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Marcia Iglesias
Ignacio de Loyola: el peregrino en busca de Dios
Ignacio de Loyola, San Ignacio, es un hombre para nuestro tiempo,
aunque nació en 1491 en Guipúzcoa, provincia de España. Aquellos
eran tiempos de crisis, como lo son los nuestros. Tiempos de
grandes opciones, en los que Ignacio aprendió a optar, a escoger,
según el corazón de Jesús.
El Señor tenía una gran misión para Ignacio de Loyola, y él se
tuvo que convertir en peregrino para descubrir su misión.
Ignacio comenzó a recorrer un camino solitario. Y en el camino va
a encontrar a Jesús. Desde joven comenzó a servir en las cortes
españolas, en busca de fama y honores, hasta que a los 30 años
cayó herido en el sitio de Pamplona. Una bala de cañón le destrozó
la pierna y le llevó a una larga convalecencia. Mientras se
restablecía también se aburría. Buscó la lectura para ayudarse a
pasar el tiempo. No encontró los libros de caballería que estaba
buscando, pero se empezó a interesar cada vez más en la única
lectura que había conseguido: la vida de Cristo y las biografías
de los santos.
Sus pensamientos comenzaron a cambiar y en el silencio casi
obligado comenzó a escuchar el llamado de otro Rey, el “rey
eternal”, y comenzó a plantearse nuevas opciones. Tenía que
escoger entre “dos banderas”. La bandera del mal, o la bandera del
bien.
Ignacio aprendió a optar por Jesús en tiempos de crisis, en un
mundo cambiante, cuando el universo se ensanchaba con el
descubrimiento de América y las filosofías se humanizaban con el
Renacimiento. Cuando Lutero y Calvino quisieron reformar la
Iglesia y rompieron con ella. También Ignacio quiso reformas,
porque era hijo de una Iglesia en crisis, pero sus reformas
surgieron desde dentro, como fruto del apasionado amor de Ignacio
a la Iglesia de Cristo.
La reforma de Ignacio dejó huellas muy profundas en la Iglesia.
Huellas que llegan hasta nuestro tiempo y que hoy, porque vivimos
en tiempos de crisis, parecen cobrar una nueva vida. Ignacio
emprendió un camino de oración y de penitencia, de una profunda
transformación interior, como afirma en su autobiografía, todo con
el deseo de agradar al Señor. “Mi intención era hacer obras
grandes porque así las habían hecho los santos para la gloria de
Dios”
Ese camino tras las huellas de Jesús llevó a Ignacio a Tierra
Santa. Jerusalén, la ciudad amada y recorrida por Jesús, siempre
tuvo para él un atractivo especial, como si trajera a su memoria
aquel llamado del maestro: “Jerusalén, Jerusalén...”. Lo cierto es
que el seguimiento de Cristo y la contemplación de los misterios
de su vida fueron para Ignacio el camino para llegar al encuentro
con Dios. En su autobiografía narra cómo copiaba pasajes de los
Evangelios, escribiendo en tinta roja las palabras de Jesús.
De su experiencia personal, de su peregrinaje hacia Dios, de su
persistencia en descubrir el paso de Dios en su vida, surgen los
Ejercicios Espirituales. Al parecer Ignacio tomaba notas de sus
vivencias y las iba guardando y revisando hasta que se
convirtieron en su gran regalo para la Iglesia: el libro de los
Ejercicios Espirituales.
Como el propio Ignacio señala en la primera anotación de este
libro, igual que hay ejercicios corporales como el “pasear,
caminar y correr”, a los que estamos muy acostumbrados en nuestro
mundo actual, donde tanta importancia se le da a estar bien y
lucir mejor, también hay ejercicios para el espíritu, que nos
llevan a “buscar y hallar” la voluntad de Dios, y con ella el
orden, la salud de nuestra alma y la verdadera alegría.
Los Ejercicios Espirituales son una ocasión privilegiada en la que
antes y ahora, en tiempos de crisis, nos alejamos del ruido que
viene de afuera y también del que llevamos dentro, para aprender a
escuchar en nuestro interior la voz de Dios. Los ejercicios nos
hacen descubrir la posibilidad de ser libres para optar por el
bien.
Como parte de los Ejercicios y en muchas de sus cartas y escritos,
Ignacio nos dejó una serie de orientaciones básicas para aprender
a hacer discernimiento espiritual. Según Ignacio, el
discernimiento es el arte de encontrar y apreciar los dones de
Dios y de descubrir la mejor forma de responder a ese amor de Dios
en nuestra vida diaria. Nuestro camino mediante el discernimiento
se convierte en una continua relación con un Dios vivo que nos ama
primero y se comunica con nosotros. Aprendemos a escuchar y a
optar por lo mejor.
El camino que Ignacio había comenzado a recorrer en solitario se
convirtió en un camino en compañía. A Ignacio se unieron otros
hombres que vieron en él a alguien portador de un mensaje
transformador. Comenzó a ayudar a otros y a querer ser ayudado por
otros. Siete hombres decidieron unirse en la realización de un
proyecto común, y surgió la Compañía de Jesús. Hombres que
renuncian a sus individualismos y que se lanzan a la conquista del
servicio desinteresado a los más pobres, a la conquista de la
Mayor Gloria de Dios.
No cabe duda de que los jesuitas, esa Compañía de Jesús que inició
Ignacio de Loyola como laico comprometido en su Iglesia, cuando
todavía no era sacerdote, ha tenido también un impacto grande en
la vida de la Iglesia.
El Peregrino, como se autotitulaba Ignacio de Loyola, nos dejó, a
pesar de que muchos han querido ver en él a un estricto militar,
el ejemplo de un caminante que caminó con los ojos fijos en Jesús,
la ternura de un hombre que aprende a ver a Dios en todas las
cosas y la profundidad de quien hace callar todo para aprender a
escuchar la voz de Su Dios. Profundamente humano, apasionado
soldado de un Reino nuevo que, en nuestro tiempo, aun nosotros
seguimos construyendo.
(Marcia Iglesias es responsable de formación de las CVX, brazo
laical de la Compañía de Jesús.)
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