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Introducción
Desde el cómodo
pabellón del aeropuerto, con grandes ventanales y
cómodas butacas para los viajeros, veo con
admiración la gracia conque los grandes aviones
despegan del suelo y se elevan como aves dispuestas
a cruzar libremente los aires distantes del mundo.
No importa donde estoy, ni quienes van y vienen
atareados por las pasarelas, alegres de volver a ver
a sus seres queridos, o tristes de partir hacia lo
incierto, dejando atrás la seguridad y el amor
aguardando en un hogar.
Lo que me seduce al ver ese ingrávido despegue del
majestuoso avión no es propiamente la celebración de
la inteligencia humana y sus alcances, sino más bien
el símbolo de libertad que en estas aves de acero,
al igual que los pájaros que cruzan los cielos de
cualquier parte del mundo, que se plasma cuando
contemplamos a las personas en su ajetreado
ejercicio de independencia de acción y decisión en
sus vidas.
Hay otros sitios, hay otras gentes, como mi pueblo,
que no disfrutan de esa libertad, y las ansias de
viajar o de establecerse en cualquier punto del
planeta, son sólo una ilusión, a veces obsesiva, que
lucha y se abate ante muros y prohibiciones.
Otro avión desciende, casi al mismo tiempo, por otra
pista, y en pocos momentos se posa en tierra para
acercarse al punto de desembarco de sus viajeros.
Distraído, siguiendo el incesante ir y venir de los
que llegan, o que parten, mi memoria recala en un
punto de mi propia vida, hace más de 30 años, y no
en un gran aeropuerto internacional, sino en un
pequeño pueblo, un punto de escala entre las
montañas orientales de Cuba, donde otro avión, más
frágil y aventurado a los rigores del uso, se
convirtió de pronto en el foco de todos mis
desesperados esfuerzos por huir de algo, cruzar el
mar y dejar atrás un horror que solo comenzaba a
mostrar sus garras sobre mi país, Cuba.
El día que vi descender al viejo D-3 que rendía
vuelo entre el Central Preston y el poblado de Moa,
en Cuba, donde yo era un joven contador de una
empresa minera expropiada a sus propietarios
estadounidenses por un gobierno comunista, todos mis
esfuerzos mentales se concentraron en urdir un plan
para escapar en aquella nave aérea. Yo volvía de
tomar un baño en una pequeña playa, junto a un amigo
y su novia. Casi irreflexivamente dije en voz alta
el único pensamiento que me embargó entonces: “¿Por
qué no asaltamos ese avión para escapar de este
infierno?” La voz de mi amigo se hizo eco
inmediatamente en aquella idea mía que parecía
nacida de la locura, más que del juicio de alguien
que hubiera podido disponer de cualquier otra vía
para viajar normalmente de un país a otro. “Si, yo
también estoy dispuesto”, dijo Otto, mi amigo, que a
la sazón era un joven como yo, que había llegado a
los 18 años, tras una infancia que consideraba
feliz, para abocarnos a los peligros que nos
propiciaba un sistema de gobierno, y un dictador,
que ciegamente tomaba todas las decisiones por
nosotros.
La novia de aquel amigo, que compartió con nosotros
el episodio de la playa, nos aseguró que
investigaría en su viaje regular al pueblo de
Preston, donde vivían una hermana y un hermano suyo,
todos los pormenores del vuelo de aquel avión, para
poder utilizarlo en nuestro desesperado escape. Poco
duró nuestra ilusión de libertad cuando aquella
muchacha, de vuelta a su trabajo en la misma mina
donde entonces laborábamos en tareas
administrativas, nos aconsejó que “nos olvidáramos
inmediatamente del asunto”, ya que la nave aérea,
que rendía vuelo desde la ciudad de Santiago de Cuba
y otros puntos de la región oriental, era
celosamente custodiada por un militar que portaba un
arma de guerra y permanecía todo el tiempo del viaje
apostado frente a la puerta que daba acceso a la
cabina de los tripulantes del avión.
Ha pasado mucho tiempo y todavía no desaparecen en
mi mente las emociones encontradas del desespero y
la frustración por no haber podido tomar aquella
defi nitiva ruta a la libertad. Recuerdo que yo
había dicho que prefería “ser devorado por los
tiburones a seguir padeciendo bajo aquel régimen”,
el que todavía ni siquiera había desplegado toda su
obra destructiva contra nuestro pueblo y país.
Viendo aterrizar y despegar constantemente los
aviones en este aeropuerto, mientras espero mi turno
de viajar, ahora se hace presente el dolor de
aquella tarde y los sentimientos que animaban mi
todavía inexperta juventud. De un tirón, y no bajo
mi responsabilidad, la vida para la que creía haber
sido destinado, en un pequeño y apacible pueblo, en
una familia en la que solo se contaba el amor y la
prosperidad, había cambiado drásticamente.
Gracias a Dios mi vida pudo desmarcarse de esa
pesadilla, aunque a costa de dolor y sacrifi cios
que son la carne y el espíritu de este relato de
doble libertad, la de mi existencia ya condenada al
fracaso y la segura prisión bajo el régimen de Fidel
Castro; y la más transparente y defi nitiva libertad
de todas, la que da mi Creador y abre las puertas
infi nitas de lo eterno a quien ponen su fe por
encima del dolor y la desesperanza en las cosas del
mundo.
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