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La comunidad cubana de Washington celebra la fiesta de su patrona en la Basílica Nacional

Homilía de Mons. Thomas G. Wenski, Obispo Auxiliar de Miami, en la misa de la Virgen de la Caridad celebrada en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, DC, el 8 de septiembre de 2002


Arriba: Monseñor Thomas G. Wenski fue el celebrante principal y predicador de la misa celebrada en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, en Washington (centro). Abajo: Monseñor Armando Jiménez Rebollar dirigió a la comunidad cubana de Washington en peregrinación, para participar en la eucaristía. (Fotos: Matthew Harmon)

Si alguien se pregunta: “¿Quién es ese obispo con cara de gringo que está predicando hoy en la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre?”, primero le tendré que decir que el que les habla, a pesar de no ser cubano, se siente muy aplatanado pues fueron cubanos los que le enseñaron a hablar español.

Sí, no soy de acá; yo soy de Miami, la capital del destierro cubano. Y allí, en Miami, caminando por la Calle Ocho y tomando mi buchito de café, aprendí a hablar español.

Gracias a esos cubanos de Miami, y gracias al clero cubano de Miami  –sin dejar de mencionar a Monseñor Agustín Román y a Monseñor Gilberto Fernández, quienes al igual que yo, son obispos auxiliares de Miami– gracias a todos ellos, he aprendido mucho de lo que es la cubanía y cómo en esa cubanía está radicado un amor profundo a María, Madre de Dios y patrona de Cuba.

¡Qué bueno que estemos aquí, en esta basílica tan bella dedicada a la Inmaculada Concepción! Qué bueno que estemos aquí hoy, 8 de septiembre, el día en que la Iglesia universal celebra la natividad de la Virgen María; y el día en que, por petición de los veteranos de la Guerra de Independencia, los cubanos honran a la misma Madre de Dios como patrona de Cuba con el título de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

¡Que nos unamos a todos nuestros hermanos cubanos, donde quiera que estén! Que nos unamos todos para rezar, pidiendo que por la intercesión de nuestra Virgencita Mambisa, que Cuba y sus hijos sean bendecidos por Dios Padre Misericordioso. Que Dios bendiga a los cubanos para que reine en el corazón de cada cubano la caridad: esa caridad que nos ofrece María al ofrecernos a su hijo, Jesucristo, único Salvador y Redentor del mundo.

Como les dije antes, no soy cubano. Soy de ascendencia polaca. Imagino que ya se han dado cuenta, pues tengo cara de polaco. Espero que al ver esta cara de polacón que tengo, ustedes recuerden a ese otro polaco que estuvo hace casi cinco años de visita en Cuba, Juan Pablo II.

Yo tuve la dicha de asistir a las misas que él celebró en la Isla en el mes de enero de 1998. Jamás olvidemos la presencia amiga de ese Mensajero de la Esperanza y la Verdad. Recorrió la Isla: estuvo en Santa Clara, en Camagüey, en Santiago de Cuba, donde de nuevo coronó la imagen de la Virgen del Cobre, y en La Habana. ¡Cómo ardían nuestros corazones al oír sus palabras de esperanza y aliento!

Podemos decir que por sus sermones pronunciados en Cuba, sembró semillas de paz, justicia y libertad. Sí, él sembró; pero les toca a ustedes, a los cubanos que siguen siendo un solo pueblo donde quiera que estén, cultivar la siembra para que mañana haya una cosecha abundante de paz, justicia y libertad, que tanto anhelamos para esa tierra que les vio nacer.

Fue por eso que lucharon los héroes de las guerras de independencia. Como dijo el Papa en Camagüey: “lucharon para que los cubanos fuesen los protagonistas de su propia historia”. Y fue por eso también que Carlos Manuel de Céspedes se postró ante la imagen de la Virgen antes de comenzar su noble lucha para la independencia de la patria. Y fue por eso también que el Papa nos hizo recordar a todos, que las tropas del General Calixto García se arrodillaron en la Santa Misa celebrada a los pies de la Virgen.

