DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Jamás tantos debieron tanto a tan pocos'

Ciertamente fue una noble frase. Inglaterra estaba casi rodeada por una Alemania que acababa de conquistar Europa. Pero siendo Inglaterra una isla, la victoria de Hitler dependía de la Luftwaffe, de la fuerza aérea de Alemania. Por su parte, solamente la Royal Air Force podía salvar a Inglaterra. Los pilotos británicos eran un tercio de los alemanes. Y pelearon sacrificándolo todo. En septiembre de 1940, tras tres meses de lucha, un frustrado Hitler pospuso el asalto a Inglaterra y decidió atacar a Rusia. El desastre se abatió sobre el Tercer Reich. Cinco años más tarde, durante el largo desfile de triunfo, Churchill alzó un saludo especial a sus pilotos: ``Jamás en la historia, tantos mortales les deben tanto a tan pocos''.

Pero desde entonces muchos observadores, filósofos y analistas de nuestra época apuntan que una de las peores consecuencias de la guerra fue lo que se pudiera llamar la ''decadencia de los principios'', la debilidad de nuestros líderes al mantener su palabra, la secuencia que ha resultado de los conflictos actuales y la incapacidad de obtener verdaderas fórmulas de paz. El fracaso del comunismo aceleró la quiebra de múltiples confianzas. Las más tradicionales instituciones políticas y religiosas de nuestra época. La familia real de Inglaterra ha perdido prestigio; Europa juega a no tener poder; España se inclina a los musulmanes; Israel y los palestinos no cesan nunca; los americanos parecen haberse dividido en la guerra de Irak; y el terrorismo persiste en diferente lugares.

Quién sabe si un clamor de vacilantes ideales, un abandono de la fe, un condenar al optimismo se nota en la literatura y el cine. Hace poco en una exhibición de pintura, The European Iceberg, con los cuadros alineados para demostrar que no hay creatividad en Alemania e Italia, había un cuadro abstracto, oscuro y turbio, de Ulrich Horstmann, con una afirmación de que si ``por primera vez en la historia, las armas atómicas tienen la capacidad de pulverizar a la humanidad, no podemos dejar pasar esa oportunidad''.

La América Latina es también un ejemplo de nuestra situación. Un continente donde las quiebras económicas tornan ricos a los pocos, y pobres a los muchos, es una dialéctica que funciona en la política y en la economía, pero que tiene las raíces en el continente. De ahí que se pueda dar una vieja imagen del proceso. En nuestro continente, tales quiebras y rupturas entre nuestras minorías y nuestras mayorías, entre militares, políticos y comunistas responden a una falta de optimismo, a una voluntad de dudar de las intenciones de todos los políticos, de izquierda o derecha, y de la fácil visión de los caudales que traen o brindan los contactos que resbalan fuera de la política.

Tales acercamientos o estrechamientos quiebran la capacidad de que los líderes temporales que abundan en nuestro mundo político, mantengan abiertas las cuotas de ganancias. El problema es que el silogismo comunidad y líder parece que se rompió bien temprano, cuando los conquistadores pasaron a sobornar autoridades y a plantear una mejor vida para ellos. Por largo tiempo los indios se concentraron en una nueva religión y siguieron siendo explotados.

Pero la fórmula de poder pudo sobrevivir y el ciclo mostró su proceso. La primera etapa es la presencia de un dictador. La sigue un golpe de estado, y la proclamación de un grito democrático, y una proclamada ''revolución'' que comienza a controlar todos los poderes y a aumentar su fuerza. Volvemos a la dictadura. Las demás repúblicas del continente mantienen la digna política de no condenar a las dictaduras. Ese falso equilibrio, aplaudido por el pueblo, termina por provocar otra vez el inicio del proceso. Sí hay algún misterio. Una vez observé un desfile político encabezado por un enorme letrero: Presidente, denos promesas, no realidades. ¿Promesas? ¿Cómo se descifran?

En Europa, después de la Segunda Guerra, filósofos y estudiosos llegaron a la conclusión de que Alemania, Francia y Gran Bretaña habían decidido abandonar el colonialismo y enseñar cómo se vive democráticamente. Se trataba de enseñar cómo abandonar la paz y buscar el petróleo o los recursos de los pueblos colonizados. Describiendo todo el ímpetu de la verdad, George Clemenceau, el más firme político de Francia, cuando le preguntaron por qué razón había perdido una elección, respondió que se trataba de ocho millones de imbéciles contra un hombre de genio.

De ahí que un conocido filósofo rumano que se llamaba E. M. Cioran, que parecía escribir con una elegante daga florentina, publicó en 1968 su libro The Temptation to Exist. Su crítica fue más allá de los ex poderosos y los intelectuales para examinar la suerte de los muchos, de los que viven en las zonas periféricas de la civilización, que se pasan la vida pidiendo ayuda del horrible imperialismo americano para emplearla en proyectos personales. Y quienes siempre creen merecer el desprecio que se les tiene.

Mayo 23, 2004

 

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