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Homenaje al sacerdocio

50 años de amor y entrega a la vida consagrada

Dora Amador Morales
La Voz Católica

MIAMI – Cinco sacerdotes de la Arquidiócesis de Miami están celebrando sus 50 años de vida consagrada. La Voz Católica quiere hacerse eco de las incontables personas que dan gracias a Dios por su vida. Son vidas de entrega y servicio, de trabajo, renuncias y no pocas dificultades, pero vidas dadas voluntariamente por fidelidad y amor a Dios.

Cada una de ellas habla por sí misma. Es la historia de cinco hombres, que un día lo dejaron todo, cargaron su cruz y siguieron los pasos de Jesús.

Padre José M. Paz, párroco de St. Michael

El recién ordenado padre Paz consagra por primera vez el pan y el vino. En la foto a la derecha, el sacerdote hoy.

Nació en Santa Marta de Ortigueira, en Galicia, en 1929. Tenía siete años cuando estalló la Guerra Civil Española. No sabe a ciencia cierta cómo le surgió la vocación, porque nunca fue monaguillo, dice, ni tampoco estudió en colegio católico. Pero el caso fue que el niño de 11 años entró al seminario, primero al de Mondoñedo, en Galicia, y unos años después, al de Santiago de Compostela.

“En aquellos tiempos no teníamos ni siquiera vacaciones de Navidad”, explica el padre Paz. “El estudio era muy intenso, la disciplina, matemática. Empezamos 40 seminaristas y sólo nos ordenamos 20”.

El padre Paz se ordenó el 31 de mayo de 1952 en un estadio de fútbol de Montjuic, Barcelona, junto a otros 1,000 jóvenes. “No cabíamos en ninguna catedral, por lo que se habilitó el estadio. En ese año se celebraba el 35to Congreso Eucarístico Internacional e iba a llegar mucha gente de todas partes del mundo, y los obispos acordaron que los candidatos se ordenaran allí”.

Al poco tiempo de estar trabajando en parroquias en la región norte de Lugo, el padre Paz se ilusionó con un proyecto misionero creado por el Papa Pío XII, la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana, OCSA.

“Había escasez de sacerdotes en América y yo sentía el espíritu misionero dentro de mí, me animé y junto a otro sacerdote amigo nos apuntamos sin saber adónde nos mandarían. Después pensamos que iríamos a Bolivia, pero terminamos en Cuba”.

El padre Paz llegó a Cuba en1957 y fue destinado de inmediato a San Miguel de Manatí, un central azucarero en la provincia de Oriente. Pero en 1961 fue expulsado del país en un barco lleno de monjas y sacerdotes españoles. El nombre del barco era Marqués de Comillas. Zarpó de La Habana y llegó al puerto de La Coruña. Al poco tiempo llegó a ese mismo puerto un segundo barco procedente de Cuba, el Covadonga, con los sacerdotes cubanos expulsados.

A su llegada, el padre Paz tuvo la opción de quedarse en España o seguir el rumbo de los exiliados cubanos. Optó por venir a Miami. El entonces arzobispo Coleman Carroll pedía con urgencia sacerdotes a España para atender a la enorme cantidad de cubanos que estaban llegando a diario.

De las parroquias Epiphany a St. John the Baptist, de Corpus Christi a las misiones de los trabajadores migrantes en Naranja, la experiencia misionera que el sacerdote gallego había deseado, se iba dando con fuerza a medida que iba evangelizando y estaba siendo evangelizado por más y más inmigrantes y refugiados que seguían llegando al  Sur de la Florida. En 1978 fue nombrado párroco de St. Michael y ese mismo año fundó el Apostolado del Mar, del cual es aún director.

“El Arzobispo vio que yo era el único que tenía un poco de conocimiento sobre eso y me nombró. Cuando era seminarista fui a unas clases del Apostolado del Mar sin saber que me harían falta un día”.

Muchas personas no conocen de qué se trata este servicio que da la Iglesia a los marineros en los puertos a donde llegan, el padre Paz explica: “En los principales puertos del mundo la Iglesia tiene un lugar que se llama Stella Maris, allí los marineros pueden ir a una capilla, se les ofrece el teléfono para que se comuniquen con los suyos, se les atiende y escucha. Estas personas a veces no encuentran acogida ni apoyo en ningún lugar, es una vida que se presta al vicio, al desenfreno y a las enfermedades por la promiscuidad, además están separados de su familia. Es una labor grande y hermosa”.

Como “grande y hermosa” considera la experiencia de celebrar este año, además de sus 50 años de sacerdocio, los 50 años de su querido colegio St. Michael (ver pág. 9).

