
Adele González
Canto al Creador
Acabo de regresar de una semana de vaciones en las montañas del
noroeste de Canadá. Es bueno, de vez en cuando, poder pasar unos
días disfrutando de la belleza del mundo que Dios ha creado. Aún
con una temperatura de 90 grados, podíamos ver la nieve en lo alto
de las montañas. El contraste del sol, cielo azul, lagos color
turquesa y nieve era increíble. Al tomar un teleférico hasta lo
alto de una montaña veíamos cómo el paisaje iba cambiando, hasta
llegar a los pinos, que siempre se mantienen verdes, bajo el
fuerte sol o la cruda nieve.
El aroma de los pinos me intoxicó. Como vivo en el sur de la
Florida, se me olvida cuán penetrante es el olor de los pinos
nuevos. Cuando pensé que no era posible experimentar más belleza,
tuve la oportunidad de ver una osa con su pequeño hijo, que la
seguía revoltoso, sin perderle pie ni pisada. Vimos varios alces,
fuertes e imponentes con sus cuernos gigantescos, y un águila
majestuosa que revoloteaba en las alturas mientras construía un
nido en lo alto de un pino. Al bajar de las montañas y estar
descansando en un lago, me encontré caminando junto a un grupo de
ovejas que no parecían molestarse con mi presencia. ¡Qué sabia es
la naturaleza: las ovejas estaban perdiendo la lana para
protegerse del fuerte calor que no es común en esa área! No hacía
falta una barbería, ni un pastor que las esquilara. Dios ya había
previsto todas estas necesidades cuando las creó.
Sentí que la creación entera cantaba un cántico de alabanza a su
Creador, “pues con tus hechos, ¡oh Dios!, me regocijas, ante las
obras de tus manos grito: ¡qué grandes son tus obras, Yahvéh!" (Salmo
92, 56).
Quizás porque parte de mi ministerio es enseñar la Biblia, me
asaltó una pregunta que escucho a menudo: ¿Cuándo vendrá el fin
del mundo? Hoy en día, algunas personas piensan que Dios destruirá
el mundo para así rehacerlo mejor. En medio de la belleza y el
orden que yo estaba experimentando, recordaba las palabras del
salmista: "¡Dios mío, qué grande eres! Asentaste la tierra,
inconmovible para siempre jamás. Las aguas saltan por las montañas,
descienden por los valles, hasta el lugar que tú les asignaste”. (Salmo
104, 1, 5, 8) No me parece que la destrucción de la creación por
parte de Dios sea consistente con el mensaje bien entendido de la
Biblia cristiana. Este mensaje nos recuerda constantemente que:
“por Cristo fueron creadas todas la cosas, en los cielos y en la
tierra, todo fue creado por él y para él, él existe con
anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia” (Colosenses
1, 1617).
Si Cristo es el principio y el fin, entonces esta creación es
cristocéntrica y la destrucción no parece ser parte del programa
divino. Sin embargo, en nuestra libertad maltratada, nosotros sí
somos capaces de autodestruirnos. Me pregunto: ¿por qué no oigo
esa preocupación con más frecuencia en los círculos cristianos?
Opino que es más fácil especular sobre lo que Dios va o no va a
hacer con el mundo, que examinar lo que nosotros ya estamos
haciendo con él. Llenamos las montañas con todo tipo de
desperdicio que nos sobra en nuestros paseos, tiramos cuanta
basura se nos ocurre en los ríos, lagos y mares, y llenamos el
aire de contaminantes que después nos afectan la respiración. En
Estados Unidos, desperdiciamos la comida si no está cocinada de la
manera exacta que nos gusta, sin preocuparnos de que una tercera
parte de los seres humanos se están muriendo de hambre.
Malgastamos el agua, sin considerar que un tercio de la población
mundial no tiene acceso a agua potable. ¿Por qué estamos tan
preocupados por “el fin del mundo”, o el famoso Harmaguedón, y no
nos damos cuenta de que la peor destrucción ya la estamos causando
nosotros mismos?
Estos pensamientos estuvieron a punto de restar un poco de alegría
a mis vacaciones. Con el corazón algo pesado, llegué a la
celebración dominical de la Eucaristía en la iglesita del pueblo.
Al entrar, me sentí en familia, aún estando en un país extranjero.
Estaba en la casa de Dios, que era también mi casa. En el banco
delante de mí se sentó un matrimonio joven con seis niños. La
mayor tendría unos 10 años, y las dos más pequeñas eran unas
gemelas de ocho o nueve meses de edad. Durante la Misa, las dos
bebés eran pasadas de brazo en brazo entre su madre, su padre y
sus hermanitos. Era difícil mantener a seis niños relativamente
tranquilos en una iglesia tan pequeña. Al lado nuestro se
encontraba una ancianita que jugó con uno de ellos todo el tiempo,
y a su derecha, una joven que les hacía gracias y les sonreía a
todos.
Al llegar el momento de escuchar las lecturas de la Biblia, se
levantó un joven deforme, que era una réplica exacta del famoso
Cuasimodo, el protagonista de El jorobado de Nuestra Señora de
París. Con una gran sonrisa y seguridad nos proclamó la Palabra de
Dios.
En la homilía, nos explicaron que él y cuatro jóvenes más, irían
en peregrinación a Toronto para representar a su diócesis en la
Jornada Mundial de la Juventud con el Santo Padre. Fue en ese
momento que comprendí que Dios sigue recreando en cada instante;
que en cada situación de nuestra vida nos da muestras de su amor,
y de que sus deseos para nosotros son de vida y no de muerte. Pedí
perdón por las veces que dejo que las tinieblas me consuman y no
permito que la luz brille. Y terminé casi gritando “¡Demos gracias
a Dios!”, cuando después de la bendición final, el sacerdote nos
envió a ir en paz, para amar y servir a Dios y a los demás.
Salimos de la iglesia y me di cuenta de que la creación entera es
una alabanza al Creador. Y que el universo es Su Catedral. Las
montañas estaban en el mismo lugar, los ríos seguían corriendo
libremente y los jóvenes planeaban su peregrinación a Toronto.
Sentí que mi esperanza renacía, y supe sin lugar a dudas que, en
medio de los jorobados, los que parecen sanos, las montañas y los
animales: “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la
vencieron” (Juan 1, 5).
AdeleGonz@aol.com

Lago Louise en el Parque Nacional Banff, en Canadá.
(Adele González)
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