El Papa beatifica
a dos indígenas
linchados por amor a la fe
Un reconocimiento emotivo de las culturas
precolombinas
CIUDAD DE MEXICO (ZENIT)
-- Juan Pablo II presentó a la Iglesia y al mundo el 1ro de agosto
el ejemplo de dos indígenas del sureño estado de Oaxaca asesinados
por su fe, declarándolos beatos al concluir su visita a México.
El Pontífice, con el rostro
visiblemente contento, presidió una Liturgia de la Palabra en la
Basílica de Guadalupe caracterizada por numerosas expresiones de
fe de indígenas de diferentes grupos étnicos.
Los beatos Juan Bautista y
Jacinto de los Ángeles, indios zapotecas, casados y padres de
familia, invitan a todos los bautizados a convertirse en
evangelizadores, afirmó el Santo Padre. Fueron martirizados el 16
de septiembre de 1700 en su pueblo, san Francisco Cajonos.
Tras haber sido torturados
salvajemente por personas del poblado que ofrecían ofrendas a los
dioses de la mitología prehispánica y que les exigieron renunciar
a su fe, fueron asesinados a machetazos. Sus corazones fueron
arrancados y echados a los perros.
La beatificación se convirtió
en una especie de emotiva despedida del Santo Padre al finalizar
su quinta visita a México, el segundo país del mundo en número de
católicos, después de Brasil.
“Me voy, pero de corazón me
quedo”, confesó al final de la celebración improvisando. “México
lindo, Dios te bendiga”, añadió, parafraseando la famosa canción,
mientras los presentes en la Basílica se levantaban ofreciéndole
una calurosa ovación.
El Papa quiso que la ceremonia
se convirtiera en una expresión del aprecio por las culturas
primitivas.
Los nuevos beatos, afirmó,
“animan a los indígenas de hoy a apreciar sus culturas y sus
lenguas y, sobre todo, su dignidad de hijos de Dios que los demás
deben respetar en el contexto de la nación mexicana, plural en el
origen de sus gentes y dispuesta a construir una familia común en
la solidaridad y la justicia”.
Al principio de la celebración
el Santo Padre fue acompañado en la procesión por algunos
indígenas que al llegar al altar le pusieron un collar de flores
como señal de bienvenida.
El Santo Padre saludó a los
fieles en distintas lenguas indígenas: zapoteco, mixteco, náhuatl,
mazateco, mixe, maya y purépecha.
En el acto penitencial se
realizó un rito de purificación según la tradición de los pueblos
indígenas: el humo del copal fue dirigido a las cuatro esquinas
del mundo para que la asamblea, que en el momento del culto es el
centro del universo, pueda alegrarse y renovarse en Dios su
creador.
Después de pronunciar la
fórmula de beatificación, tuvo lugar la procesión y veneración de
las reliquias. Indígenas de Oaxaca llevaron flores, velas e
incienso, adornaron el lugar donde fueron colocadas las reliquias
y acompañaron la procesión con la chirimía y los cuernos. Finalizó
el homenaje con la “danza de la pluma”. El Papa seguía el ritmo
con su mano derecha.
“Los dos beatos son un ejemplo
de cómo, sin mitificar sus costumbres ancestrales, se puede llegar
a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero dejándose iluminar
por la luz de Cristo, que renueva el espíritu religioso de las
mejores tradiciones de los pueblos”, dijo después en la homilía.
Juan Bautista y Jacinto de los
Ángeles, añadió, “con ejemplar cumplimiento de sus encargos
públicos, son modelo para quienes, en las pequeñas aldeas o en las
grandes estructuras sociales, tienen el deber de favorecer el bien
común con esmero y desinterés personal”.
La primera lectura del apóstol
san Pedro fue proclamada en zapoteco, lengua que hablaron los
nuevos beatos.
Las intenciones de la oración
de los fieles se elevaron en castellano, en náhuatl, en zapoteco,
en mixteco, en maya, en purépecha, en totonaco y en rarámuri. Se
rezó, entre otras cosas, por el reconocimiento de la dignidad de
los indígenas, por los enfermos y los que sufren, por las
vocaciones sacerdotales y religiosas en la Iglesia, por la
superación de toda forma de racismo.
En los ritos de conclusión el
Papa recibió en regalo artesanías propias de las culturas
indígenas.
Tras la beatificación, el
Santo Padre se dirigió al aeropuerto de México, donde tuvo lugar
una sencilla ceremonia de despedida.
Concluyó así su viaje
internacional número 97, que había comenzado once días
participando en las Jornadas Mundiales de la Juventud en Canadá y,
que continuó después en Guatemala.

Una
indígena mexicana participa en la ceremonia de beatificación de
los indios zapotecas Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, el
1ro de agosto en Ciudad de México. (Foto Reuters)
Homilía del Papa Juan Pablo II en beatificación de Juan Bautista
y Jacinto de los Ángeles, indígenas y padres de familia,
martirizados el 16 de septiembre de 1700 en San Francisco Cajonos,
México
Queridos hermanos y hermanas:
l. “Dichosos los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino
de los cielos” (Mateo 5,10). En el evangelio de las
bienaventuranzas, esta última invita a no desalentarse ante las
persecuciones que la Iglesia ha afrontado desde el inicio. En el
Sermón de la Montaña Jesús promete la felicidad auténtica a
quienes son pobres de espíritu, lloran o son mansos; también a los
que buscan la justicia y la paz, actúan con misericordia o son
limpios de corazón.
