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Hasta la vista,
Lundi
Armando Alvarez Bravo
El paso del tiempo nos va plagando inexorablemente de soledad, de pérdida. No
importan las gracias que nos ha deparado a lo largo de la existencia. Vamos a
menos y ese irse a menos es ver como desaparecen seres queridos, amigos
entrañables. Esos en que podemos confiar sin peros, que están ahí para nosotros,
como lo estamos nosotros para ellos. En este mundo de Dios que anda tan a la
deriva en aguas cada vez más peligrosas, una de las pocas lecciones verdaderas
que aprendemos, al menos que he aprendido, es que uno puede tener muchos
conocidos, a los que por gravedad y cortesía, llama amigos, pero que amigos hay
bien pocos. De igual suerte, que esos pocos que hacen mejor y más navegable la
existencia, sobre todo en el exilio, tienen personalidades y convicciones tan
arraigadas como rotundas, aunque compartan con nosotros y entre sí ciertas
finales certidumbres. Nada hay más espléndido al cabo de una intensa discusión
entre amigos que acaba en desacuerdo, el despedirnos ya pensando cuando nos
vemos de nuevo. Aunque es de justicia precisar que la frecuentación nada tiene
que ver con la verdadera amistad. Lo sé por propia experiencia. Puede pasar
mucho tiempo, hasta años, sin que podamos compartir en compañía de un amigo.
El pasado sábado 5 de enero, perdí a uno de esos amigos. Luis Aguilar León
falleció en la noche en su casa de Key Biscayne, rodeado de sus familiares más
queridos. No tengo que precisar cuanto me entristeció esa noticia en la mañana
del Día de Reyes. Debo agregar que su desaparición física fue también algo por
lo que doy gracias a Dios. El intelectual tan brillante como valiente que fue
Lundi padecía de una cruel enfermedad, el Alzheimer. Su dolencia, suprema ironía
en su caso, fue apagando su dilatada memoria, su profundo saber, su reveladora
visión de Cuba y de la Historia, su increíble capacidad para la especulación, su
agudo sentido de las presencias, del entorno y de la realidad.
Mucho se puede decir, y se ha dicho, en torno a lo que hizo de Lundi una de las
figuras más importantes de la cultura cubana y de su defensa de la libertad de
nuestra patria. Aunque es difícil imaginar en trajines bélicos a este hombre
afable, ingenioso, con un monumental sentido del humor y un real amor al
disfrute de todo lo bueno que puede ofrecer la vida, Lundi supo empuñar las
armas cuando fue necesario. Por otra parte, su fecunda y distinguida labor
docente lo llevó a las más prestigiosas universidades y culminó como profesor
emérito de Georgetown University. En sus conferencias y en el campo de los altos
estudios, donde tanto impera la incomprensión y, sí, el apoyo al régimen
totalitario que ha hundido a nuestra patria en el horror, defendió
incansablemente la verdad y la causa cubanas.
Dejó una ceñida pero esencial bibliografía que es verdaderamente iluminadora
sobre el acontecer cubano, entre cuyos títulos quiero destacar “Cuba 1933:
Prologue to Revolution”, una esclarecedora interpretación de un momento clave de
nuestro acontecer histórico que, quizás todavía, determina nuestro destino. Y,
por supuesto, “Reflexiones sobre Cuba y su futuro”, en que el periodista de
primerísimo rango nos ofrece un definitivo panorama de ese tema que domina
nuestras vidas. Copiosa y diáfana y orientadora en todos los órdenes fue la
labor periodística de Lundi en Cuba y en el exilio. Dos de sus artículos
integran la nómina del gran periodismo nacional. Son: “La hora de la
unanimidad”, vísperas del fin de la libertad de expresión en Cuba, y “El profeta
habla de los cubanos”, sobre nuestra singular y para tantos incomprensible
idiosincrasia. El mejor elogio que puede hacerse a esa columna es que muchos que
la citan y la reproducen de manera incesante, la consideran como un ensayo
anónimo.
