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P. Pedro Corces
Benditas Paradojas
El domingo 7 de julio, al que
litúrgicamente llamamos Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario,
escuchamos en la Misa una combinación de lecturas que contenían
uno de mis temas favoritos: la paradoja bíblica, sobre todo, la
paradoja evangélica.
La primera era del profeta Zacarías (Zac. 9, 911), y presentaba a
una figura mesiánica entrando en Jerusalén y siendo aclamado como
rey. Pero este mesías iba montado en un borrico, un burro
pequeñito; este hombre, pobre y humilde, inofensivo y sin aparente
poder, sin embargo, vencerá a los ejércitos, destruirá las armas
de la guerra y establecerá la paz: gran paradoja ésta, la de un
hombre montado en un burrito, posiblemente arrastrando los pies en
el suelo, vencedor de emperadores, hombres triunfales y poderosos
que cabalgan en caballos guerreros.
Las otras dos paradojas de ese domingo aparecen en el Evangelio de
San Mateo (Mt 11, 2530). Primero, Jesús da gracias al Padre
porque ha revelado su mensaje del Reino a los pequeños y sencillos
y lo ha ocultado a los sabios. Los sabios, según el Evangelio,
eran aquellos que por saber leer, tenían acceso a la Torah o Ley
Mosaica, y por lo tanto se consideraban justos por conocer y
practicar la ley. Los sencillos y pobres eran considerados por los
sabios gentuza muy lejos de Dios. Sin embargo, Jesús los llama
elegidos por el Padre para conocer el mensaje del Reino.
Y la tercera paradoja, en el mismo Evangelio, es la de un yugo
liviano y ligero. En realidad, un yugo debe ser pesado y difícil
de cargar para que cumpla su función, que es la de aplastar el
cuello del buey para que no pueda levantar la cabeza y camine
mirando al suelo en línea recta. El yugo del que habla Jesús es
muy diferente.
Una de las parábolas de Jesús que encarna su forma paradójica de
enseñar es la del fariseo y el publicano que se hallan orando en
el templo. El fariseo, que se creía justificado porque hacía lo
que la ley de Dios pedía, sale del templo muy lejos de Dios. Y el
publicano, que se sentía pecador porque no cumplía la ley de Dios,
sale lleno de la gracia de Dios.
Otra parábola paradójica de Jesús, la más conocida de todas, es la
del Hijo Pródigo. En ésta, el hijo que se va de la casa, malgasta
el dinero de su herencia y vive una vida disoluta, al regresar a
casa es acogido amorosamente por su padre, quien lo viste con un
traje y sandalias nuevos, le da un anillo y ofrece por él un gran
festín. El hijo mayor, que nunca se había ido de la casa, que
había obedecido al padre siempre, termina quedándose fuera del
banquete, símbolo del Reino, porque rehúsa entrar a la casa para
unirse a su hermano.
¿Qué aprendemos de todo esto? Pienso que hay que dar gracias a
Dios por las paradojas o aparentes contradicciones de nuestras
vidas, porque es precisamente a través de ellas que Dios
manifiesta su gracia y su poder, su misericordia, amor y ternura.
Aquello que quizás consideremos un defecto, una limitación o un
fracaso, para Dios es precisamente el camino y la vía para dejarte
saber cuánto lo necesitas y buscas, y cuánto El te ama tanto que
hasta utiliza las grandes paradojas de tu vida.
Jean Varnier, fundador de las Comunidades del Arca, donde residen
personas de limitaciones físicas y mentales, ha dicho
recientemente que hoy más que nunca, la figura de Juan Pablo II es
hermosa y fuerte, y con mayor transparencia que nunca ejerce un
liderazgo moral y espiritual, porque en su gran fragilidad humana,
tan pública, Dios manifiesta su grandeza y bondad. ¡Qué gran
paradoja!
Te invito a pensar en las tuyas: escoge una, piensa por qué es una
paradoja, piensa cómo Dios la ha usado para bendecirte.Y
finalmente, da gracias por ella.
vocdirector@miamiarch.org
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