Hay emoción en el rostro del padre Paz, en sus ojos se perciben lágrimas que apenas logra retener a medida que hace un recuento de su vida sacerdotal. En total han pasado 41 años desde que embarcó rumbo a Cuba.

“Yo pensé que había hecho sufrir mucho a mi madre cuando entré al sacerdocio y decidí venir a América. Mis padres a lo mejor tenían la ilusión de que estuviera con ellos siempre, y con el tiempo me quedó aquello de si les había hecho sufrir. Pero andando el tiempo me di cuenta que no, que hasta mi padre enseñaba las fotos que yo le enviaba con orgullo, aunque a mí no me lo decía. Después vino lo de mi madre, que me impresionó mucho. Resulta que en un viaje a España no hace mucho, me dijo que le daba gracias a Dios porque yo había venido a América y no había abandonado el sacerdocio.

Dios me dio la gracia de que aunque viví separado de ella, llegué a tiempo para darle la bendición antes de morir.

Padre Luis Pérez, párroco de San Lázaro

A la izquierda, el párroco de San Lázaro, padre Luis Pérez, fundó esa  comunidad que hoy tiene 2,000 feligreses. A la derecha, foto de su primera Misa.

Nació en 1927 en Quivicán, La Habana. El recuerdo más vivo de la niñez tiene que ver con sus tías, que lo llevaban a la parroquia Flor de Mayo en esa zona rural de Cuba. La más persistente memoria de su padre es verlo salir muy temprano de mañana a labrar el campo. Tiene 10 hermanos, uno de ellos también sacerdote.

Al mudarse su familia para La Víbora, en La Habana, entró en contacto con los padres pasionistas quienes, junto a su nuevo párroco, ejercieron gran influencia en él. “Vi la consagración que tenían, eran muy buen ejemplo y me determiné a ser como ellos”, dice. Y así fue como a los 13 años el adolescente entró al seminario San Carlos y San Ambrosio. En ese y el de Arroyo Arenas, donde fue después, el seminarista pasó 12 años de formación.

El padre Pérez se ordenó sacerdote en la Catedral de La Habana el 20 de abril de 1952. La Misa fue presidida por el cardenal Manuel Arteaga.

Algo que recuerda vivamente fue cuando lo nombraron párroco de Jesús del Monte al mes de ser ordenado. “Yo iba temblando, porque era mi primera experiencia, pero lo pude vencer”. Estuvo sirviendo en varias parroquias del campo: San Antonio de Padua y El Cristo de la Salud, en ingenios y barriadas. “En aquella época era cosa de dar las Misas en el campo a la intemperie, a veces con muchos mosquitos. Donde disfruté más fue en la parroquia el Santo Cristo de la Luz, que era muy pobre, ¡pero qué juventud aquella! Muy cooperativa y evangelizadora”.

De San Antonio de las Vegas, a la Salud, Batabanó, Surgidero, iba el nuevo sacerdote propagando la Buena Nueva del Reino, a pie, en autobuses. En Güira de Melena, dice, trabajó con la Acción Católica, experiencia que recuerda como algo significativo de esa época.

En abril de 1961 —a los dos años de la toma del poder por Fidel Castro— fue arrestado en su casa delante de su madre. “Me fueron a detener unos muchachos muy jovencitos con ametralladoras. Mi madre estaba muy nerviosa. Y entonces yo les dije: ‘Un momento, espérense a que me ponga mi uniforme’ y me fui a poner la sotana. Así me fui con ellos para la parroquia de Güira de Melena, donde me encerraron por un mes en el baptisterio, era un cuarto de dos por dos. Había milicianos en la torre, delante de la puerta, en todas partes, yo no podía hacer nada. Agarré el misal y empecé a decir mi Misa solo todos los días, ellos no sabían nada”.

El padre Pérez salió de Cuba en 1961 en un vuelo directo a Miami, donde lo esperaba Mons. Bryan Walsh. De inmediato fue enviado a servir de capellán en Metacumbe, donde se hallaban cientos de niños cubanos solos, sin sus familiares, que llegaron con la Operación Pedro Pan.

Algo que señala con verdadero orgullo y regocijo es que a partir de ese año —1961— cuando llegó la imagen de la Virgen de la Caridad a Miami, ha sido él quien ha dirigido el rosario en la celebración del Día de la Caridad el 8 de septiembre.