Recuerdo también las palabras del Apóstol de Cuba, José Martí. Esas palabras que están grabadas en una muralla en el parque de los mártires de Girón, en la Pequeña Habana de Miami. Y en este año del Centenario de la Instauración de la República, y después de más de cuatro décadas de que el huracán marxista nos azotara, hoy debo recordarles a ustedes esas palabras martianas inscritas debajo de un mapa al relieve de la Isla de Cuba: “La Patria es agonía y deber”.

La agonía que sufre el pueblo cubano es bien conocida. Uno no tiene que ser cubano para darse cuenta de ella. Basta ser humano. Y los que no la conocen deben preguntarse, ¿qué ha pasado para que el cubano que tanto ama a su tierra, a su bohío, prefiera el destierro o una muerte en el mar, a vivir en su propio país? En los tiempos de la colonia, el castigo más doloroso y temible era el exilio. Lo constatan los escritos de la época, incluyendo las reflexiones que nos han dejado el Padre Félix Varela y José Martí.

En los sermones pronunciados hace casi cinco años en Cuba, el Papa también muestra que él comprende la agonía de Cuba. Sin pelos en la lengua, el Papa enfocó los problemas familiares, sociales, culturales y políticos vigentes en Cuba y propuso un camino a seguir para que el cubano de buena voluntad pudiera cumplir con su deber y alcanzar soluciones a las causas de la agonía que sufre el pueblo cubano.

Para seguir ese camino que nos propone el Santo Padre hace falta que dejemos a un lado el miedo que nos paraliza, la soberbia que nos divide, el odio que nos destruye. Recorrer este camino puede parecernos difícil; pero el primero que lo recorrió fue Jesús. El nos dará la fuerza para seguirle.

Me atrevo a repetir esas palabras famosas del Papa, esas palabras que han marcado no solamente su visita a Cuba, sino todo su pontificado: “No tengan miedo; no tengan miedo a abrir las puertas para que entre Cristo”.

No tengamos miedo. Estas palabras –no tengas miedo– fueron dirigidas por el Angel Gabriel a María en la Anunciación cuando María recibió su misión de ser madre del Verbo hecho carne. Así también habló Jesús a los discípulos escondidos en el cenáculo por miedo a los judíos cuando se les apareció después de su Resurrección. De hecho, dicen que se pueden hallar en las escrituras unas 365 veces que Dios, o uno de sus mensajeros, han dicho a una u otra persona en la Biblia: “No tengas miedo”. O sea por cada día del año hay una frase de la Biblia que nos hace recordar que no debemos tener miedo, pues el Señor está con nosotros.

Y también está y siempre ha estado con nosotros la Madre del Señor, y si se puede decir que Cuba tiene un alma cristiana es porque los cubanos nunca han dejado de guardar dentro de sus corazones un amor filial a esa Madre que Jesús nos entregó desde la cruz. No debemos tener miedo ni debemos desanimarnos, pues como María estuvo al lado de su Hijo en todo momento, así también ella está a nuestro lado en todo momento. Como ella estuvo presente en las Bodas de Caná, y dijo a los sirvientes: “hagan todo lo que El les diga”, así ella está siempre presente diciéndonos: Hagan todo lo que El, Jesús, les diga. Estuvo presente al lado de la Cruz de Cristo, y tampoco falta su presencia maternal a lado del pueblo de Cuba en los sufrimientos que le afligen hoy.

Así, a través de la historia, María iba enseñándonos a decir “Amén”. Pues es en decir Amén a la voluntad de Dios como hizo ella que descubrimos el secreto de una vida feliz y completa. En ese decir “Amén” superamos las dudas y las incertidumbres de la vida cotidiana. Es ese decir “Amén” que hacemos cada día para mantenernos fieles y consecuentes a nuestro Dios y a nuestros hermanos lo que da sentido y valor a nuestros sacrificios.

