DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Luis Aguilar León, un cubano excepcional

Jorge A. Sanguinetty

Con la conmovedora desaparición del profesor Luis Aguilar León, o Lundy para todos los que tuvimos el privilegio de ser sus amigos, Cuba pierde a uno de sus más preclaros, profundos y valientes pensadores. Estos atributos fueron puestos a contribución desde los primeros momentos en que se cernía sobre Cuba la amenaza del asalto castrista, disfrazado de revolución redentora. Pero Lundy tuvo la visión de ver como dicho proceso interactuaba con otros elementos de la sociedad cubana, siendo facilitado por la aquiescencia de una buena parte de sus miembros. Lundy no se dejó confundir por la vorágine revolucionaria creada por sus líderes y pudo ver los demás factores, pasados y presentes, que le permitieron a Fidel Castro apoderarse de un país entero para luego desintegrarlo. Es aquí donde confluye la capacidad analítica del profesor de historia con la integridad intelectual que se necesita para identificar las principales variables determinantes del proceso aunque sea doloroso o impopular hacerlo. Así se demuestra la excepcionalidad del pensamiento lundiano: en su análisis de algunas características críticas de la sociedad cubana y su participación en el proceso que fue capaz de destruirla. El profesor nunca cayó en la trampa de atribuirle la causalidad única de la catástrofe revolucionaria a un bandido llamado Fidel Castro.

Lundy encapsuló magistralmente algunos elementos críticos de ese análisis en el ya famoso artículo “He aquí que ‘El Profeta’ habla de los cubanos”. Y yo creo que a pesar de lo corto de ese escrito, posiblemente sea la contribución más trascendente del profesor para la posteridad. Medio en chiste y medio en serio, Lundy disecciona algunos elementos de la cultura cubana que, en mi opinión, reflejan fortalezas y debilidades del carácter nacional que pueden servir para explicar cómo fue posible que un solo hombre, asistido por sus secuaces y por las turbas, se hiciera dueño y señor absoluto de Cuba. Es interesante notar, sin embargo, que las proposiciones que aparecen en ese artículo y que pueden interpretarse como fortalezas, se refieren a formas individuales de comportamiento, mientras que las debilidades tratan de formas colectivas de actuación. Por ejemplo, algunas fortalezas se ponen de manifiesto cuando “El Profeta” dice “[n]unca subestimeis a los cubanos” está sugiriendo que el cubano es predominantemente ambicioso y emprendedor, mientras más abajo en el texto afirma que “[l]os cubanos se caracterizan individualmente por su simpatía e inteligencia”.

Pero las debilidades en cuanto a las posibilidades de acción colectiva se destacan cuando “El Profeta” afirma acto seguido que nos caracterizamos “en grupo por [nuestra] gritería y apasionamiento” y que reunirnos “es fácil, [unirnos] imposible. Un cubano es capaz de lograr todo en este mundo menos el aplauso de otros cubanos”. Y prosigue, “[n]o discutais con ellos jamás. Los cubanos nacen con sabiduría inmanente. No necesitan leer, todo lo saben”. Lo que se complementa más abajo con la proposición “[n]o les hableis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura, los cubanos son hiperbólicos y desmesurados”.

Yo no sé de ningún otro escritor cubano que se haya atrevido a tocar temas tan delicados como estos, ni siquiera en broma. Jorge Mañach se acercó algo en su “Indagación del choteo”, otros han tocado el delicado tema con cautela, rara vez por escrito o ante audiencias adecuadas, a sabiendas de los peligros de una reacción negativa. Al fin y al cabo, en los múltiples escritos cubanos, rara vez aparece una preocupación de nuestros intelectuales de explorar las causas de nuestros males. Lo que abunda es la descripción y la denuncia de los crímenes y abusos del castrismo o del batistato, pero casi nunca vemos un asalto analítico a las condiciones sociales, culturales, sicológicas, etc., que propiciaron y hasta provocaron los movimientos dictatoriales de 1952 y 1959.

En muchas de mis conversaciones con Lundy recuerdo que lo atribulaba precisamente la falta de estudio y de análisis de esas condiciones. El estaba convencido que si ciertas condiciones no se hubieran dado en Cuba, Fidel Castro no hubiera logrado sus objetivos. Desde que se retiró como profesor emérito de la Universidad de Georgetown y se mudó a Miami a principios de los noventa, Lundy continuó con redoblado ahínco su seguimiento de los acontecimientos en Cuba. Pero siempre sus comentarios iban más allá de la superficie o del uso de la temática cubana como materia prima de entretenimiento o de diletantes. Lundy examinaba el pasado y el presente pero no se perdía en ellos, pues le preocupaba el futuro del país y cómo reconstruirlo.

Lundy fue autor de dos de las mayores distinciones conque alguien me haya honrado, cuando me invitó a escribir en El Nuevo Herald y cuando me dijo que quería escribir el prólogo de mi libro Cuba: Realidad y Destino. Desafortunadamente, el mal de Alzheimer lo emboscó e impidió que la iniciativa fructificara. De todos modos la distinción quedó para siempre en mi memoria y en mi corazón. En mi catálogo de cubanos ilustres e importantes, Luis Aguilar León ocupa una página única y especial por el legado que le deja a los cubanos. La mejor manera de admirarlo y honrar su memoria es continuando su trabajo crítico sobre el cubano y su sociedad, para contribuir a que en un futuro el país aprenda a defender sus libertades.

 

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