DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Celia Cruz eterna

En estos días en que conmemoramos el primer aniversario del fallecimiento de La Guarachera de Cuba, la recordamos tal y como la pintara hace tiempo el profesor Aguilar en este artículo que recobra actualidad.

Tiempos como los que estamos viviendo inclinan a dar dos pasos atrás para evocar mejores momentos. Es decir, cuando por razones políticas se inundan las pantallas de televisión con las imágenes de candidatos políticos que, reflejando el buen entrenamiento recibido, besan a innumerables niños, estrechan miles de manos, sonríen en todas direcciones, excepto en la que conduce hacia el ''maligno'' contrincante, e insisten en describir por qué su victoria representará un progreso y una victoria del pueblo, conviene oír música clásica, ponerse a leer libros fecundos o convocar el recuerdo de gratas realidades.

Entre esas realidades, se destaca una sombra que amenaza a esta gran democracia. Un ejemplo. Con motivo de la visita de Clinton a la Universidad de Princeton, el periódico del campus iba a publicar un artículo de un conocido profesor que criticaba la política del Presidente. Inmediatamente, las fuerzas usuales se unieron e impidieron que el artículo se publicara el día de la visita. La universidad no parece estar abierta a todas las ideas; los que el historiador Paul Jones llama los ''liberales fascistas'' siguen ganando terreno.

Esa avasalladora oleada política coincidió con una reciente foto de Celia Cruz recibiendo otro merecido testimonio. Sin vacilaciones le di un soplo a los años y me escapé a Washington D.C. En un bello noviembre, más de tres mil personas le rendimos homenaje a Celia Cruz. Claro que nuestra Celia no necesita ni ocasión ni pretexto para que se le brinde un testimonio de todo lo que ella simboliza.

Ese día se llenó el Concert Hall del Kennedy Center de latinos y cubanos que habían venido a escuchar a la emperatriz del ritmo, a vibrar en su ruedo, a recordar y soñar. Fuera del Center, Washington había desplegado uno de sus más bellos atardeceres. Un sol casi tropical ennoblecía un horizonte de árboles cuyo verdor apenas comenzaba a amarillarse ante los primeros soplos del otoño. Dentro, el espectáculo se desarrollaba a medio tempo: canciones, congas, vestuarios y danzas.

Los asistentes murmuraban cálidamente y aplaudían el espectáculo cuando, de pronto, desde un pliegue oculto tras el cortinaje, como una flecha de son lanzada hacia lo alto, una voz tronante, rica, melodiosa e inconfundible, se alzó por todo el ámbito del teatro y retumbó en la punta de los nervios. Aún no había salido Celia, sólo había resonado su voz, y ya unánimemente tres mil personas estaban de pie, aplaudiendo frenéticamente, vibrando con el ritmo, ofreciéndole un homenaje.

Poco después, de las sombras tras los telones emergía Celia Cruz, toda ella, toda Celia, toda Cruz, toda mujer, toda canto, toda ritmo; con ella entraba cimbreando un cañaveral, el bronco redoblar de los bocuses, la risa de una mulata, las estrechas calles de La Habana Vieja, olor a café, el ``trópico fecundo y vivo''.

Desde ese momento, el espectáculo dejó de ser espectáculo y se convirtió en una simbiosis vital de canto y alegría. Dejamos de ser público y pasamos a ser parte de Celia, compañeros de su ritmo, acompañantes de su voz, manto de sus movimientos. Prendidos al escenario con las uñas del alma, nos bebimos sus cantos, ondulamos con ella y nos bañamos con su risa. La presencia de Celia no evocaba melancólicos recuerdos de Cuba y de su pueblo: Celia Cruz era Cuba viva, presente, ardiente, germinal y eterna. Celia cantó y zandungueó, tremoló sus ecos, aleteó su falda a vuelo inigualable y nos brindó algo más invaluable: clase, jerarquía, elegancia.

Porque hay quien confunde lo criollo con la chusmería y el relajo permanente, quien cree que el estilo, el ''punto'' cubano, es el remeneo incesante, el grito desarticulado, la gesticulación excesiva. Pero ocurre que nosotros tenemos algo de eso y mucho de mucho más. Y esa noche, nada menos que Celia Cruz, sin ceder un ápice de verdadero ritmo, nos ofreció una cuota de ese algo mucho más definitorio y mucho más alentador del carácter cubano, su seriedad en un momento emocional.

Cuando al final Celia alzó su canción de despedida, el público de pie, enfebrecido, ávido de más ritmo, no la quería dejar ir y no interrumpía el interminable aplauso. Ella volvió, pero no cantó más, hizo un amplio gesto de calor y de color y, con los brazos abiertos, se fue retirando hacia el trasfondo del escenario llevándose con ella su voz de palma y de palmera.

Hizo bien. No había derecho a pedirle más. Había roto todos los niveles emocionales y clavado en tres mil almas la perennidad de un instante. Había hecho vibrar vibrando ella, compartiendo con nosotros todo lo que tenía. Después de ese magnífico regalo había que dejarla partir como había entrado, cargando nuestra gratitud y nuestro orgullo, desapareciendo lenta y soberanamente, toda ella, toda Celia, toda Cruz, toda milagro.

Con tal inyección de cubanía pude prepararme para escuchar el nuevo encuentro de los viejos temas. Me preparé para ver el próximo duelo presidencial.

Julio 18, 2004

 

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