¡Qué linda es la Virgen de la Caridad! ¡Mira cómo ella está de brillante, brillante como una estrella solitaria, como esa estrella solitaria de la bandera cubana! Recuerden el grito de guerra del General Ignacio Agramonte: “¡Que la Virgen de la Caridad nos ilumine!”

La Virgen de la Caridad es como ese lucero que se llama la Estrella de la Mañana. La estrella de la mañana no es estrella sino planeta que refleja la luz del sol antes de la madrugada. María se parece a esa estrella de la mañana, porque ella, por ser criatura humana como nosotros, no es la luz. Sólo Cristo es la luz del mundo. Pero María, por su entrega total a la voluntad de Dios, por su Amén, la anuncia y ella, como Virgen Inmaculada, refleja la luz de un nuevo día, que su Hijo Jesucristo viene a realizar sobre la tierra. Que la Virgen de la Caridad que nos refleja la luz de Cristo, sol de la justicia y del amor, ilumine los corazones de todos los hombres para que no andemos más por las tinieblas del pecado y del error, que no caminemos en las oscuridades del egoísmo y de la envidia.

Que la Virgen de la Caridad nos ilumine para que haya una verdadera reconciliación entre todos los que se encuentran divididos o alejados. Que la Virgen de la Caridad nos ilumine para que en vez de ser vencidos por el mal venzamos el mal a fuerza de bien. Que la Virgen de la Caridad nos ilumine, para que así ella, que es como la estrella de la mañana, nos anuncie ya un nuevo amanecer para Cuba, que está pasando una noche oscura que ha durado ya 43 años.

Así habló el Santo Padre cuando estuvo en esa perla antillana. Hablando de María, quien siempre tuvo confianza en Dios, el Papa dijo en Camaguey:

“Robustecida por la palabra recibida de Dios y conservada en su corazon, (María) venció el egoísmo, ella derrotó el mal. El amor la

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preparó para el servicio humilde y concreto hacia el prójimo.”

Y sigue el Papa:

“A ella se dirige también hoy la Iglesia. La invoca incesantemente como ayuda y modelo de caridad generosa. A ella dirige su mirada la juventud de Cuba para encontrar un ejemplo de defensa y promoción de la vida, de ternura, de fortaleza en el dolor, de pureza en el vivir y de alegría sana. Confíen a María sus corazones... Nunca se separen de María y caminen junto a Ella. Así serán santos, porque reflejándose en ella y confortados por su auxilio, acogerán la palabra de la promesa, la custodiarán celosamente en su interior y serán los heraldos de una nueva evangelización para una sociedad también nueva, la Cuba de la reconciliación y del amor.”

Estoy muy agradecido por su atención y de que me hayan permitido hablar estas palabras hoy en esta fiesta tan cubana que es la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre. Como dije, aunque no soy cubano de nacimiento, ustedes, los cubanos, siempre me han hecho sentir cubano, si no de nacimiento, por los menos un cubano de corazón. Así, permítanme terminar con las palabras de otro cubano de corazón, el dominicano Máximo Gómez, que en la proclama de Yaguajay dijo:

 “... Ayudados por tres factores poderosísimos, el trabajo, la educación y las buenas costumbres, la mejor higiene para preservar el alma y el cuerpo de amargos dolores, Cuba será próspera y venturosa. Mientras tanto, si yo no caigo en lo que falta de la lucha, y cuando me vea tranquilo en un rincón de mi Patria, pediré siempre para Cuba las bendiciones del cielo.”

¡Virgen de la Caridad,
salva a Cuba!
¡Virgen de la Caridad,
salva a Cuba!
¡Virgen de la Caridad,
salva a Cuba!

 

Izq.: En el momento de darse mutuamente la paz.
Der.: Una joven madre haciendo su entrada a la Basílica para participar en  la misa.