|
La era interminable
El viejo maestro Clausewitz
sintetizaba su gran experiencia bélica en una frase: ''La guerra debe declararse
cuando la paz sea más costosa que la guerra. La paz debe aceptarse cuando la
guerra sea más costosa que la paz''. El argumento luce aplastantemente lógico.
Pero la lógica no es la gran reguladora de la conducta humana.
Al disiparse la disciplina
prusiana en casi todas la academias militares del mundo, las guerrillas de
diversas nacionalidades tomaron controles en todos los frentes. Hoy en día, en
diversos rincones del globo, se libran guerras largas y sangrientas a las cuales
no se les ve posibilidad de victoria. En esas regiones, la guerra y la paz
parecen tener tan alto y similar precio, que la contienda se extiende sin tregua
ni esperanza.
A veces parece que la tierra
ha cerrado su puño sobre la humanidad. Los gritos, la violencia, la amenaza
parecen flotar sobre lo oscuro. Y sí hay retazos de idealismo en la mente y el
recuerdo de la patria parece sobrevivir en el polvo de diferentes caminos. Sí
somos de Cuba, un país pequeño y venenoso donde Castro todo lo destruye, y nos
arrodillamos para pedir ayuda, sin saber dónde está la ayuda. Nos quedamos
mirando el techo vacío de los templos. Y creemos calladamente que nosotros somos
mejores.
Claro que se cansa uno. Se
cansa uno de todo. De repetir los mismos argumentos, de oír las mismas
necedades, de luchar contra enemigos que saben no entender y, a veces, contra
amigos que sí pretenden entender. Hay que lidiar con los inteligentes y los
tontos útiles, y también con los tontos inútiles. Contra la esperanza y la
desesperanza. Contra no darse por vencido, cuando uno cree haber convencido y
descubre que hay que comenzar de nuevo. Pesan la adarga y el escudo y no flamea
el sol en la punta de las lanzas. Porque el sol parece haberse ocultado tras
ominosas nubes. Claro que se cansa uno.
Pero cuando el cansancio
toca los huesos y brota en el alma la tentación de abandonar la lucha hay
siempre una voz que estremece las fibras de la voluntad. La voz de una
trabajadora que fue obligada a dejar sus hijos en Cuba, o de un joven que clama
por sus padres o por sus hermanos en la isla. La voz de una madre desesperada, o
de un hijo que alza su protesta. La de un preso que escribe letras trémulas
sobre los castigos en la isla. La de un padre envilecido. Y se da uno cuenta de
que no se puede transigir con la infamia.
La infamia es la vieja
compañera de los opresores. El descanso es la vieja tentación de los oprimidos.
Denunciar la infamia cuando uno estrena el coraje de la juventud nos hace
vibrar. Denunciarla cuando el polvo de los años cubre las pupilas es heroico. Y,
sin embargo, preciso es rechazar la infamia.
No importa que los
gobiernos, o los individuos, o las instituciones vacilen. No importa que los
enemigos estén al frente o en la retaguardia. No importa que lo razonable sea
descansar, ni siquiera importa si uno va a vencer o a morir ''con la adarga al
brazo toda fantasía o la lanza en ristre toda corazón''. Lo único que importa es
no ceder a la infamia.
¿Lecciones? La historia no
ofrece lecciones, sólo ofrece ejemplos. Una vez, en un desfiladero, trescientos
espartanos montaban guardia. Frente a ellos el enemigo persa se extendía
numeroso como las arenas del desierto. Detrás de ellos, toda la Grecia aguardaba
anhelante. Sin esperanza de victoria, decidió el rey persa, los espartanos
tenían que rendirse. Los espartanos no fueron razonables. Su respuesta fue de
mármol. Los persas podían derrotarlos, aplastarlos, convertirlos en polvo, pero
no podrían proclamar que habían visto rendirse a los espartanos. Y de ahí que
las Termópilas se convirtieron en un símbolo para la historia.
Por encima de todo, a pesar
de todo, con excesos y equivocaciones eso ha sido el exilio cubano. Una herida
que no cicatriza, un baluarte, una línea que no se quiebra. Castro lo ha
insultado, lo ha halagado y lo ha convocado a dialogar. Así se ha logrado
cambiar la imagen del dictador. Desunidos, pero no desmoralizados, sin más
recursos que su dignidad, los exiliados ni desfallecen ni se rinden.
Hay que luchar para vencer,
proclaman los más. Hay simplemente que luchar, afirman los menos. Y si le toca a
uno cerrar filas con los compañeros, o sin los compañeros, hay el deber, que
nunca lo hemos olvidado, que nunca podemos olvidar: cuando se trata de presos
políticos hay que luchar por denunciar el crimen.
En todo caso, lo vital es no
rendirse porque mientras haya una voz que se alce en el desierto, un índice que
acuse a la tiranía, una palabra que desgarre el silencio, una actitud
insobornable, la infamia no puede ni descansar ni proclamar victoria. Lo cual es
eventualmente el camino a su derrota. La infamia lo sabe.
Nosotros también.
Agosto 8, 2004
|