Mis
estudiantes del Colegio Jesuita Belén

Josefita Chirino

Estudiantes del Colegio Belén. (Foto: Josefita Chirino)
El pasado 1ro. de noviembre celebramos en el colegio donde trabajo
la misa por la Fiesta de Todos los Santos. Después, en clase,
estuve reflexionando con mis alumnos acerca de la maravilla que es
la Eucaristía y del grandísimo regalo que tenemos en el
Dios-hecho-Pan. Al final de la clase, se me acercó un joven que es
nuevo en el colegio para pedirme consejo: sus padres quieren que
él haga la Primera Comunión, pero él no cree en Dios. Le dije que
eso lo teníamos que hablar con más calma, y quedamos en vernos dos
días más tarde.
Tuvimos el Santísimo expuesto en nuestra capilla todo el día para
animar a los jóvenes a orar por uno de los nuestros, que lo
operaban de un tumor canceroso. Estando en clase, vino a buscarme
el joven que es supuestamente ateo. Me interrumpió la clase como
si fuera muy urgente lo que tenía que decirme. Yo, pensando que
sería cualquier tontería pasajera, le dije que hablara rápido,
pues yo no podía interrumpir mi clase. Me dijo que tenía un
problema, porque sentía una urgencia grande de ir a la capilla a
pedir por el otro niño, pero, como él es ateo, se sentía hipócrita,
y no sabía qué hacer. Claro, no tuve mucho tiempo para dar la
clase.
En otro momento, en otra clase, un joven me pidió si podía hacer
un anuncio a los demás. Le dije que sí, pero que tenía que ser
rápido, porque yo no podía interrumpir mi clase. El anuncio era
una invitación a los demás, diciendo que al día siguiente se iba a
reunir un grupo de ellos a rezar el rosario por el joven enfermo
–¡los 20 misterios!–. Claro, el tiempo de clase se me fue al
dejarlos que se organizaran para el gran evento del rosario.
Después, quise no sólo rezar con ellos, sino también echar un
vistazo para ver si realmente estaban rezando. Mi falta de fe me
hace difícil creer que 20 varones de 16 años verdaderamente se
pongan a rezar el rosario.
¡Qué regalo de Dios fue verlos, cada uno con su rosario en la mano,
sentados todos frente a una imagen de la Virgen, con la cabeza
inclinada, rezando Ave María tras Ave María! Dios está con
nosotros. Se nos muestra a cada paso y por cualquier esquina. Nos
sorprende entre personas que dicen no creer en El, y entre los que
menos pensamos que nos lo pueden revelar. Dios es más grande que
todas nuestras pequeñeces y nuestras faltas de fe porque, a
pesar de nuestras dudas intelectuales, es capaz de gritarnos al
fondo del corazón y de llamarnos cuando menos lo esperamos.
Dios está con nosotros. Se presenta cuando creemos estar haciendo
lo que tenemos que hacer (dando una clase), y nos sorprende
dejándonos saber que es El quien hace la obra; que es El quien
está más interesado que nadie en que nos acerquemos a El; que El
sabe lo que hace, y nosotros andamos a veces a “tontas y a locas”
dando pasos ciegos. Dios está con nosotros, y los jóvenes
necesitan de nosotros.
El mundo lleno de cinismo en el que viven, les dice que no hay
nadie realmente bueno, que todos tenemos alguna intención
enmascarada, que cada cual sólo busca su propio bien, y que el que
no cree esto, más tarde o más temprano va a ser profundamente
defraudado. Se les enseña a no creer en nada ni en nadie. A
nosotros nos toca decirles o, más bien, proclamar con nuestras
vidas que la verdad la tiene Cristo, y Cristo crucificado y
Resucitado.
A nosotros nos toca hacerles ver que ellos son muy buenos porque
son imagen de Dios, y que Dios espera grandes cosas de ellos. Y
esto, a pesar de todas las “barbaridades” que son capaces de hacer
a los 16 años.
Mis amigos los jóvenes también buscan a Dios. Ellos son
espontáneos (interrumpen), exagerados (¡los 20 misterios!),
originales, creativos, y a menudo “insoportables”. Nosotros a
veces queremos encasillarlos de acuerdo a nuestros planes. A veces
no estamos atentos a la urgencia que puedan tener, porque estamos
muy ocupados. Pero ellos buscan a Dios muy a menudo, sin saberlo,
porque andan como ovejas sin pastor.
Buscan a Dios en sus momentos de confusión y de duda, en su
búsqueda de identidad y sentido en medio de una sociedad que sólo
proclama el placer y el poder.
Buscan a Dios cuando se les enferman o se les mueren los abuelitos,
cuando sus padres se pelean, cuando sus hermanos no se entienden,
cuando suspenden alguna asignatura en el colegio, cuando fallan en
los deportes.
Buscan a Dios cuando no entienden el mundo en que viven porque ven
la hipocresía y la injusticia, y cuando se rebelan contra la
Iglesia que, de acuerdo con algunos, les impone reglas que ellos
no quieren seguir.
Buscan a Dios. A nosotros nos toca solamente señalar el Camino.
Apuntar a Cristo en el pesebre, en la cruz, y asegurarles –con
nuestras vidas– que sólo aquí está la felicidad. Digo bien claro
que tiene que ser con nuestras vidas, porque los jóvenes están
cansados de las palabras, de las palabrerías que son falsas.
Buscan aquello que es real, verdadero, duradero y seguro. Eso sólo
lo puede dar el testimonio de una vida centrada en Cristo y
abierta a las necesidades de los más pobres.
No andemos creyendo otra cosa: los jóvenes necesitan de nosotros,
porque necesitan del testimonio del cristiano sencillo, no
aparatoso, ya que nuestras vidas tienen que ser signo de
contradicción en medio del mundo que ellos reconocen como falso y
cínico.
Profesora de religión y directora de teología pastoral en el
Colegio Jesuita Belén.
|