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Palomas,
libros y dictadura
Hace años,
cuando la sombra de un líder revolucionario capaz de torcer toda la historia de
mi país, y manipular la histeria política de los desfiles y las multitudes,
imponía nubes sombrías sobre un pueblo ciegamente entusiasmado, reconocí quién
era y me estremecí pensando lo que le esperaba a Cuba. Cuarenta y cinco años de
dictadura cada vez más dura.
En mayo de 1960, en medio de una violenta campaña castrista
contra la prensa, publiqué en Prensa Libre un artículo titulado La hora de la
unanimidad, que denunciaba la llegada del totalitarismo marxista a Cuba. Un
falso comité revolucionario impuso de inmediato en el periódico una larga ''coletilla''
que pedía, entre otras cosas, que me llevaran al paredón.
Unos días más tarde registraron mi casa y me prometieron
nuevas visitas. Era yo en esos momentos presidente provisional del Partido
Demócrata Cristiano, y con un puñado de escasos miembros admirables disolvimos
el partido para que el gobierno no lograra usarlo como un lacayo de Castro. Una
creciente problemática me decidió a partir con mi familia. En el aeropuerto,
cuando pedí permiso para llevarme la obra de Martí, los insultantes funcionarios
gubernamentales me alentaban con burlonas risas, para que cargara los veinte
libros del Apóstol. Entonces mostré mis dos voluminosos tomos de la Editorial
Lex y marché al exilio con la obra completa de Martí.
Dos meses más tarde, en su marcha al extranjero, algunos
amigos me contaron cómo, con palas y martillos, dos camiones recogieron y
destruyeron mis libros, unos dos mil volúmenes que tocaban casi todos los temas.
Si alguien observaba el espectáculo, a gritos y burlas el proletariado explicaba
lo que según ellos era el triunfo marxista y la inevitable victoria contra el
imperialismo americano. Ya en Miami me uní al Movimiento de Recuperación
Revolucionaria. Y después de Playa Girón me moví hacia el norte, buscando
trabajo.
Mucho más tarde, cuando enseñaba en la Universidad de
Columbia, y, sobre todo, cuando fui a enseñar en Georgetown, en Washington, DC,
en muchas ocasiones recordaba los mil episodios de la lucha cubana y sentía cómo
los recuerdos se iban hundiendo en el tiempo. De todas formas, la mente busca
consuelo en cosas bellas como museos, pinturas, música y teatro. En tales
dimensiones Washington, DC es magníficamente generosa; y además otorga el vuelo
de sus palomas. Las palomas dibujan con las alas, giran sobre los grupos que
riegan semillas, se desbandan frente a los individuos que cruzan los parques con
ceños ceñidos y se posan inquietas en los hombros de los héroes con uniformes de
piedra. Nunca les han gustado los soldados.
Tras tantos años de enseñar y escribir, la cercanía de mi
próximo cumpleaños me planteó un doble gesto de hondo cariño. Y regalé dos mil
libros de mi biblioteca, que se quedó casi vacía. El regalo se convirtió de
inmediato en una donación de dos mil volúmenes al Instituto de Estudios Cubanos
y a la Colección de la Herencia Cubana en la Biblioteca Otto G. Richter de la
Universidad de Miami, donde un grupo silencioso y fecundo todo lo suma a la
enorme alfombra de dolor y de creatividad cubana, creando vínculos, recuerdos,
documentos y memorias que articulan rasgos de un país o de su historia.
Afortunadamente, esa regia misión cayó en manos de quienes
casi en silencio han sumado los trazos que integran el múltiple perfil de
nuestro pueblo. Son ellas Esperanza Bravo de Varona, directora, Lesbia Orta
Varona, bibliógrafa, Gladys Gómez Rossié, asistente de la directora, y María
Estorino May. Todas merecen el agradecimiento y el aplauso de los que quieren
conocer a Cuba sin distorsiones históricas.
De esa misión tenemos que hablar siempre. Porque una de las
más esenciales necesidades que enfrenta la diáspora cubana ante las divisiones
que nos debilitan es encontrar y ajustar las piezas de nuestro pasado y nuestro
futuro. No se trata de retorcer en otra dirección la torcida tesis de Fidel
Castro y de sus seguidores. Se trata de trazar lo más verídicamente el o los
senderos del pueblo cubano, de criticar a quien miente por razones de poder y de
aplaudir a quienes nos muestran hacia dónde se dirige la verdad.
Desde luego, hay que superar la imagen de personas
solitarias y lentas en la soledad de un museo. Hoy todo ha cambiado. Las
instituciones ofrecen procesadores de datos, discursos privados, pinturas
variables, música y charlas interesantes. Se trata de atraer a los jóvenes y de
plantear temas que van a perfilar el futuro. Se trata de alcanzar aun a los
intelectuales de diferentes generaciones para aprender cuál es su mensaje.
Aprender, no criticar. Pero ese tema lo trataremos pronto.
Mayo 30, 2004
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