Ante el sufrimiento
humano que acompaña el camino en la fe, san Pedro exhorta:
“Alégrense de compartir ahora los padecimientos de Cristo, para
que, cuando se manifieste su gloria, el júbilo de ustedes sea
desbordante” (1 Pedro 4, 13). Con esta convicción Juan Bautista y
Jacinto de los Ángeles afrontaron el martirio manteniéndose fieles
al culto del Dios vivo y verdadero y rechazando los ídolos.
Mientras sufrían el
tormento, al proponerles renunciar a la fe católica y salvarse,
contestaron con valentía: “Una vez que hemos profesado el Bautismo
seguiremos siempre la religión verdadera”. Hermoso ejemplo de cómo
no se debe anteponer nada, ni siquiera la propia vida, al
compromiso bautismal, como hacían los primeros cristianos que,
regenerados por el bautismo, abandonaban toda forma de idolatría
(Cf. Tertuliano, “De baptismo”, 12, 15).
2. Saludo con afecto
a los señores cardenales y obispos congregados en esta Basílica.
En particular al arzobispo de Oaxaca, monseñor Héctor González
Martínez, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos,
especialmente a los venidos desde Oaxaca, tierra natal de los
nuevos beatos, donde su recuerdo sigue tan vivo.
Vuestra tierra es
una rica amalgama de culturas. Allí llegó el Evangelio en 1529 con
los Padres Dominicos, sirviéndose de las lenguas nativas y los
usos y costumbres de las comunidades locales. Entre los frutos de
esta semilla cristiana destacan estos dos grandes mártires.
3. En la segunda
lectura san Pedro nos ha recordado que si alguno “sufre por ser
cristiano, que le dé gracias a Dios por llevar ese nombre” (1
Pedero 4, 16). Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, derramando
su sangre por Cristo, son auténticos mártires de la fe. Como el
apóstol Pablo, podrían preguntarse en su interior: “¿Quién nos
separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la
persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la
espada?” (Romanos 8, 35).
Estos dos cristianos
indígenas, intachables en su vida personal y familiar, sufrieron
el martirio por su fidelidad a la fe católica, contentos de ser
bautizados. Ellos son ejemplo para los fieles laicos, llamados a
santificarse en las circunstancias ordinarias de la vida.
4. Con esta
beatificación, la Iglesia pone de relieve su misión de anunciar el
Evangelio a todas las gentes. Los nuevos Beatos, fruto de santidad
de la primera Evangelización entre los indios zapotecas, animan a
los indígenas de hoy a apreciar sus culturas y sus lenguas y,
sobre todo, su dignidad de hijos de Dios que los demás deben
respetar en el contexto de la nación mexicana, plural en el origen
de sus gentes y dispuesta a construir una familia común en la
solidaridad y la justicia.
Los dos Beatos son
un ejemplo de cómo, sin mitificar sus costumbres ancestrales, se
puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero
dejándose iluminar por la luz de Cristo, que renueva el espíritu
religioso de las mejores tradiciones de los pueblos.
5. “Estábamos
alegres, pues ha hecho cosas grandes por su pueblo el Señor” (Salmo
125, 3). Con estas palabras del salmista nuestro corazón se llena
de gozo, porque Dios ha bendecido a la Iglesia de Oaxaca y al
pueblo mexicano con dos hijos suyos que hoy suben a la gloria de
los altares. Ellos, con ejemplar cumplimiento de sus encargos
públicos, son modelo para quienes, en las pequeñas aldeas o en las
grandes estructuras sociales, tienen el deber de favorecer el bien
común con esmero y desinterés personal.
Juan Bautista y
Jacinto de los Ángeles, esposos y padres de familia de conducta
intachable, como fue reconocido entonces por sus conciudadanos,
recuerdan a las familias mexicanas de hoy la grandeza de su
vocación, el valor de la fidelidad en el amor y de la aceptación
generosa de la vida.
Se alegra, pues, la
Iglesia porque con estos nuevos Beatos ha recibido muestras
evidentes del amor que Dios nos tiene (Cf. “Prefacio II de los
Santos”). Se alegra también la comunidad cristiana de Oaxaca y de
México entero porque el Todopoderoso ha puesto sus ojos en dos de
sus hijos.
6. Ante el dulce
rostro de la Virgen de Guadalupe, que ha dado aliento constante a
la fe de sus hijos mexicanos, renovemos el compromiso
evangelizador que distinguió también a Juan Bautista y a Jacinto
de los Ángeles. Hagamos partícipes de esta tarea a todas las
comunidades cristianas para que proclamen con entusiasmo su fe y
la trasmitan íntegra a las nuevas generaciones. ¡Evangelizad
estrechando los lazos de comunión fraterna y dando testimonio de
la fe con una vida ejemplar en la familia, en el trabajo y en las
relaciones sociales! ¡Buscad el Reino de Dios y su justicia ya
aquí en la tierra mediante una solidaridad efectiva y fraterna con
los más desfavorecidos o marginados! (Cf. Mateo 25, 34-35) ¡Sed
artífices de esperanza para toda la sociedad!
A nuestra Madre del
cielo expresamos el gozo que nos embarga por ver subir a los
altares a dos hijos suyos pidiéndole al mismo tiempo que bendiga,
consuele y auxilie, como siempre ha hecho desde este Santuario del
Tepeyac, al querido pueblo mexicano y a toda América.
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