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Perdónalos, Señor

Adele González
Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a El y
a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús
decía: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”
(Lucas 23, 33-34).
El pueblo miraba desde lejos. Las autoridades cívicas y
religiosas se burlaban de El. Lo que El había profetizado se
estaba cumpliendo: “lo contaron entre los malhechores”
(Lc 23, 37).
Jesús, que había venido a llamar a los pecadores, continúa esta
misión hasta el final y ora a su Padre: “Perdónalos, porque no
saben lo que hacen…”
Perdónalos por su ignorancia, por su falta de visión, por sus
errores, por sus pequeñeces, por sus limitaciones. Ante la
indignidad y la ignominia de estar clavado en una cruz, despojado
de sus vestiduras, humillado y violado, aquél que sólo había hecho
el bien, responde con una oración de perdón.
Esta invitación al perdón provoca dos respuestas diferentes. Uno
de los ladrones a su lado se burla y lo insulta. Pero el otro
reprende a su compañero diciendo: “Lo nuestro es justo, pues
estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero éste no ha
hecho nada malo. Y añade: Jesús, acuérdate de mí cuando estés en
tu reino” (Lc 23, 41-42).
A veces no nos damos cuenta de la magnitud de esta respuesta.
Primeramente, el ladrón confiesa su pecado y acepta el castigo
merecido. Después, hace un acto de fe en Jesús y le pide la
entrada en su Reino. Hay que considerar que esta petición se la
hace a un hombre desnudo, sangrante y colgado de un madero. ¡Qué
fe la del buen ladrón! Jesús le dice: “Te aseguro que hoy estarás
conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).
La oferta del perdón y la aceptación de la responsabilidad y culpa
del pecador, hacen posible una de las reconciliaciones más
tremendas del evangelio. A última hora, cuando apenas queda
tiempo, cuando podríamos creer que todo está perdido, el amor
vence y el pecado y el odio son derrotados una vez más en el lugar
llamado La Calavera.
En los versículos que siguen, Lucas nos habla de un centurión, un
oficial romano, que al ver lo sucedido, exclama: “Verdaderamente
este hombre era justo” (Lc 23, 47). Es importante notar que el
oficial no hace esta declaración porque había presenciado milagros
y sanaciones, o porque lo habían impresionado las enseñanzas del
Maestro. El centurión declara su fe al ver a un hombre bueno,
sufriendo injustamente y perdonando a los que lo habían
crucificado. Este hombre pagano reconoce en el perdón de Jesús, el
rostro misericordioso del Dios verdadero.
A través de todo su evangelio, Lucas revela a un Dios compasivo y
amoroso. Un Dios que tiene como centro de su misión romper las
barreras de las divisiones, clases y prejuicios de aquella época y
que viene buscando a los pecadores y a los enfermos. Para Lucas,
Jesús es el Maestro que llama a los que sufren, a las prostitutas,
a los recaudadores de impuestos, a todos los marginados de
entonces. Este hombreDios ama al leproso y al pecador, como
también a los inocentes, a los niños, a las mujeres y a los que
necesitan ser protegidos.
En momentos de dolor o de ofensa, cuando me parece que el perdonar
es imposible, trato de recordar las últimas palabras de Jesús. Me
ayuda pensar de que aun cuando yo no tenga el deseo o la habilidad
de perdonar, sí tengo la libertad de decir: “Padre, perdónalos
Tú…” Me conforta saber que como el perdón y el juicio sólo le
pertenecen a Dios, lo único que tengo que hacer es no convertirme
en un obstáculo en este proceso entre Dios y los que me han
ofendido. Por eso digo a Dios: “¡Perdónalos Tú, aun cuando yo no
me sienta capaz de hacerlo. No pondré límites a tu generosidad y
misericordia!”.
Sin embargo, perdonar no siempre implica olvidar. Hay actos tan
terribles que no deben ser olvidados si queremos evitar que se
repitan. Hay cosas destructivas que no tienen excusa: la negación
de los derechos humanos, el abuso emocional o físico, la
explotación, la mentira. Si olvidáramos, dejaríamos el camino
abierto a que esos comportamientos se multipliquen.
Perdonar, en estos casos, significa tomar la decisión de orar por
los que me han ofendido y dejar a un lado mis deseos de venganza.
Nada de esto excluye la necesidad de justicia, o la de evitar por
todos los medios que estos males se repitan. El perdón nos libera
de la carga de nuestros odios y resentimientos. Cuando no
perdonamos es como si tomáramos un veneno con el fin de matar a la
persona que nos hirió. Con el tiempo, la incapacidad de perdonar
se puede convertir en un infierno. Por eso Jesús perdona y por eso
nos llama a todos sus seguidores a perdonar también.
Jesús le dice a Pedro que hay que perdonar “setenta veces siete” (Mt
18, 22). Es decir, no podemos poner límites al perdón. Sin
embargo, esto no garantiza que la situación se arregle o que sea
posible una reconciliación. El perdón lleva en sí mismo la promesa
de la reconciliación, pero no la puede garantizar. La
reconciliación implica que ambos lados están abiertos a este
proceso y que esta reconciliación no va a continuar causando daño
a la persona herida. Aun cuando la reconciliación y el
restablecimiento de las relaciones no sean posibles, los
cristianos estamos llamados al perdón.
Después de una vida dedicada a perdonar y a mostrarnos el rostro
misericordioso de Dios, Jesús nos deja una última oración: “Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Es esta oración la que, a su vez, abre las puertas a la
reconciliación entre un mundo enfermo y violento y su Dios.
(Adele González es subdirectora de la Oficina de Ministerios
Laicos.)
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