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Esta Nochebuena:
un lugar en la mesa para la otra Cuba


Dagoberto Valdés

 

Recordando a Omar y Josefina

Navidad es la fiesta de la ternura.

Epifanía de filiación y maternidad.

Susurro de entrañable cercanía.

Gloria de la paz que se anuncia en la noche.

Mesa del reencuentro y del volver a comenzar.

Navidad del 2002: Nochebuena del Centenario de la República.

Anuncio del nuevo día cuando aún esperamos en la noche.

Certeza de que, cuando amanezca, brillará sobre Cuba

                             /y su pueblo un  nuevo sol de justicia.

Certeza y esperanza de que ninguna noche es eterna:

                            /por eso cada Navidad es Nochebuena.

 

Para Cuba aún no es el día, pero escuchamos el mismo anuncio de aquel ángel que convirtió la densa noche de Belén en plena luz: “No tengan miedo. Les traigo una Buena Noticia que será motivo de gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”(Lucas 2, 10-11).

Y para los que aún no ven la luz en la oscuridad, para los que buscan un cambio espectacular, debemos recordar que para ver lo esencial fue necesario para los pastores, los sencillos, desentrañar los signos que nos permitan “ver” la “fuerza” de lo pequeño: “Como señal, encontrarán al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”(Lucas 2, 12).

En Navidad se aprende a ver distinto:

aprendemos a ver, a través de un pequeño niño, al Salvador del mundo,

aprendemos a ver, en la ternura de los pañales, el sudario de la cruz,

aprendemos a ver, en la brizna de un pesebre, la verdadera gloria de Dios.

En esta Navidad, aprendamos a reconocer las pequeñas señales que llegan de la Patria.

Miremos con los mismos ojos entrañables de María la misión de nuestra Madre-Cuba, la Isla que va engendrando su propia salvación.

Creemos en la misión de la diáspora, como creemos en la misión de José, discreto y humilde, pero sin apartarse un momento de María. Ese José que, aún sin ver claro, y algunas veces dudando y otras esperando, supo ponerse en el lugar donde Dios le pedía: junto a la Madre, apoyando, velando y cuidando la Salvación que nacía y crecía ante sus ojos.

María, la Madre, nunca intentó negar el papel de su otra parte, el esposo fiel.

José, padre de adopción, nunca intentó emular el protagonismo principal de María, pero jamás abandonó el cuidado de su familia, aún cuando fuera duro para él estar un poco “fuera” de lo que venía gestándose en el vientre de la Madre.

Así es Cuba, la que vive en la Isla-Madre que gesta en su seno un nuevo sol de justicia.

Así es Cuba, la que vive en el Éxodo-Padre, acompañando a la Isla y cuidando el fruto de su vientre.

Cuba es imagen de la Sagrada Familia de Nazaret. Su futuro es señal gestante del Redentor.

Esta es, y debe ser, una buena  noticia para todo el pueblo cubano: el que vive aquí como María y el  que vive en la diáspora como José: ambos esperamos, ambos acunamos, ambos anunciamos,  la libertad.

Por ello podemos celebrar esta Nochebuena con una sensación distinta. Ya sabemos que no faltará en la mesa de la Cena familiar un lugar para la nostalgia. No la echemos fuera; ella forma parte de nuestra vida, ella nos recuerda lo más entrañable de nuestra    historia. Que no se nos olvide la Cuba de atrás, pero pongámosle también un cubierto a la otra Cuba, a la de adentro, a la Cuba gestante, a la Cuba de esta Isla preñada de luz en medio de la noche.

Que en esta Nochebuena no falte en la mesa del exilio un puesto para la Cuba de la Isla, para la Cuba del futuro.

Que junto a la Cuba de la nostalgia se siente la Cuba de la esperanza.

Y que tampoco falte en la mesa de la Isla un puesto para la Cuba de la Diáspora, que como San José, vela en la noche, cuida de la Esposa con dolores de parto y espera, sin desfallecer, el nacimiento de un niño, que hoy está aún envuelto en pañales, pero cuyo llanto anuncia un futuro de paz.

Si hacemos un lugar en nuestra mesa de Nochebuena para que pueda sentarse la otra Cuba, entonces en la Misa de Medianoche, podremos abrazarla con el alma y decirle al corazón:

Cuba, Patria entrañable: ¡Feliz Navidad!

Dagoberto Valdés Hernández es miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz y director de la Revista Vitral (www.vitral.org).