Después de servir en varias parroquias, el 20 de enero de 1982 el padre Pérez fue nombrado párroco de San Lázaro, en Hialeah. “Le llamábamos la catedral de árboles, porque no había nada, sólo un terreno. A la primera Misa sólo fueron 15 personas. Así empezamos, hasta que nos fuimos al cine Apolo, y empezó a ir más gente, estábamos fundando la comunidad. Allí daba Misa los domingos. Después pasamos a un almacén, ya la parroquia había tomado forma, había grupos de laicos organizados, teníamos Misa diaria y el Santísimo expuesto. Me acuerdo que se daban seis Misas, porque había sólo capacidad para 150 personas”.

En 1986, se construyó el actual edificio de la parroquia San Lázaro, donde se ha experimentado un crecimiento extraordinario:  más de 2,000 personas asisten a las seis Misas de los domingos, sin contar los días de semana. En estos momentos se está construyendo el nuevo templo al lado del actual, que en realidad es un salón parroquial.

Muchas y ricas son las experiencias que el sacerdote atesora de estos 50 años de entrega y servicio. Los últimos 20 los ha dedicado a construir la gran comunidad parroquial que es hoy la iglesia San Lázaro.

Entre las muchas anécdotas que recuerda de esta época destaca un encuentro significativo y muy breve que tuvo con un cubano recién llegado de Cuba. “Hace como dos años, un domingo estaba yo muy apurado y vino un señor y me dijo: 'Oiga, ¿quién es Luis Pérez?’ 'Soy yo, dígame'. Entonces el hombre se echó a llorar y me dijo: ‘Padre, yo fui el que lo agarré preso'. Me miraba y me pedía perdón. Le di un abrazo y le dije algunas cosas para que se fuera en paz. Y sin decir nada más, se fue. Supe que los otros que estaban con él habían muerto en accidentes. Pobrecito, no lo he vuelto a ver”.

Padre Emilio Martín, párroco de St. John the Apostle

“Amo el sacerdocio lo  mismo que lo amé el día de mi ordenación”, dice el padre Emilio Martín.

Corría el año 1938, la Guerra Civil Española estremecía a España y la persecución a la Iglesia Católica era sangrienta. Acercarse al altar, peligroso, recuerda el padre Emilio Martín.

Un dato da para aclarar cuán peligroso: "13 obispos y más de 10,000 sacerdotes, religiosos y religiosas fueron ejecutados por los comunistas", dice.

Un día el capellán de las Carmelitas Descalzas del Rosa, en Pontevedra, visitó la escuela rural de Zamora donde estudiaba el niño Emilio. Traía la noticia de que estaba vacante “la plaza de monaguillo” del convento, con un sueldo de seis pesetas mensuales con la obligación de ayudar en la Misa todas las mañanas.

Se presentaron tres candidatos para la “plaza”. El capellán les entregó un folleto en latín y ese mismo día empezó a memorizar el Ad Deum qui letificat juventutem meam y el suscipiat del Orate frates.

El hambre estaba rampante en todos los hogares, el niño tenía que caminar descalzo cuatro kilómetros para “servir al altar” de la capilla de las “muy queridas y generosas Carmelitas Descalzas. ¡Y me gané la plaza!”.

Y esta es la historia del acercamiento al peligroso altar cuando el futuro sacerdote que se encuentra hoy en Hialeah, tenía solamente 10 años de edad. A los 12 ingresó al seminario de Tuy: cinco años de latín y humanidades, tres de filosofía, cuatro de teología.

El padre Martín no cree que haya un momento en que “se descubra la vocación”. Para él, el llamado llegó cuando el obispo le avisó que iba a ser ordenado el 17 de febrero de 1952.

A partir de esa fecha siguió la misión: Cura ecónomo de San Martín de Berduciddo, San Andrés de Seixido y Santa Cristina de Bugarín. Capellán del Hospital de la Cruz Roja en Vigo y tesorero diocesano de la Campaña Proconstrucción del Seminario Mayor.

En 1959 fue recibido por el obispo de la diócesis de Amarillo, en Texas. En 1964 fue nombrado asistente de la parroquia Saint John the Apostle con traslados sucesivos a Saint Thomas the Apostle, Inmaculate Conception, Star of the Sea. Tuvo el privilegio, afirma, de ser nombrado párroco fundador de Saint Joachim, donde permaneció 20 años hasta que en 1992 fue trasladado como párroco a Saint John the Apostle, en Hialeah.

El padre Martín ya cumplió 73 años. Y aunque dice no haber “descubierto” su vocación, sin duda la tuvo y tiene, habiendo celebrado ya medio siglo de sacerdote.

