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La conversión religiosa de Vladimiro Roca

Vladimiro Roca, uno de los principales disidentes cubanos, es
acompañado por su esposa, Magaly, al salir de prisión el 5 de
mayo. (Foto Reuters/Rafael Pérez)
Dora
Amador Morales
La Voz Católica
MIAMI — Cuando Monseñor José
Siro González habló de Vladimiro Roca como un símbolo de la fe en
Cristo el Domingo de Resurrección, implicaba otra verdad de ese
hombre recién convertido al catolicismo, que se hallaba preso en
una celda de máximo rigor: Había resucitado a la vida después de
una honda crisis existencial muy parecida a la muerte.
“Aún dentro del vacío sepulcro
de las prisiones, el encuentro con Jesucristo da sentido y razón a
las vidas de aquéllos que aceptan la fe, y con ella vencen el mal
y salen a la luz de la justicia y de la libertad”, dijo el obispo
de Pinar del Río en sus dos homilías ese día. Testigo de ese
acontecimiento –la valiente mención de un prisionero de conciencia
en Cuba, en dos iglesias llenas– fue Víctor Rolando Arroyo, un
periodista independiente que se hallaba presente en ambas Misas.
Ese Domingo de Pascua, 31 de
marzo, Vladimiro Roca leyó la Biblia en su celda y dio gracias a
Dios. A pesar de la soledad y del hambre, de las dolencias
físicas que padecía, ese hombre daba gracias a Dios.
El hijo de Blas Roca, fundador
del Partido Comunista de Cuba, y quien escogió el nombre de su
hijo por admiración a Vladimir Illitch Lenin, fue encarcelado en
1997 por haber redactado, junto a tres compañeros –Marta Beatriz
Roque, Félix Bonne y René Gómez–La Patria es de Todos, donde
critican al Partido Comunista y piden democracia para el país.
Vladimiro fue puesto en
libertad después de casi cinco años y pocos días antes de la
visita del ex presidente James Carter a Cuba el 12 de mayo.
Al día siguiente de ser
liberado, lo llamé por teléfono y conversamos.
La Voz Católica:
Has dicho que sientes la presencia de Dios muy fuerte en tu vida.
Sabemos que narrar la experiencia de una conversión religiosa es
muy difícil, pero ¿podrías intentarlo?
Vladimiro Roca:
Comenzó hace bastante tiempo, cuando me empecé a dar cuenta de que
los criterios míos no coincidían con los del gobierno. En esa
época yo trabajaba en el Comité Estatal de Colaboración Económica,
y tuve acceso a escritos que llegaban de la Unión Soviética sobre
el glasnost y la perestroika. Allí se hablaba claramente de la
violencia que se había producido en el país desde que Lenin tomó
el poder hasta pocos años antes del gobierno de Gorbachev.
Entonces me di cuenta de que se nos decía una cosa y hacían otra.
Y esto me llevó al análisis de la situación cubana, de la doble
moral. Nunca he podido pensar de una forma y actuar de otra.
Entonces me empecé a sentir
mal aquí en Cuba. Vi los métodos que se usan para controlar a la
gente; que se ejercía la violencia, pero no tanto física como
sicológica. Se compulsa al miedo para que la gente actúe con esa
doble moral.
LVC:
Pero ese es tu desencanto con el gobierno, que muchos han sufrido,
pero que no por eso optan por Cristo.
VR:
Es que todo coincidió. Yo estaba atravesando una crisis muy grande.
Mi padre había muerto en 1987. Al poco tiempo murió mi esposa,
Gudelia Piñeiro. Ella se había criado en un ambiente católico. Me
contaba algunas cosas de las que le habían enseñado y aspectos de
la vida de Cristo, aunque después de la revolución abandonó la
Iglesia. Pero habían contradicciones en ella. Tenía un rosario. Y
al final de su vida se arrepintió de haberse apartado de la
Iglesia y pidió que la velaran en una capilla.
