ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

Perdónalos, Señor


Adele González

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a El y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 33-34).

El pueblo miraba desde lejos. Las autoridades cívicas y religiosas se burlaban de El. Lo que El había profetizado se estaba cumpliendo: “lo contaron entre los malhechores” (Lc 23, 37).

 

Jesús, que había venido a llamar a los pecadores, continúa esta misión hasta el final y ora a su Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen…”

Perdónalos por su ignorancia, por su falta de visión, por sus errores, por sus pequeñeces, por sus limitaciones. Ante la indignidad y la ignominia de estar clavado en una cruz, despojado de sus vestiduras, humillado y violado, aquél que sólo había hecho el bien, responde con una oración de perdón.

Esta invitación al perdón provoca dos respuestas diferentes. Uno de los ladrones a su lado se burla y lo insulta. Pero el otro reprende a su compañero diciendo: “Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo. Y añade: Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (Lc 23, 41-42).

A veces no nos damos cuenta de la magnitud de esta respuesta. Primeramente, el ladrón confiesa su pecado y acepta el castigo merecido. Después, hace un acto de fe en Jesús y le pide la entrada en su Reino. Hay que considerar que esta petición se la hace a un hombre desnudo, sangrante y colgado de un madero. ¡Qué fe la del buen ladrón! Jesús le dice: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

La oferta del perdón y la aceptación de la responsabilidad y culpa del pecador, hacen posible una de las reconciliaciones más tremendas del evangelio. A última hora, cuando apenas queda tiempo, cuando podríamos creer que todo está perdido, el amor vence y el pecado y el odio son derrotados una vez más en el lugar llamado La Calavera.

En los versículos que siguen, Lucas nos habla de un centurión, un oficial romano, que al ver lo sucedido, exclama: “Verdaderamente este hombre era justo” (Lc 23, 47). Es importante notar que el oficial no hace esta declaración porque había presenciado milagros y sanaciones, o porque lo habían impresionado las enseñanzas del Maestro. El centurión declara su fe al ver a un hombre bueno, sufriendo injustamente y perdonando a los que lo habían crucificado. Este hombre pagano reconoce en el perdón de Jesús, el rostro misericordioso del Dios verdadero.

A través de todo su evangelio, Lucas revela a un Dios compasivo y amoroso. Un Dios que tiene como centro de su misión romper las barreras de las divisiones, clases y prejuicios de aquella época y que viene buscando a los pecadores y a los enfermos. Para Lucas, Jesús es el Maestro que llama a los que sufren, a las prostitutas, a los recaudadores de impuestos, a todos los marginados de entonces. Este hombreDios ama al leproso y al pecador, como también a los inocentes, a los niños, a las mujeres y a los que necesitan ser protegidos.

En momentos de dolor o de ofensa, cuando me parece que el perdonar es imposible, trato de recordar las últimas palabras de Jesús. Me ayuda pensar de que aun cuando yo no tenga el deseo o la habilidad de perdonar, sí tengo la libertad de decir: “Padre, perdónalos Tú…” Me conforta saber que como el perdón y el juicio sólo le pertenecen a Dios, lo único que tengo que hacer es no convertirme en un obstáculo en este proceso entre Dios y los que me han ofendido. Por eso digo a Dios: “¡Perdónalos Tú, aun cuando yo no me sienta capaz de hacerlo. No pondré límites a tu generosidad y misericordia!”.

Sin embargo, perdonar no siempre implica olvidar. Hay actos tan terribles que no deben ser olvidados si queremos evitar que se repitan. Hay cosas destructivas que no tienen excusa: la negación de los derechos humanos, el abuso emocional o físico, la explotación, la mentira. Si olvidáramos, dejaríamos el camino abierto a que esos comportamientos se multipliquen.

Perdonar, en estos casos, significa tomar la decisión de orar por los que me han ofendido y dejar a un lado mis deseos de venganza. Nada de esto excluye la necesidad de justicia, o la de evitar por todos los medios que estos males se repitan. El perdón nos libera de la carga de nuestros odios y resentimientos. Cuando no perdonamos es como si tomáramos un veneno con el fin de matar a la persona que nos hirió. Con el tiempo, la incapacidad de perdonar se puede convertir en un infierno. Por eso Jesús perdona y por eso nos llama a todos sus seguidores a perdonar también.

Jesús le dice a Pedro que hay que perdonar “setenta veces siete” (Mt 18, 22). Es decir, no podemos poner límites al perdón. Sin embargo, esto no garantiza que la situación se arregle o que sea posible una reconciliación. El perdón lleva en sí mismo la promesa de la reconciliación, pero no la puede garantizar. La reconciliación implica que ambos lados están abiertos a este proceso y que esta reconciliación no va a continuar causando daño a la persona herida. Aun cuando la reconciliación y el restablecimiento de las relaciones no sean posibles, los cristianos estamos llamados al perdón.

 Después de una vida dedicada a perdonar y a mostrarnos el rostro misericordioso de Dios, Jesús nos deja una última oración: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

 Es esta oración la que, a su vez, abre las puertas a la reconciliación entre un mundo enfermo y violento y su Dios.

(Adele González es subdirectora de la Oficina de Ministerios Laicos.)