Lo dice con convicción: “Amo a mi sacerdocio lo mismo que lo amé el día de mi ordenación. Y repetiría mi historia desde el día aquél inolvidable en que aprendí en latín el Ad Deum qui letificat juventutem meam a cambio de las seis pesetas de monaguillo de altar.

Padre José  García, “Pepito", vicario parroquial de St. Kevin

“Es muy lindo acercarse a las personas, ahí uno descubre la grandeza que hay en ellas”, dice el padre Pepito. Arriba, celebrando su primera Misa. A la derecha, 50 años después.

Su vocación le llega casi como una herencia, porque su padrino —hombre para él entrañable— era sacerdote, y los de la parroquia eran como parte de su familia; una familia numerosa de siete hermanos que nunca faltaba a Misa, y la vida de Iglesia se vivía como parte integral de la propia vida.

El padre Pepito se considera un hombre dichoso. "Desde que me ordené sólo he estado en tres lugares, eso es una suerte, tres parroquias en 50 años", comenta.

Uno de sus recuerdos más preciados es la época del seminario en el Cobre, presenciando las peregrinaciones al Santuario de la Virgen de la Caridad y "toda la maravilla aquella del paisaje donde estaba el seminario, que era en el mismo Cobre". Desde que llegó de Cuba a Miami en 1987 fue asignado a su actual parroquia, después de haber estado 18 años sirviendo en la iglesia San José, en Puerto Padre –también en los pueblos de los alrededores– y 17 años en el santuario diocesano de la Virgen de la Caridad, en Camagüey.

El padre José García nació en Holguín, en la región oriental de Cuba, hace 73 años. El 5 de mayo celebra los 50 años de una vida de entrega a Dios y los demás, que ha sido y es para él lo más importante de su vida. “Siempre tengo presente las palabras que el arzobispo Enrique Pérez Serantes nos dijo cuando nos ordenamos: ‘Váyanse a evangelizar’. Y a medida que empecé a trabajar, recordando esas palabras donde quiera que he estado, me he dado cuenta que son las personas con quienes trato las que me han evangelizado a mí. Al acercarme a tantas personas identificadas con Dios, al ver su entrega, y el ejemplo que me dan, me convencen de eso: que vienen buscando a Dios a través de uno y ellos son los que nos evangelizan a nosotros”.

Entre las responsabilidades que como vicario parroquial de St. Kevin tiene el padre Pepito está la orientación, formación y dirección espiritual de las parejas. “La sociedad depende del apostolado de preparación al matrimonio, porque el matrimonio es la célula básica de la sociedad y de la Iglesia. El futuro de la sociedad depende de la formación cristiana de la familia, que después inculcará a sus hijos”.

Es el trato directo con las personas lo que más le satisface de su trabajo. “Es muy lindo acercarse a los sentimientos de las personas, ahí uno descubre la grandeza que hay en ellas”, dice. Ese contacto que lo acerca al alma de la gente se produce a través de las confesiones, la dirección espiritual, la orientación a las parejas y la unción de los enfermos.

Este último sacramento, que dice le ha acercado mucho al dolor de las familias, ocupa también gran parte de su tiempo, ya que la parroquia está muy cerca de un hospital. “Es una cosa que nunca olvida la familia: el sacerdote que estuvo al lado de su ser querido cuando estaba muriendo. Yo lo que pido siempre es: ‘Señor que vean en mí tu presencia’”.

A los 73 años y con un padecimiento cardíaco, el padre Pepito no parece carecer de energía ni de deseos de servir.

Monseñor Emilio Vallina, párroco de San Juan Bosco

A la izquierda, Monseñor Vallina en la Catedral de La Habana, donde fue ordenado, el 20 de abril de 1952. Derecha, frente a un cuadro de San Juan Bosco, en su residencia en la
Pequeña Habana.

Si se rastrea la trayectoria sacerdotal de Mons. Emilio Vallina, se descubre una raíz de rica savia espiritual integrada por las personas que lo formaron. Primero que todo, su abuela, influencia decisiva.

“Mi mamá murió cuando yo tenía menos de seis años. Mi abuela fue mi madre, mi mentora y mi maestra. Era muy preparada en literatura, en religión. Dominaba muy bien la Historia Sagrada, por eso cuando llegué al seminario tenía la base que abuela me había dado”.

Monseñor Vallina nació en Guanajay, en la provincia de Pinar del Río, pero cuando tenía dos años su familia se mudó para El Cerro, en La Habana. Allí vivió y creció, se educó y sintió el llamado a sacerdote.

