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Un testimomio que nos
reta a la reflexión |
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Rogelio Zelada |
Te basta mi gracia
Cardenal Jaime L. Ortega
Alamino
Ediciones Palabra, Madrid.
1118 páginas
Con un prólogo de
Oscar Rodríguez Maradiaga, Cardenal Arzobispo de Tegucigalpa,
Ediciones Palabra nos ofrece la publicación del buen decir
pastoral del Arzobispo de La Habana. Veinte años han pasado desde
que Jaime Ortega Alamino comenzara su ministerio episcopal en la
arquidiócesis habanera afrontando los retos de construir el pueblo
de Dios en un quehacer donde la creatividad ingeniosa y la vieja
sabiduría de la Iglesia han ido tejiendo caminos nuevos día tras
día. Le ha tocado vivir y desarrollar un nuevo modelo de iglesia
nacido de la Reflexión Eclesial Cubana de 1982, y del Encuentro
Nacional Eclesial Cubano del 1986, extraordinario punto de partida
para los nuevos caminos de acción misionera y apostólica de la
Iglesia cubana. La voz del Arzobispo de La Habana ha estado
presente animando, orientando y aclarando este caminar de una
Iglesia que quiere ser encarnada y evangelizadora siempre
“consciente de su misión y con las modalidades propias del medio
en que se encuentra”.

Te basta mi gracia
Te basta mi
gracia
recoge los editoriales publicados en el boletín diocesano Aquí la
Iglesia, junto a mensajes, cartas pastorales, entrevistas,
homilías, conferencias y discursos a través de los cuales se puede
reconstruir el quehacer de la vida de la Iglesia cubana durante
estos últimos 20 años.
La palabra
orientadora del Cardenal aborda los eventos eclesiales, los
acontecimientos nacionales e internacionales, la problemática de
vigente actualidad, los tópicos que atañen a la familia, la
educación sexual, el valor de la vida, los derechos humanos, la
juventud, la santería, el ateísmo, la Doctrina Social de la
Iglesia, la violencia, etc. Con sencillez y agudeza trata temas
candentes desde una perspectiva serena donde los valores
evangélicos ocupan el primer lugar y el punto obligado de
referencia. Seguir la lectura de Te basta mi gracia nos permite
descubrir al pastor de la grey habanera que se sabe obispo de
todos y para todos, porque su palabra se dirige también a una
“Cuba que sufre en la agonía de esta larga lucha por encontrar el
camino del bien y la verdad, en la isla y en el exilio”, que
“agoniza por la separación de las familias… deseosa de paz y de
pan, de libertad y de justicia: pero sobre todo de amor”.
El Arzobispo de la
Habana no habla para “los poderosos” ni para los que “hegemonizan
el poder” sino que lleva en su corazón “a todos los cubanos, a los
pobres y a los ricos, a los grandes y a los pequeños, a los negros
y a los blancos. A los de acá y a los de allá, y a los de acullá”.
Los temas que
aborda, y quiere llevar a la conciencia cristiana, son los del
diario convivir: “¿Qué decir al hombre que se quedó sin trabajo y
nos viene a ver desesperado?” “¿Cómo conseguir con premura el
medicamento que una mamá angustiada pide para su pequeño hijo de
apenas dos años?” “¿Qué hacer para animar al muchacho de 15 años
que no quiere ir a una escuela en el campo y se queda sin
alternativa en su estudios?”. Por eso afirma que la Iglesia debe
sostener a la mujer a la que “le dicen en el policlínico que debe
hacerse el aborto” y sentir solidariamente el dolor de la
separación de las familias, por los “hombres y mujeres, niños y
jóvenes que abandonan definitivamente su país”.
El cardenal Ortega
recuerda a la comunidad eclesial cubana que está llamada a ser
ese agente activo que, desde dentro de la sociedad, fortalezca la
vida personal, la dignidad humana y la fe en un Dios hecho hombre;
“en la dignidad divina del hombre”, reconciliado con la historia y
consigo mismo, que no puede sino enriquecer la sociedad donde vive
al mismo tiempo que fortalece su vida personal”. Aporte que se
extiende hacia el orden moral, donde la ausencia de referencias
desorienta al hombre y la mujer hasta hacerlos perder el rumbo. De
modo que “no se sabe ya cuáles son los valores, ni los deberes, ni
los ideales básicos”. Por eso el rol de la Iglesia es darle al ser
humano el fundamento privilegiado de la moralidad “que es la
persona de Cristo y su mensaje”.