Tuve la suerte de trabajar con Lundi y recuerdo nuestros diálogos en ese
ambiente, que es la negación del ámbito del ocio creador de los griegos ─y he
conocido pocas personas que supieran o sepan tanto de los griegos como supo él─
que es una redacción. Nuestras conversaciones eran un verdadero alivio en aquel
foso negro de Calcuta en la época del gran motín. Recuerdo una de esas
conversaciones en que formulé una opinión que no pocas veces Lundi contó a sus
amigos en mi presencia. Una tarde me dio una revista donde aparecía un ensayo
sobre la decadencia de la Mafia italiana ante las nuevas “mafias”, como la rusa
y la china. Al pedirme, días después, mi opinión sobre el texto le dije que
ilustraba la decadencia de la sociedad contemporánea. Ya que las nuevas mafias
carecían de los códigos de honor de la italiana. Aquello le sorprendió y le
encantó y siempre que lo contaba se reía con verdadero gusto y ganas.
Tuve también la suerte de reunirme periódicamente con Lundi. Era cuando salíamos
a comer con él, su gran amigo y editor Juan Manuel Salvat, y yo. Aquello era una
fiesta, un lujo de la conversación más varia y lanzada; una discusión sobre todo
lo humano y lo divino; todo lo que consolida la más entrañable amistad. En esas
cenas era casi un ritual el deslumbramiento de Lundi, que era frugal en la mesa,
ante nuestro buen apetito, sobre todo en lo que concierne a los diversos
entrantes. Le parecía verdaderamente extraordinario nuestra buena boca, que no
gula, y no dejó, al igual que comentaba mi opinión sobre la mafia italiana, de
comentarlo cuando se ofrecía la oportunidad.
A estas alturas, quiero recordar la última visita que le hicimos Salvat y yo en
su apartamento. Fue, ahora lo sabemos los dos, una despedida. En la saltante
conversación, ya la enfermedad hacía sus estragos, nunca olvidaré que hojeaba un
hermoso y monumental libro sobre Napoleón y comentaba ocasionalmente alguna
imagen que llamaba su atención. En esos instantes en que lo histórico era un
absoluto a sus ojos, todavía prevalecía su saber. Ni Salvat ni yo olvidaremos
esa tarde memorable.
Lundi fue uno de los conversadores más extraordinarios que he conocido y he
tenido el privilegio de años de conversación con dos figuras eminentes: José
Lezama Lima y Gastón Baquero. Cada gran conversador tiene su estilo. El suyo
estaba recorrido por la afabilidad, el humor, la fineza de la ironía, la
picardía y esa capacidad que nunca le abandonaba de súbito deslumbramiento y
respuesta ante personas, hechos y cosas. En él, en su sensualidad y refinamiento
y cultura, encarnó lo arquetípico del criollo. En su andadura, lo insólito podía
ser lo natural. Lo lúdico era parte de su perfil espiritual y sicológico. Así su
fabulosa y envidiable colección de soldaditos de plomo, que muchas veces pintaba
y restauraba él mismo, era en este profundo conocedor de la historia de las
guerras algo más que expresión de ese saber. Era ese juego que los adultos tan
estúpidamente se niegan a sí mismos en un mundo que tanto nos niega y en que
cualquier expresión de infantil inocencia es tanto alivio como alegría y gracia.
Ya Lundi descansa en paz. Es triste que, como soñaba, no viera a Cuba libre y
adentrándose en su tan largamente pendiente posibilidad desde una pequeña casa
en La Socapa, como quería, de cara al mar y a las montañas, tomando notas para
un libro y, al clásico y helénico modo, rogándole a los dioses que jamás
retornaran a Cuba nubes de odio y que los cubanos de su isla bien amada
encontraran al fin la paz y el bienestar, tras una larga y terrible odisea.
Roguemos a Dios que ese deseo se cumpla pronto y que sus amigos lo veamos y
sepamos que, en La Socapa en que está, se sienta feliz como merece. Hasta la
vista, querido Lundi.
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