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Patricia Samaniego
Guía de nuestro
camino

Su Santidad Juan Pablo II en Toronto,
23 de julio de 2002. (Reuters)
Desde el inicio de su pontificado, ha sido el vivo deseo de Juan
Pablo II ser misionero y lo ha reflejado en sus viajes apostólicos
por todos los continentes. El mismo nos muestra el camino
evangelizando en todos los rincones del mundo para anunciar la
salvación traída por Cristo.
Siguiendo las huellas de San Pablo, misionero y “defensor de la
unidad”, el Papa, en su constante peregrinación por el mundo, se
esfuerza por mantener la unidad entre las iglesias particulares y
es evidente su incansable labor por fomentar el ecumenismo
llamando a las religiones a trabajar por la paz.
Los primeros viajes del Santo Padre fueron a América y siempre
viene a confirmarnos en la fe (Lc 22,32) transmitiendo su mensaje
según las necesidades de cada lugar; animándonos a seguir en la
fidelidad al Evangelio y sobre todo a fortalecer cada vez la
comunión dentro y fuera de la Iglesia.
Nuestra Iglesia está llamada a vivir la comunión y tiene como
modelo a la Trinidad. El Catecismo Católico la define: “Un solo
Dios en tres personas”. Esta comunidad formada por las tres
personas viven comunicándose y están unidas por el vínculo del
amor. Por lo tanto, no es un Dios solitario, sino comunitario.
La Iglesia, como signo de la comunión universal, se construye y
perfecciona en la comunicación. Por su propia naturaleza la
comunicación intenta crear en los hombres un mayor sentido
comunitario. Con una buena disposición interior podemos expresar
nuestros mensajes para servir y hacer el bien.
Es la intención de Cristo que “todos sean uno” (Jn 17,21). De ahí
la exigencia de lograr una real cooperación de cada miembro,
cultivando el respeto por la diversidad de carismas que no impiden
la unidad, sino que la fortalecen.
Vivir la comunión dentro de la Iglesia exige mantener el diálogo
entre los pastores y los fieles, y de éstos con sus comunidades.
Se requiere la claridad de los mensajes de los pastores, y también
es importante que los fieles puedan expresar sus necesidades y sus
opiniones sobre cuestiones que conciernen al bien de la Iglesia.
Cómo se relaciona internamente la Iglesia se proyecta a la
comunidad.
El don de la unidad nunca ha sido retirado de la Iglesia, pero
históricamente ha sido afectado por separaciones y divisiones.
Estas divisiones llegan hasta nuestros días y son un escándalo y
un obstáculo para la evangelización.
Los viajes por los países de minoría católica y la celebración de
la Jornada de Oración por la Paz en Asís muestran que el Obispo de
Roma tiene la esperanza para este nuevo milenio: la reconciliación
entre los creyentes de Cristo.
No siempre se ha encontrado el medio para derribar las barreras
que todavía separan y que se oponen al anuncio unificado del
Evangelio al mundo. La fe, la oración y la acción en común pueden
ayudar a superar la división de los cristianos.
La Iglesia Católica no rechaza a las otras religiones ya que ve en
ellas un destello de la verdad y todas se esfuerzan por responder
de varias maneras a las inquietudes del corazón humano,
proponiendo caminos, normas de vida y ritos sagrados.
La Santa Sede ha realizado una serie de acercamientos
significativos a través de encuentros, asambleas para el diálogo
interreligioso. El Papa en persona ha convocado a todas las
religiones del mundo a orar juntos y a reconocer los errores
originados por las rupturas.
Las palabras de su Santidad son claras cuando anima a proseguir en
“la no fácil vía del diálogo”, pero que debe ser llevado adelante
frente al indiferentismo religioso, porque hay que “dar un claro
testimonio de la propia fe”.
Cada visita del Santo Padre refuerza el conocimiento recíproco con
las otras iglesias y esperamos con la ayuda de Dios, en el día y
en el modo que a El le agrade, llegar a la unión de pensamiento y
propósito.
El crecimiento progresivo en la comunión eclesial debe exigir que
cada Iglesia local permanezca abierta y atenta a las otras
iglesias y tradiciones, porque si permanece cerrada sobre sí misma
corre el peligro de empobrecerse.
Hace falta unir nuestras fuerzas para promover la comunión de
todos en el Señor, con un diálogo en la caridad con las otras
religiones. Además, nuestro amor por El nos debe empujar a
comprometernos cada vez más en favor de la unidad y podemos
manifestarlo en signos concretos, como la oración en común de unos
por otros; la mutua comunicación entre los obispos y los laicos; y
creando una eficaz red informativa y comunicativa entre las
parroquias y las diócesis.
(Patricia Samaniego ha trabajado por años en la Pastoral de las
Comunicaciones en Lima, Perú. Le puede escribir a
pssp1@hotmail.com .)
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