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Jamás
tantos debieron tanto a tan pocos'
Ciertamente fue
una noble frase.
Inglaterra estaba casi rodeada por una Alemania que acababa de conquistar Europa.
Pero siendo Inglaterra una isla, la victoria de Hitler dependía de la Luftwaffe,
de la fuerza aérea de Alemania. Por su parte, solamente la Royal Air Force podía
salvar a Inglaterra. Los pilotos británicos eran un tercio de los alemanes. Y
pelearon sacrificándolo todo. En septiembre de 1940, tras tres meses de lucha,
un frustrado Hitler pospuso el asalto a Inglaterra y decidió atacar a Rusia. El
desastre se abatió sobre el Tercer Reich. Cinco años más tarde, durante el largo
desfile de triunfo, Churchill alzó un saludo especial a sus pilotos: ``Jamás en
la historia, tantos mortales les deben tanto a tan pocos''.
Pero
desde entonces muchos observadores, filósofos y analistas de nuestra época
apuntan que una de las peores consecuencias de la guerra fue lo que se pudiera
llamar la ''decadencia de los principios'', la debilidad de nuestros líderes al
mantener su palabra, la secuencia que ha resultado de los conflictos actuales y
la incapacidad de obtener verdaderas fórmulas de paz. El fracaso del comunismo
aceleró la quiebra de múltiples confianzas. Las más tradicionales instituciones
políticas y religiosas de nuestra época. La familia real de Inglaterra ha
perdido prestigio; Europa juega a no tener poder; España se inclina a los
musulmanes; Israel y los palestinos no cesan nunca; los americanos parecen
haberse dividido en la guerra de Irak; y el terrorismo persiste en diferente
lugares.
Quién
sabe si un clamor de vacilantes ideales, un abandono de la fe, un condenar al
optimismo se nota en la literatura y el cine. Hace poco en una exhibición de
pintura, The European Iceberg, con los cuadros alineados para demostrar que no
hay creatividad en Alemania e Italia, había un cuadro abstracto, oscuro y turbio,
de Ulrich Horstmann, con una afirmación de que si ``por primera vez en la
historia, las armas atómicas tienen la capacidad de pulverizar a la humanidad,
no podemos dejar pasar esa oportunidad''.
La
América Latina es también un ejemplo de nuestra situación. Un continente donde
las quiebras económicas tornan ricos a los pocos, y pobres a los muchos, es una
dialéctica que funciona en la política y en la economía, pero que tiene las
raíces en el continente. De ahí que se pueda dar una vieja imagen del proceso.
En nuestro continente, tales quiebras y rupturas entre nuestras minorías y
nuestras mayorías, entre militares, políticos y comunistas responden a una falta
de optimismo, a una voluntad de dudar de las intenciones de todos los políticos,
de izquierda o derecha, y de la fácil visión de los caudales que traen o brindan
los contactos que resbalan fuera de la política.
Tales
acercamientos o estrechamientos quiebran la capacidad de que los líderes
temporales que abundan en nuestro mundo político, mantengan abiertas las cuotas
de ganancias. El problema es que el silogismo comunidad y líder parece que se
rompió bien temprano, cuando los conquistadores pasaron a sobornar autoridades y
a plantear una mejor vida para ellos. Por largo tiempo los indios se
concentraron en una nueva religión y siguieron siendo explotados.
Pero la
fórmula de poder pudo sobrevivir y el ciclo mostró su proceso. La primera etapa
es la presencia de un dictador. La sigue un golpe de estado, y la proclamación
de un grito democrático, y una proclamada ''revolución'' que comienza a
controlar todos los poderes y a aumentar su fuerza. Volvemos a la dictadura. Las
demás repúblicas del continente mantienen la digna política de no condenar a las
dictaduras. Ese falso equilibrio, aplaudido por el pueblo, termina por provocar
otra vez el inicio del proceso. Sí hay algún misterio. Una vez observé un
desfile político encabezado por un enorme letrero: Presidente, denos promesas,
no realidades. ¿Promesas? ¿Cómo se descifran?
En
Europa, después de la Segunda Guerra, filósofos y estudiosos llegaron a la
conclusión de que Alemania, Francia y Gran Bretaña habían decidido abandonar el
colonialismo y enseñar cómo se vive democráticamente. Se trataba de enseñar cómo
abandonar la paz y buscar el petróleo o los recursos de los pueblos colonizados.
Describiendo todo el ímpetu de la verdad, George Clemenceau, el más firme
político de Francia, cuando le preguntaron por qué razón había perdido una
elección, respondió que se trataba de ocho millones de imbéciles contra un
hombre de genio.
De ahí
que un conocido filósofo rumano que se llamaba E. M. Cioran, que parecía
escribir con una elegante daga florentina, publicó en 1968 su libro The
Temptation to Exist. Su crítica fue más allá de los ex poderosos y los
intelectuales para examinar la suerte de los muchos, de los que viven en las
zonas periféricas de la civilización, que se pasan la vida pidiendo ayuda del
horrible imperialismo americano para emplearla en proyectos personales. Y
quienes siempre creen merecer el desprecio que se les tiene.
Mayo 23, 2004
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