DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Palomas, libros y dictadura

Hace años, cuando la sombra de un líder revolucionario capaz de torcer toda la historia de mi país, y manipular la histeria política de los desfiles y las multitudes, imponía nubes sombrías sobre un pueblo ciegamente entusiasmado, reconocí quién era y me estremecí pensando lo que le esperaba a Cuba. Cuarenta y cinco años de dictadura cada vez más dura.

En mayo de 1960, en medio de una violenta campaña castrista contra la prensa, publiqué en Prensa Libre un artículo titulado La hora de la unanimidad, que denunciaba la llegada del totalitarismo marxista a Cuba. Un falso comité revolucionario impuso de inmediato en el periódico una larga ''coletilla'' que pedía, entre otras cosas, que me llevaran al paredón.

Unos días más tarde registraron mi casa y me prometieron nuevas visitas. Era yo en esos momentos presidente provisional del Partido Demócrata Cristiano, y con un puñado de escasos miembros admirables disolvimos el partido para que el gobierno no lograra usarlo como un lacayo de Castro. Una creciente problemática me decidió a partir con mi familia. En el aeropuerto, cuando pedí permiso para llevarme la obra de Martí, los insultantes funcionarios gubernamentales me alentaban con burlonas risas, para que cargara los veinte libros del Apóstol. Entonces mostré mis dos voluminosos tomos de la Editorial Lex y marché al exilio con la obra completa de Martí.

Dos meses más tarde, en su marcha al extranjero, algunos amigos me contaron cómo, con palas y martillos, dos camiones recogieron y destruyeron mis libros, unos dos mil volúmenes que tocaban casi todos los temas. Si alguien observaba el espectáculo, a gritos y burlas el proletariado explicaba lo que según ellos era el triunfo marxista y la inevitable victoria contra el imperialismo americano. Ya en Miami me uní al Movimiento de Recuperación Revolucionaria. Y después de Playa Girón me moví hacia el norte, buscando trabajo.

Mucho más tarde, cuando enseñaba en la Universidad de Columbia, y, sobre todo, cuando fui a enseñar en Georgetown, en Washington, DC, en muchas ocasiones recordaba los mil episodios de la lucha cubana y sentía cómo los recuerdos se iban hundiendo en el tiempo. De todas formas, la mente busca consuelo en cosas bellas como museos, pinturas, música y teatro. En tales dimensiones Washington, DC es magníficamente generosa; y además otorga el vuelo de sus palomas. Las palomas dibujan con las alas, giran sobre los grupos que riegan semillas, se desbandan frente a los individuos que cruzan los parques con ceños ceñidos y se posan inquietas en los hombros de los héroes con uniformes de piedra. Nunca les han gustado los soldados.

Tras tantos años de enseñar y escribir, la cercanía de mi próximo cumpleaños me planteó un doble gesto de hondo cariño. Y regalé dos mil libros de mi biblioteca, que se quedó casi vacía. El regalo se convirtió de inmediato en una donación de dos mil volúmenes al Instituto de Estudios Cubanos y a la Colección de la Herencia Cubana en la Biblioteca Otto G. Richter de la Universidad de Miami, donde un grupo silencioso y fecundo todo lo suma a la enorme alfombra de dolor y de creatividad cubana, creando vínculos, recuerdos, documentos y memorias que articulan rasgos de un país o de su historia.

Afortunadamente, esa regia misión cayó en manos de quienes casi en silencio han sumado los trazos que integran el múltiple perfil de nuestro pueblo. Son ellas Esperanza Bravo de Varona, directora, Lesbia Orta Varona, bibliógrafa, Gladys Gómez Rossié, asistente de la directora, y María Estorino May. Todas merecen el agradecimiento y el aplauso de los que quieren conocer a Cuba sin distorsiones históricas.

De esa misión tenemos que hablar siempre. Porque una de las más esenciales necesidades que enfrenta la diáspora cubana ante las divisiones que nos debilitan es encontrar y ajustar las piezas de nuestro pasado y nuestro futuro. No se trata de retorcer en otra dirección la torcida tesis de Fidel Castro y de sus seguidores. Se trata de trazar lo más verídicamente el o los senderos del pueblo cubano, de criticar a quien miente por razones de poder y de aplaudir a quienes nos muestran hacia dónde se dirige la verdad.

Desde luego, hay que superar la imagen de personas solitarias y lentas en la soledad de un museo. Hoy todo ha cambiado. Las instituciones ofrecen procesadores de datos, discursos privados, pinturas variables, música y charlas interesantes. Se trata de atraer a los jóvenes y de plantear temas que van a perfilar el futuro. Se trata de alcanzar aun a los intelectuales de diferentes generaciones para aprender cuál es su mensaje. Aprender, no criticar. Pero ese tema lo trataremos pronto.

Mayo 30, 2004

 

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