ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

Mis estudiantes del Colegio Jesuita Belén

 


Josefita Chirino


Estudiantes del Colegio Belén. (Foto: Josefita Chirino)

El pasado 1ro. de noviembre celebramos en el colegio donde trabajo la misa por la Fiesta de Todos los Santos. Después, en clase, estuve reflexionando con mis alumnos acerca de la maravilla que es la Eucaristía y del grandísimo regalo que tenemos en el Dios-hecho-Pan. Al final de la clase, se me acercó un joven que es nuevo en el colegio para pedirme consejo: sus padres quieren que él haga la Primera Comunión, pero él no cree en Dios. Le dije que eso lo teníamos que hablar con más calma, y quedamos en vernos dos días más tarde. 

Tuvimos el Santísimo expuesto en nuestra capilla todo el día para animar a los jóvenes a orar por uno de los nuestros, que lo operaban de un tumor canceroso. Estando en clase, vino a buscarme el joven que es supuestamente ateo. Me interrumpió la clase como si fuera muy urgente lo que tenía que decirme. Yo, pensando que sería cualquier tontería pasajera, le dije que hablara rápido, pues yo no podía interrumpir mi clase. Me dijo que tenía un problema, porque sentía una urgencia grande de ir a la capilla a pedir por el otro niño, pero, como él es ateo, se sentía hipócrita, y no sabía qué hacer. Claro, no tuve mucho tiempo para dar la clase.

En otro momento, en otra clase, un joven me pidió si podía hacer un anuncio a los demás. Le dije que sí, pero que tenía que ser rápido, porque yo no podía interrumpir mi clase. El anuncio era una invitación a los demás, diciendo que al día siguiente se iba a reunir un grupo de ellos a rezar el rosario por el joven enfermo –¡los 20 misterios!–. Claro, el tiempo de clase se me fue al dejarlos que se organizaran para el gran evento del rosario. Después, quise no sólo rezar con ellos, sino también echar un vistazo para ver si realmente estaban rezando. Mi falta de fe me hace difícil creer que 20 varones de 16 años verdaderamente se pongan a rezar el rosario.

¡Qué regalo de Dios fue verlos, cada uno con su rosario en la mano, sentados todos frente a una imagen de la Virgen, con la cabeza inclinada, rezando Ave María tras Ave María! Dios está con nosotros. Se nos muestra a cada paso y por cualquier esquina. Nos sorprende entre personas que dicen no creer en El, y entre los que menos pensamos que nos lo pueden revelar. Dios es más grande que todas nuestras pequeñeces y nuestras faltas    de fe porque, a pesar de nuestras dudas intelectuales, es capaz de gritarnos al fondo del corazón y de llamarnos cuando menos lo esperamos.

Dios está con nosotros. Se presenta cuando creemos estar haciendo lo que tenemos que hacer (dando una clase), y nos sorprende dejándonos saber que es El quien hace la obra; que es El quien está más interesado que nadie en que nos acerquemos a El; que El sabe lo que hace, y nosotros andamos a veces a “tontas y a locas” dando pasos ciegos. Dios está con nosotros, y los jóvenes necesitan de nosotros.

El mundo lleno de cinismo en el que viven, les dice que no hay nadie realmente bueno, que todos tenemos alguna intención enmascarada, que cada cual sólo busca su propio bien, y que el que no cree esto, más tarde o más temprano va a ser profundamente defraudado. Se les enseña a no creer en nada ni en nadie. A nosotros nos toca decirles o, más bien, proclamar con nuestras vidas que la verdad la tiene Cristo, y Cristo crucificado y Resucitado.

A nosotros nos toca hacerles ver que ellos son muy buenos porque son imagen de Dios, y que Dios espera grandes cosas de ellos. Y esto, a pesar de todas las “barbaridades” que son capaces de hacer a los 16 años.

Mis amigos los jóvenes también buscan a Dios. Ellos son espontáneos (interrumpen), exagerados (¡los 20 misterios!), originales, creativos, y a menudo “insoportables”. Nosotros a veces queremos encasillarlos de acuerdo a nuestros planes. A veces no estamos atentos a la urgencia que puedan tener, porque estamos muy ocupados. Pero ellos buscan a Dios muy a menudo, sin saberlo, porque andan como ovejas sin pastor.

Buscan a Dios en sus momentos de confusión y de duda, en su búsqueda de identidad y sentido en medio de una sociedad que sólo proclama el placer y el poder.

Buscan a Dios cuando se les enferman o se les mueren los abuelitos, cuando sus padres se pelean, cuando sus hermanos no se entienden, cuando suspenden alguna asignatura en el colegio, cuando fallan en los deportes.

Buscan a Dios cuando no entienden el mundo en que viven porque ven la hipocresía y la injusticia, y cuando se rebelan contra la Iglesia que, de acuerdo con algunos, les impone reglas que ellos no quieren seguir.

Buscan a Dios. A nosotros nos toca solamente señalar el Camino. Apuntar a Cristo en el pesebre, en la cruz, y asegurarles –con nuestras vidas– que sólo aquí está la felicidad. Digo bien claro que tiene que ser con nuestras vidas, porque los jóvenes están cansados de las palabras, de las palabrerías que son falsas. Buscan aquello que es real, verdadero, duradero y seguro. Eso sólo lo puede dar el testimonio de una vida centrada en Cristo y abierta a las necesidades de los más pobres.

No andemos creyendo otra cosa: los jóvenes necesitan de nosotros, porque necesitan del testimonio del cristiano sencillo, no aparatoso, ya que nuestras vidas tienen que ser signo de contradicción en medio del mundo que ellos reconocen como falso y cínico.

Profesora de religión y directora de  teología pastoral en el Colegio Jesuita Belén.