DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La era interminable

El viejo maestro Clausewitz sintetizaba su gran experiencia bélica en una frase: ''La guerra debe declararse cuando la paz sea más costosa que la guerra. La paz debe aceptarse cuando la guerra sea más costosa que la paz''. El argumento luce aplastantemente lógico. Pero la lógica no es la gran reguladora de la conducta humana.

Al disiparse la disciplina prusiana en casi todas la academias militares del mundo, las guerrillas de diversas nacionalidades tomaron controles en todos los frentes. Hoy en día, en diversos rincones del globo, se libran guerras largas y sangrientas a las cuales no se les ve posibilidad de victoria. En esas regiones, la guerra y la paz parecen tener tan alto y similar precio, que la contienda se extiende sin tregua ni esperanza.

A veces parece que la tierra ha cerrado su puño sobre la humanidad. Los gritos, la violencia, la amenaza parecen flotar sobre lo oscuro. Y sí hay retazos de idealismo en la mente y el recuerdo de la patria parece sobrevivir en el polvo de diferentes caminos. Sí somos de Cuba, un país pequeño y venenoso donde Castro todo lo destruye, y nos arrodillamos para pedir ayuda, sin saber dónde está la ayuda. Nos quedamos mirando el techo vacío de los templos. Y creemos calladamente que nosotros somos mejores.

Claro que se cansa uno. Se cansa uno de todo. De repetir los mismos argumentos, de oír las mismas necedades, de luchar contra enemigos que saben no entender y, a veces, contra amigos que sí pretenden entender. Hay que lidiar con los inteligentes y los tontos útiles, y también con los tontos inútiles. Contra la esperanza y la desesperanza. Contra no darse por vencido, cuando uno cree haber convencido y descubre que hay que comenzar de nuevo. Pesan la adarga y el escudo y no flamea el sol en la punta de las lanzas. Porque el sol parece haberse ocultado tras ominosas nubes. Claro que se cansa uno.

Pero cuando el cansancio toca los huesos y brota en el alma la tentación de abandonar la lucha hay siempre una voz que estremece las fibras de la voluntad. La voz de una trabajadora que fue obligada a dejar sus hijos en Cuba, o de un joven que clama por sus padres o por sus hermanos en la isla. La voz de una madre desesperada, o de un hijo que alza su protesta. La de un preso que escribe letras trémulas sobre los castigos en la isla. La de un padre envilecido. Y se da uno cuenta de que no se puede transigir con la infamia.

La infamia es la vieja compañera de los opresores. El descanso es la vieja tentación de los oprimidos. Denunciar la infamia cuando uno estrena el coraje de la juventud nos hace vibrar. Denunciarla cuando el polvo de los años cubre las pupilas es heroico. Y, sin embargo, preciso es rechazar la infamia.

No importa que los gobiernos, o los individuos, o las instituciones vacilen. No importa que los enemigos estén al frente o en la retaguardia. No importa que lo razonable sea descansar, ni siquiera importa si uno va a vencer o a morir ''con la adarga al brazo toda fantasía o la lanza en ristre toda corazón''. Lo único que importa es no ceder a la infamia.

¿Lecciones? La historia no ofrece lecciones, sólo ofrece ejemplos. Una vez, en un desfiladero, trescientos espartanos montaban guardia. Frente a ellos el enemigo persa se extendía numeroso como las arenas del desierto. Detrás de ellos, toda la Grecia aguardaba anhelante. Sin esperanza de victoria, decidió el rey persa, los espartanos tenían que rendirse. Los espartanos no fueron razonables. Su respuesta fue de mármol. Los persas podían derrotarlos, aplastarlos, convertirlos en polvo, pero no podrían proclamar que habían visto rendirse a los espartanos. Y de ahí que las Termópilas se convirtieron en un símbolo para la historia.

Por encima de todo, a pesar de todo, con excesos y equivocaciones eso ha sido el exilio cubano. Una herida que no cicatriza, un baluarte, una línea que no se quiebra. Castro lo ha insultado, lo ha halagado y lo ha convocado a dialogar. Así se ha logrado cambiar la imagen del dictador. Desunidos, pero no desmoralizados, sin más recursos que su dignidad, los exiliados ni desfallecen ni se rinden.

Hay que luchar para vencer, proclaman los más. Hay simplemente que luchar, afirman los menos. Y si le toca a uno cerrar filas con los compañeros, o sin los compañeros, hay el deber, que nunca lo hemos olvidado, que nunca podemos olvidar: cuando se trata de presos políticos hay que luchar por denunciar el crimen.

En todo caso, lo vital es no rendirse porque mientras haya una voz que se alce en el desierto, un índice que acuse a la tiranía, una palabra que desgarre el silencio, una actitud insobornable, la infamia no puede ni descansar ni proclamar victoria. Lo cual es eventualmente el camino a su derrota. La infamia lo sabe. Nosotros también.

Agosto 8, 2004

 

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