En diversos
discursos y homilías aparece con claridad un llamado a “fortalecer
una convivencia comunitaria que tenga en cuenta a todos. Esta
solidaridad, para nosotros cristianos, se llama fraternidad, pues
todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre”. Conocedor de que
el camino es difícil, tal como lo es la exigencia evangélica misma,
el Cardenal nos invita a “asumir también los criterios que valoren
y promuevan la reconciliación entre los que se hallan distanciados,
enfrentados, cargados de rencores”. Ya que “son tantas las
rupturas en las familias, los rencores entre grupos y entre
vecinos, los tristes recuerdos que separan a antiguos amigos,
conocidos o familiares por razones afectivas, políticas,
ideológicas, religiosas o de otra índole, que esas situaciones
llegan a tener un peso negativo en la conciencia social y afectan
la convivencia entre los hijos de un mismo pueblo. Estas heridas
deben ser sanadas”; “la Iglesia sabe que tiene el deber de sembrar
el amor”. “Tiene que pronunciar palabras y levantar signos a favor
del establecimiento de una comunidad humana donde reine la armonía,
donde los insultos son derrotados por la reconciliación de unos
con otros, donde la colaboración entre cristianos de distinto
signo, creyentes de otras religiones y no creyentes se vea apoyada
por el bien común”.
En 179 alocuciones,
el Cardenal Arzobispo de La Habana recorre todos los temas del
acontecer eclesial cubano, desde los más cotidianos hasta los más
conflictivos. En todo momento busca alcanzar un sereno equilibrio
conciliador sin abandonar lo constitutivo evangélico: son palabras
de un padre obispo que habla en momentos difíciles y en un
lenguaje que su grey puede identificar a primera vista. Para
nosotros, cubanos católicos de la diáspora, es un testimonio de
primera mano que nos deja escuchar una voz que a veces parece
resonar tal vez en un tono diferente, pero que nos reta a la
reflexión serena y al conocimiento y a la valoración de 20 años de
historia de esa Iglesia que vive en La Habana el difícil caminar
del Evangelio.
El libro Te
basta mi gracia está a la venta en las principales librerías
de Miami.
Sobre el autor
Cardenal Jaime
Lucas Ortega y Alamino, arzobispo de San Cristóbal de La Habana
Jaime Lucas Ortega
y Alamino nació en Jagüey Grande, diócesis y provincia de Matanzas,
Cuba, el 18 de octubre de 1936, en el seno de una familia de
pequeños comerciantes. A la edad de cinco años se traslada junto
con su familia a la ciudad de Matanzas, capital de la provincia y
sede episcopal. Allí realiza sus estudios de enseñanza obligatoria
y secundaria superior en centros de enseñanza pública. Se diploma
en Ciencas y Letras en 1955 y después de un año de estudios
universitarios ingresa en el Seminario diocesano San Alberto Magno,
dirigido por los Padres de las Misiones Extranjeras de Québec.
Tras cuatro años de estudios humanísticos y filosóficos, es
enviado por el obispo de Québec, en Canadá, a estudiar teología.
Es ordenado sacerdote el 2 de agosto de 1964 en la catedral de
Matanzas. Vicario y coadjutor de Cárdenas, su ministerio es
interrumpido en 1966 al ser internado en uno de los campos de
trabajo forzado conocidos con las siglas UMAP. En 1967 es nombrado
párroco de Jagüey Grande, su pueblo natal.
En 1969 es nombrado
párroco de la Catedral de Matanzas; al mismo tiempo es profesor de
teología y presidente de la Acción Diocesana de Catequesis,
desarrollando un apostolado activo entre los jóvenes de la
diócesis. Son años difíciles para la acción pastoral de la Iglesia,
en los que nace un movimiento juvenil que organiza campamentos de
verano para los jóvenes e impulsa la acción evangelizadora a
través de obras de teatro, representadas por los propios jóvenes.
El 4 de diciembre
de 1978 Mons. Ortega es nombrado obispo de Pinar del Río por Su
Santidad Juan Pablo II, y el 27 de diciembre de 1982 comienza su
ministerio como Arzobispo de San Cristóbal de La Habana, donde
lleva a cabo la mayor parte de su labor pastoral: creación de
nuevas parroquias, constitución del Consejo Diocesano de Pastoral,
reconstrucción de más de 40 iglesias, institución de una Casa
Sacerdotal, creación de un Centro Laico para reuniones, sobre todo
de jóvenes. Fue también fundador de Cáritas Cuba.
Ha sido nombrado
doctor Honoris Causa por las Universidades de Saint Thomas y Barry
en la Florida, San Francisco (California), Providence (Rhode
Island) Boston College (Massachussets) y St. John University (Nueva
York).
Desde 1989 hasta
1998 ocupó la presidencia de la Conferencia de Obispos Católicos
de Cuba, cargo para el que acaba de ser reelecto.
El 26 de noviembre
de 1994 fue creado cardenal por Juan Pablo II.
Es miembro de la
Congregación para el Clero, del Pontificio Consejo para la
Pastoral de la Salud y de la Pontificia Comisión para América
Latina.
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