“En El Cerro encontré dos bases sólidas: Mons. Alfredo Muller, mi párroco, y los hermanos maristas”. La relación con estos religiosos, unido a esa “base” de hondura católica que su abuela le había dado, no demoraron en dar fruto.

A los 18 años, el joven decide entrar al seminario. “En mi formación intervino mucho Mons. Muller, santo hombre de firme convicción, y otro que tuvo mucha importancia fue el cardenal Manuel Arteaga Betancourt, a quien nunca olvido”.

Fue ordenado sacerdote el 20 de abril de 1952, en la Catedral de La Habana, a unos pasos del Seminario San Carlos y San Ambrosio, donde estuvo ocho años. Su primera misión: Catalina y Güines y Tapaste, donde se adentra en la lucha de la Acción Católica y establece sólidos vínculos con las cuatro ramas de esta agrupación laical que eleva la conciencia ética cristiana de la sociedad civil cubana.

Al poco tiempo lo nombran administrador del Seminario San Carlos, por lo que tiene que viajar constantemente.

En medio de esta actividad en la flor de su juventud sacerdotal “llega la hecatombe”, dice Mons. Vallina refiriéndose a la revolución cubana de 1959. Durante dos años sufre el hostigamiento del cual fueron víctimas religiosos, religiosas y laicos, a medida que se consolidaba en el poder el gobierno marxista empeñado en eliminar el cristianismo del alma cubana.

En 1961 logró salir de Cuba. A su llegada a Miami empezó a celebrar Misa en la iglesia Gesu. A los pocos meses fue enviado a la iglesia Little Flower. “Allí estuve 21 meses. Comencé a hacer el censo de los cubanos y me iba animando con muchas cosas, y cuando más contento estaba, llega una llamada del arzobispo Coleman Carroll, hombre de Dios y el padre de los cubanos, a quien le debemos el refugio, porque fue él quien lo solicitó en Washington. Me dijo que tenía que hacerme cargo al otro día de la nueva parroquia”.

Esa “parroquia” estaba por crearse: la ola de cubanos que llegaban a lo que hoy se conoce como La Pequeña Habana no paraba. El Arzobispo vio la necesidad urgente de la construcción de una iglesia católica en el área.

“Como las órdenes se cumplen, no se discuten, agarré libros de registros, el cáliz, la patena y ornamentos y me fui para allá”. Empezó celebrando Misa los domingos en el cine Tívoli, a la vez que recorría calles tocando puerta por puerta para levantar la comunidad. Así estuvo seis meses, hasta que recibió otra llamada del Arzobispo.

 “Me dijo ‘necesito verlo a las doce y media en Flagler y la avenida 13’. Yo dije, ¿qué querrá el Obispo? Cuando llegué me dio unas llaves y me dijo: ‘Your house’. Cuando yo vi aquello… Era una agencia de automóviles sucia, llena de aserrín. Nos pusimos a limpiar toda aquella grasa del piso y a recoger todo lo que nos daban. Así empezamos la parroquia San Juan Bosco”. El nombre se eligió por la devoción de los cubanos a ese santo.

Mons. Vallina está convencido de que su fundación de la iglesia San Juan Bosco fue providencial. “El Arzobispo me había pedido que predicara en la Misa del cardenal Arteaga, que había muerto en Cuba y que se iba a celebrar en Gesu. La noche antes no podía dormir. Bajé de madrugada a la rectoría, cogí una maquinita de escribir, de esas Remington, la subí a mi cuarto para escribir la oración fúnebre. Yo tenía una foto del Cardenal allí, y sentía que no me quitaba la mirada de arriba. Por fin pude escribirla y hablar en la Misa. A los cinco días, me nombraron para San Juan Bosco, ése fue el cardenal Arteaga desde el cielo”.

Hoy es historia, “historia sagrada” —se podría decir en memoria de la abuela—, el milagro arduo que aconteció en Flagler y la avenida 13.

En la celebración de sus 50 años de sacerdocio, quiso recitar la oración que escribió Lacordaire:

 

Vivir en medio del mundo sin ambicionar sus placeres, ser miembro de cada familia sin pertenecer a ninguna; compartir todos los secretos; perdonar todas las ofensas; ir del hombre a Dios y ofrecer a El sus oraciones, regresar de Dios al hombre para traer perdón y esperanza. Tener un corazón de fuego para la caridad y un corazón de bronce para la castidad; enseñar y perdonar, consolar y bendecir siempre, ¡Dios mío, qué vida! Y esa es la tuya, ¡Oh Sacerdote de Jesucristo!

 

Palabras que han acompañado siempre a Monseñor Emilio Vallina, palabras que en él se han hecho vida.