Yo tenía por dentro una lucha
muy fuerte por lo que tenía que hacer y lo que pensaba. Había un
estado de violencia muy grande dentro de mí. Sabía que tenía que
buscar un camino, que aquello debía tener una solución. Estaba
explosivo, irritable. La violencia es mala, te lleva a hacer cosas
que después te arrepientes. Y me dije “tengo que manifestarme como
soy”. Comienzo entonces a encaminarme espiritualmente. Y me acordé
de un amigo de Gudelia que me había dicho que el único que da amor
es Dios.
LVC:
Cuando hablas de que empiezas a encaminarte espiritualmente, ¿qué
quieres decir?
VR:
Que empiezo a buscar el amor. Me doy cuenta de que la violencia no
se puede combatir con la violencia. Había leído un folleto que es
para personas que no tienen conocimiento de Dios, como era el caso
mío. Era un librito ilustrado para niños que se llama La historia
más bonita del mundo. Es la vida de Cristo con muñequitos.
LVC:
Aparte de ese libro ilustrado sobre la vida de Cristo, ¿no habías
leídos nunca la Biblia?
VR:
La había leído un poco, pero no entendí nada. Mi padre siempre
tuvo una Biblia Reina Valera en su oficina, la tenía de consulta.
En esta segunda lectura de la Biblia comienzo a entender, se me
abren los ojos. En esos días trabé amistad con un católico que
venía a casa y me hablaba de Dios, y un día me dijo que fuera con
él a la parroquia Santa Rita.
LVC:
¿Y no tuviste problemas con el gobierno?
VR:
Recuerda que yo había estado también leyendo sobre la perestroika
y los cambios en la Unión Soviética. Me botaron del trabajo en
1992 por la resolución #36, que dice que los funcionarios pueden
quedar despedidos y no pueden reclamar al sindicato. En la
expulsión no pusieron que fue por indisciplina. Fue por la forma
de pensar.
LVC:¿Cuándo
comienzas a tener fe, más allá de razonamientos ideológicos o de
investigación sobre el Cristo histórico?
VR:
Quien me introduce a mí al mundo espiritual es Monseñor Carlos
Manuel de Céspedes. Un amigo me llevó para que lo conociera, y
estuve tres horas hablando con él. Ahí le expliqué que yo no era
ateo, sino no creyente. Monseñor De Céspedes me llevó a hacer un
análisis retrospectivo de mi vida. Después tuve también un
encuentro con Jaime Ortega, que todavía no era cardenal. Y así me
fui dando cuenta, a la luz de la lectura de la Biblia, cuántas
veces había estado Dios en mi vida para salvarme de cosas muy
concretas, que se me quedaron grabadas. Vi que Dios estaba conmigo,
Cristo está en mí. Y empecé a ir a la iglesia para prepararme para
hacer la comunión, pero primero tenía que recibir el bautismo.
Había superado la crisis.
Empecé a dejar de sentir violencia y entré en un estado de paz, me
sentía mejor. Y cuando comencé a prepararme para el bautismo, caí
preso. Pero me bauticé en la cárcel. Fue una ceremonia sencilla,
pero muy emocionante.
LVC:
¿Cómo viviste tu fe en el presidio?
VR:
La experiencia constante de Dios me permitió soportar el tiempo en
prisión. Cuando entré en la cárcel de Ariza yo creí que no
resistiría. Pero Dios nunca nos pone pruebas que sean superiores a
la fuerza que necesitamos para soportarlas. La celda era de un
metro 50 de ancho por 1.86 de largo. Me levantaba temprano y hacía
las oraciones. Leía las lecturas de la Biblia de ese día. Cada vez
que me sentía muy deprimido leía la Pasión del Señor. Fue una
experiencia que me ha permitido reconciliarme en un medio violento.
He podido vivir en paz con los presos y las autoridades.
Ahora me voy a preparar para
los sacramentos de la comunión y la confirmación. El único camino
es Cristo, y es quien me impulsa a buscar que nos reconciliemos.
Nuestra solución, nuestra libertad sólo es posible a través del
amor.
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