Tres veces libre

La odisea de un hombre para conseguir su libertad a toda costa lo lleva a fuertes experiencias en el mar, donde confronta la posibilidad de morir, antes que permanecer esclavo de un régimen totalitario.

Esa libertad será retada, y le costará años al narrador de esta apasionante historia, Ramón García, el poder recuperar, no sólo su independencia, sino, mucho más importante, su libertad espiritual, conquistada minuto a minuto tras las rejas de varias prisiones.

El testimonio de García nos lleva por intensos momentos de lucha, caída y redención, en un volumen lleno de experiencias casi novelescas, pero que son la narración pormenorizada de una gran realidad, que podemos compartir con el disfrute de su lectura.

 

 


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© 2010 Ramón García
ISBN: 978-1-934804-12-4

Library of Congress Control Number: PEDIDO

Formato: Rústica; Páginas: 218; Tamaño: 6" x 9"

Publisher: Alexandria Library, Miami, 2010

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Introducción

Desde el cómodo pabellón del aeropuerto, con grandes ventanales y cómodas butacas para los viajeros, veo con admiración la gracia conque los grandes aviones despegan del suelo y se elevan como aves dispuestas a cruzar libremente los aires distantes del mundo. No importa donde estoy, ni quienes van y vienen atareados por las pasarelas, alegres de volver a ver a sus seres queridos, o tristes de partir hacia lo incierto, dejando atrás la seguridad y el amor aguardando en un hogar.

Lo que me seduce al ver ese ingrávido despegue del majestuoso avión no es propiamente la celebración de la inteligencia humana y sus alcances, sino más bien el símbolo de libertad que en estas aves de acero, al igual que los pájaros que cruzan los cielos de cualquier parte del mundo, que se plasma cuando contemplamos a las personas en su ajetreado ejercicio de independencia de acción y decisión en sus vidas.
Hay otros sitios, hay otras gentes, como mi pueblo, que no disfrutan de esa libertad, y las ansias de viajar o de establecerse en cualquier punto del planeta, son sólo una ilusión, a veces obsesiva, que lucha y se abate ante muros y prohibiciones.

Otro avión desciende, casi al mismo tiempo, por otra pista, y en pocos momentos se posa en tierra para acercarse al punto de desembarco de sus viajeros. Distraído, siguiendo el incesante ir y venir de los que llegan, o que parten, mi memoria recala en un punto de mi propia vida, hace más de 30 años, y no en un gran aeropuerto internacional, sino en un pequeño pueblo, un punto de escala entre las montañas orientales de Cuba, donde otro avión, más frágil y aventurado a los rigores del uso, se convirtió de pronto en el foco de todos mis desesperados esfuerzos por huir de algo, cruzar el mar y dejar atrás un horror que solo comenzaba a mostrar sus garras sobre mi país, Cuba.

El día que vi descender al viejo D-3 que rendía vuelo entre el Central Preston y el poblado de Moa, en Cuba, donde yo era un joven contador de una empresa minera expropiada a sus propietarios estadounidenses por un gobierno comunista, todos mis esfuerzos mentales se concentraron en urdir un plan para escapar en aquella nave aérea. Yo volvía de tomar un baño en una pequeña playa, junto a un amigo y su novia. Casi irreflexivamente dije en voz alta el único pensamiento que me embargó entonces: “¿Por qué no asaltamos ese avión para escapar de este infierno?” La voz de mi amigo se hizo eco inmediatamente en aquella idea mía que parecía nacida de la locura, más que del juicio de alguien que hubiera podido disponer de cualquier otra vía para viajar normalmente de un país a otro. “Si, yo también estoy dispuesto”, dijo Otto, mi amigo, que a la sazón era un joven como yo, que había llegado a los 18 años, tras una infancia que consideraba feliz, para abocarnos a los peligros que nos propiciaba un sistema de gobierno, y un dictador, que ciegamente tomaba todas las decisiones por nosotros.

La novia de aquel amigo, que compartió con nosotros el episodio de la playa, nos aseguró que investigaría en su viaje regular al pueblo de Preston, donde vivían una hermana y un hermano suyo, todos los pormenores del vuelo de aquel avión, para poder utilizarlo en nuestro desesperado escape. Poco duró nuestra ilusión de libertad cuando aquella muchacha, de vuelta a su trabajo en la misma mina donde entonces laborábamos en tareas administrativas, nos aconsejó que “nos olvidáramos inmediatamente del asunto”, ya que la nave aérea, que rendía vuelo desde la ciudad de Santiago de Cuba y otros puntos de la región oriental, era celosamente custodiada por un militar que portaba un arma de guerra y permanecía todo el tiempo del viaje apostado frente a la puerta que daba acceso a la cabina de los tripulantes del avión.

Ha pasado mucho tiempo y todavía no desaparecen en mi mente las emociones encontradas del desespero y la frustración por no haber podido tomar aquella defi nitiva ruta a la libertad. Recuerdo que yo había dicho que prefería “ser devorado por los tiburones a seguir padeciendo bajo aquel régimen”, el que todavía ni siquiera había desplegado toda su obra destructiva contra nuestro pueblo y país. Viendo aterrizar y despegar constantemente los aviones en este aeropuerto, mientras espero mi turno de viajar, ahora se hace presente el dolor de aquella tarde y los sentimientos que animaban mi todavía inexperta juventud. De un tirón, y no bajo mi responsabilidad, la vida para la que creía haber sido destinado, en un pequeño y apacible pueblo, en una familia en la que solo se contaba el amor y la prosperidad, había cambiado drásticamente.

Gracias a Dios mi vida pudo desmarcarse de esa pesadilla, aunque a costa de dolor y sacrifi cios que son la carne y el espíritu de este relato de doble libertad, la de mi existencia ya condenada al fracaso y la segura prisión bajo el régimen de Fidel Castro; y la más transparente y defi nitiva libertad de todas, la que da mi Creador y abre las puertas infi nitas de lo eterno a quien ponen su fe por encima del dolor y la desesperanza en las cosas del mundo.