrid, asesinando a doscientas personas;
el resultado de una elección nacional cambia en unos minutos y los socialistas
vuelven al poder; el ejército español es llamado tan urgentemente que más
parecía fuga que retirada; y no se habla nada más que de paz y nuevas medidas
económicas que van a curar a España y a los países que van a ser sus aliados.
Toda orden o consejo a los socialistas o a algún musulmán es tratado como un
gesto ``humanista''.
¿Qué pregunta te
puedo hacer, Don Quijote?
Mayo 16, 2004
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