El
renacimiento de una parroquia

Dora Amador Morales

El padre Federico Capdepón, nuevo párroco de Santa Marta,
comparte con empleados del Centro Pastoral durante un desayuno
de fraternidad que ofreció su parroquia el pasado noviembre.
(Foto:
Brenda Tirado Torres)
Siempre que puedo voy a la misa de las 11: 45 de la mañana en la
capilla de la parroquia Santa Marta, adjunta al Centro Pastoral de
la Arquidiócesis de Miami, donde trabajo. Allí encuentro a otros
empleados y residentes del área. Es una celebración corta, pero
vital. Me gusta interrumpir la jornada de trabajo en pleno
mediodía para compartir el Pan y la Palabra de Vida, “dulce
huésped del alma”.
La iglesia Santa Marta, tan cotidiana y cercana, me era sin
embargo algo ajena en cuanto a comunidad parroquial y ministerial
porque mi presencia allí se limita a los días laborales; los
domingos voy a una iglesia cerca de casa.
“Algo ajena”, dije, porque sí sabía de ciertos problemas de la
parroquia que ha preocupado a su comunidad. Su último párroco se
retiró súbitamente y aunque el buen padre Carl Morrison asumió su
dirección temporal, un espíritu de desconcierto, como de desánimo
se percibía en el ambiente. Pero entonces llegó el padre Federico
Capdepón, el nuevo párrroco de Santa Marta.
Este cura contagia con su alegría, con su esperanza y su tesón que
ya, en cuestión de semanas, han dado frutos de los cuales he sido
testigo.
El jueves 14 de noviembre acogió a los jóvenes de la Pastoral
Universitaria para rezar el Rosario por la Paz con los nuevos
Misterios Luminosos. Allí llegué, confieso que cansada después de
un largo día de trabajo, pero quería participar en esa oración
comunitaria uniéndome así a tantos cristianos que están haciendo
lo mismo, conscientes del gran peligro que atraviesa nuestro mundo.
Podría sólo decir que la noche fue hermosa –que lo fue–;
experiencia cristiana profunda; pero fue más: fue vida, esperanza,
cuerpo místico de Cristo pidiendo, gimiendo por la paz en forma
estremecedoras. La oración de la noche fue en español, inglés y
creole. El padre Capdepón colocó frente al altar una imagen de la
Virgen del Rosario del siglo XVII donada por mi admirado padre
José Luis Menéndez (quien cumple 25 años de sacerdocio, y el 8 de
diciembre lo celebra en grande en su parroquia, Corpus Christi).
El coro de la pastoral juvenil, precioso. Un joven haitiano
interpretó lo que me pareció un lamento hondo, muy hermoso, y Sara
Torres, guitarra y voz inspiradas.
Rezábamos e íbamos viendo diapositivas que nos unían a todo el
planeta por medio de imágenes cargadas de símbolos silenciosos muy
poderosos: hombres y mujeres en sus diferentes actividades, flora
y fauna de nuestra tierra, la belleza de la creación, en un mundo
amenazado por el terrorismo, la guerra, el alejamiento del
verdadero y único Dios: el Dios Amor.
Cuando salí de la iglesia me sentí renovada. Pero no era sólo por
la intensidad de la noche, es que ser testigo del renacer de una
parroquia, de que una comunidad despierta y se levanta retomando
la esperanza y el compromiso, es algo que renueva y alegra el
corazón.
En enero el padre Capdepón abrirá las puertas del Centro
Parroquial a unos 100 ancianos que vendrán todos los días, desde
temprano en la mañana hasta la tarde, para desayunar, almorzar y
compartir. En su mayoría son personas que se encuentran solas y
agradecen mucho un rato de compañía.
La pastoral juvenil va cobrando vida en Santa Marta; hay un nuevo
coro que toca muy bien, y en la misa del primer domingo de
Adviento recibí el nuevo boletín parroquial, con nuevo diseño ¡y
una sección entera en español! Es que en Miami Shores, donde
estamos, ya se oye todo tipo de acento latinoamericano. Y como en
el resto de Broward, la iglesia se llena cada vez más de hispanos.
Nada, que el Espíritu sopla sin que sepamos de dónde viene ni
adónde va. Pero su presencia se siente. De eso la comunidad de
Santa Marta y yo damos testimonio. ¡Bienvenido, padre Federico
Capdepón!
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