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El pavoroso
triunfo de Fidel Castro
Ahora que una
nueva centuria ha mostrado sus torvos colores de violencia, resulta útil
examinar lo que se pueda de los individuos y grupos que han sido modelos de
conductas negativas, y maestros de una dialéctica que traiciona a las nobles
palabras con las que ellos mismos se quieren imponer. Ya casi todos sabemos como
los dictadores revolucionarios conducen a las masas hacia una terrible realidad.
De ahí lo
necesario que es el espectáculo histórico y la imagen de un líder que en menos
de un año cerró su puño sobre la revolución recién impuesta y quien luego,
cuarenta y cinco años más tarde, continua estrujando todos los senderos de la
isla, de donde expulsó a millones de cubanos, sacrificó a miles de sus soldados
en diversos frentes como Etiopia, fusiló a algunos “héroes de la revolución
cubana” y siguió enterrando a todos los opositores en las cárceles o en las
desoladas tierras cubanas. Curiosamente, muchos gobiernos y personajes siguen
aplaudiendo al gran líder de la revolución.
Pero quisiera
analizar livianamente cual factor es más decisivo en el proceso revolucionario,
si los gritos de apoyo que lanzan las multitudes en furibundas demostraciones
populares, o la voz del líder revolucionario que sabe inyectar frenéticas dosis
en sus seguidores para conducirlos a nuevas convicciones como “paredón”,
fusilamientos y odios. Hitler, con muchos más caudales de muertos que Castro, lo
logró en Alemania y Fidel Castro lo logro en Cuba. Obviamente, el apasionamiento
del Líder es más decisivo que los entusiasmos del pueblo. Esa voz hace odiar al
imperialismo norteamericano, y a todo lo que él crea necesario odiar. El enemigo
está donde Fidel lo señale.
Recordemos que
en nuestro mundo, y sobretodo en el mundo latinoamericano, ha habido muchos
líderes dictatoriales incapaces de mantenerse en el poder, por carecer de
juicios y opiniones que aclaran las ideas. Son dictadores que en el siglo XIX
agotaban en una hora su conocimiento de historia y geografía. Una vez, un
general dictador boliviano, Mariano Melgarejo, fusiló a su uniforme por osar
rasgarle el cuello, y una vez movilizó al ejército boliviano para ir a ayudar a
Francia. Ejemplos como ese, se encuentran desde México hasta la Argentina.
Hace poco, en una demostración frente al nuevo presidente argentino, grupos
“revolucionarios” gritaron pidiéndole a Fidel que les enviara su “paredón de
fusilamiento”. Aparentemente eso no lo saben hacer.
Preciso es
recordar que el líder y sus palabras tienen más peso que las aullantes masas
revolucionarias. El impacto de la revolución francesa creó una imagen de
pueblos con banderas, enarboladas por mujeres y masas frente a la guillotina.
Pero pronto se descubrió que la sangrienta imagen de la Revolución Francesa fue
detenida por el emperador Napoleón. Y por casi una centuria en Europa hubo
sacudimientos revolucionarios, sin embargo, ni Marx, ni Engels lograron
participar en una revolución comunista. Los actores revolucionarios también han
enfrentado graves problemas. El colapso de la Unión Soviética debilitó a casi
todos los partidos comunistas; el socialismo se hizo más presente y la
multiplicidad de las guerrillas alentadas y organizadas por Fidel Castro fueron
derrotadas en casi todas sus campañas. La reciente rebelión de un sector
militar en Perú vuelve a señalar el problema de las raíces raciales que
debilitan al pasado y dividen al presente revolucionario.
Así nos
encontramos de nuevo con Fidel Castro, quien ha penetrado a Venezuela, ha
recibido su petróleo y seguido todas las normas revolucionarias en un país rico
que puede ser arruinado. Pero Chávez está muy lejos de ser como su maestro
cubano. Fidel se creyó, y creo que todavía cree, que su mente es una
combinación superior a las de Marx y Bolívar. Y muchos han proclamado los
triunfos del orador cubano, pero en su vida son muy pocos los logros de
justicia y progreso. Hace un tiempo el Partido Comunista Venezolano condenó a
Fidel Castro como un líder que quería ser un falso Papa Comunista. Tales juicios
negativos se parecen a los que provocaban la indignación de Don Miguel de
Unamuno: “El ángel dice “no serviré”, pero el hombre que tiene más de bestia
que de ángel se dispone a servir y hasta pedir a un amo. No fueron los tiranos
los que anduvieron buscando siervos, sino que fueron los siervos los que
buscaban amos”. Esa parece ser tu gente Fidel.
Enero 16, 2005
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