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Mi homenaje al pueblo griego
En
estos días, cuando cientos de atletas y héroes deportivos les piden a sus
cuerpos el más tenso esfuerzo para volverse héroes, nos enteramos de que otros
grupos de individuos, armados con cinturones de ametralladoras terroristas,
parecen imponer silencios. A pesar de todo, me siento tentado de ofrecer un
modesto homenaje a quienes hace dos mil años crearon los Juegos Olímpicos y
abrieron tan numerosos senderos de ideas y teorías que aún hoy, en las
universidades, en los cursos iniciados los nombres de Sócrates, Platón y
Aristóteles bastan para provocar un respetuoso saludo.
Mas el
genio de ese pueblo no termina ahí. Se trata de un pueblo que en un breve
período de tiempo demostró su talento y su creatividad. En artes bélicas, los
griegos llegaron a la India, donde los soldados se negaron a seguir con más
conquistas. Y Alejandro el Magno les dio la razón y se inclinó para morir
temprano. También hurgaron las clasificaciones políticas, y aprendieron cómo
apoyar las democracias. Y también en la ciencia, el teatro, y la historia. Lo
cual explica por qué desde muchachos casi todos nosotros conservamos un retazo
de admiración por ellos y por sus creaciones literarias, e incluso por sus
logros fílmicos actuales.
Pero
aun el recuerdo de cómo los griegos clásicos proyectaban usualmente una
inclinación irónica sobre el tema que se debatía, me aproximó más, con una dosis
de fantasía, a mis lejanos compatriotas cubanos. Además, para un verdadero
reconocimiento mis conocimientos son muy limitados, y un periódico apenas tiene
limitados espacios de imprenta y argumento. Pero podemos recordar la añeja
disputa griega que se repite en su forma aparentemente jocosa. Fue cuando el
Oráculo de Delfos afirmó firmemente que Sócrates era el hombre más sabio del
mundo. Y Sócrates lo rechazó, arguyendo que sólo los que preguntaban demostraban
su parcial ignorancia.
Ese
argumento plantea una bella posibilidad de ir a Grecia, promesa que si Dios
quiere pienso cumplirle a mi esposa. Aplaudiendo solamente lo que nos gusta,
alquilaremos una lancha y visitaremos Itaca, la sagrada isla de Ulises, donde
veremos cómo únicamente su anciano perro reconoció a Ulises y lo saludó con un
débil temblor en su rabo. Más tarde, veremos como nuestro héroe eliminó a los
abusadores pretendientes que querían violar a Penélope, quien en realidad rehizo
un bello matrimonio, sacudido por más de diez años de aventuras maravillosas y
crueldad. Ulises fue el único sobreviviente de esa expedición.
Ahí, en
el teatro, llegaremos a una de las cumbres de Atenas. Los autores son sombríos y
aún hoy las obras trágicas inundan de llanto los corazones. Esquilo, quien peleó
en la batalla de Maratón, consagró luego toda su vida a describir y compartir
una purificada teología del dolor humano. Sófocles, un hombre de vida
afortunada, era un maestro del diálogo y de crear suspenso entre sus personajes,
y Eurípides es posiblemente el más torturado y el más capacitado. Pero con
Aristófanes hubo obras casi comedias. Y dirigidas por Lisístrata las mujeres
ganaron fuerzas cuando una vez impusieron huelgas sexuales a los maridos para
que eliminaran la guerra y volvieran a la paz.
Uno de
mis personajes favoritos fue Diógenes el Cínico, aquel filósofo que prefería
discutir la verdad desnuda. Una vez viajaba en una galera que parecía que iba a
hundirse en medio de la tormenta llena de hombres y de gritos de negocio y todos
ellos imploraban ayuda de Zeus. Así fue como, siguiendo su tradicional conducta,
Diógenes se puso de pie y demandó silencio. Empapado entonces les gritó que la
única manera de salvarse era evitar que Zeus se enterara de que estaban en tal
barco. Y el viaje llegó callado, hasta que desembarcaron los pasajeros.
Aunque
culturalmente el imperio romano aprendió casi todas las ideas de Grecia, la
decadencia de Roma les abrió las puertas a nuevos conquistadores. Por años
Grecia fue parte del imperio otomano y campo de batalla en los Balcanes. Lo cual
me va a permitir señalar otro bravo y curioso encuentro de los griegos con un
inesperado enemigo: los italianos y los alemanes. Fue en 1941, cuando Hitler
preparaba la invasión a Rusia. Muerto de celos y vacío de victorias, Benito
Mussolini ordenó atacar Grecia y ''no detener nunca los pasos de la patria''.
Diez días más tarde los pasos se habían transformado en fugas. Mussolini se
quería suicidar.
Al fin
Hitler lanzó una ofensiva contra Grecia y Yugoslavia. El ataque alemán fue
aplastante. Pero le costó a Hitler el tener que posponer la nueva ofensiva
contra Rusia. ''No es nada importante'', les declaró a sus generales. Pero las
gotas de nieve congelaron las gotas de gasolina que le dan vida. Cuatro años más
tarde los griegos recuperaron su libertad. Hitler y Mussolini se volvieron polvo.
Un poco más tarde la Unión Soviética se desbandó en la Siberia.
Ojalá
que podamos tomar algo frente al Partenón. Los griegos se lo merecen todo.
Agosto 29, 2004
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