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Las semillas de los peregrinos


Dora Amador Morales

Estando allí, frente a la recién develada estatua del padre Félix Varela, la noche del 24 de febrero, me vino a la mente la primera lectura de la Misa de ese Domingo Segundo de Cuaresma:

“Yahvé dijo a Abrán: ‘Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré…’” (Gn 12,1).

Siempre me estremecen estas palabras, pero esa noche hermosa en que rendíamos tributo a un desterrado, peregrino perenne en busca de Dios y la patria, como Abrán, algo más se estremeció dentro de mí.

La estatua estaba aún cubierta. Miré a mi alrededor y vi muchos rostros a la espera. La mayoría era de personas mayores, que habían salido al exilio hacía, ¿cuánto, 40, 43 años? Y esperaban. Esperábamos. Había también jóvenes que esperaban con la mirada fija y el oído atento a las palabras del arzobispo, John C. Favalora, de Mons. Agustín Román, de Mons. Felipe Estévez.

Yo las escuchaba, pero había otras que también dentro de mí resonaban:

“A orillas de los ríos de Babilonia,
estábamos sentados llorando,
acordándonos de Sión.
En los álamos de la orilla
colgábamos nuestras cítaras”.
 (Salmo 137).

El mar espléndido de la tarde y su brisa batían la tela que cubría la figura querida. Por fin unas manos desataron los nudos que la tenía ceñida y cayó. Todos irrumpieron en aplausos emocionados. Se dispararon los flashes de muchas cámaras, incluyendo la mía, que quería, terca, atrapar en una imagen el momento esperado.

Una estatua de bronce con los brazos abiertos, como acogiéndonos, hizo su aparición. Todos la mirábamos admirados, acaso como se mira un faro, un guía cuando se está a la deriva.

Al rato comenzó la gente a dispersarse. La noche estaba fría. Cuando yo también me alejaba miré atrás. El padre Varela, iluminado por la luna, se erguía majestuoso en aquella tierra casi sagrada, testigo de tanto llanto y tanta esperanza. Hace 40, 30, 20 años la Ermita de la Caridad era visitada principalmente por cubanos  exiliados. Hoy es un santuario al que van peregrinos de toda América, porque la patrona de Cuba se ha convertido ya en la patrona de millones de inmigrantes de todo un continente.

Mirando aquel monumento construido centavo a centavo –a un costo de $37,200– por los mismos inmigrantes, pensé que no hay cosa más dolorosa que ser un exiliado. Pero el dolor es fecundo.

Y me vino a la mente  el rostro pálido de Monseñor Román, quien hacía poco había salido del hospital. Y también su voz frágil cuando me llamó al periódico días antes para recordarme  la develación de la estatua. Le aseguré que no se me había olvidado: allí estaría. Esa noche, 24 de febrero, su voz se escuchó conmovedora,  fuerte y renovada:  hablaba de Varela, de la Virgen, de la patria.

El exilio es una pérdida irrecuperable, una quiebra en el alma, una metáfora, una teología. Es una experiencia de Dios misteriosa y profunda. Pero sobre todo es el nacimiento de una esperanza, de una promesa.

Hacia ella caminamos confiados, como Abrán y Varela, despojados de todo, pero seguros de que a nuestro paso van quedando semillas de la mayor de las riquezas, esa que nos conduce y acompaña en nuestro peregrinar. Es la fe, es la esperanza, la certeza del amor de Dios.