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El regalo de ser ministro laico

Loughlan Sofield, ST
Los jubileos tienen una rica tradición en la Iglesia. Constituyen
tiempos de celebración. Son una invitación a explorar el pasado y
un reto a comprometerse con el futuro. Son épocas de discernir,
“¿dónde y cómo Dios nos está llamando al futuro?” Los jubileos
son, principalmente, una invitación a la reflexión y al
discernimiento.
Me ha correspondido el privilegio de haber trabajado con los
programas de entrenamiento de ministros laicos por todo el mundo.
Y creo que el programa en esta Arquidiócesis es uno de los dos
mejores que he visto. La singularidad de este programa es
cuádruple. En primer lugar, ha sido orgánico, cambiando para
adaptarse al pueblo y a las culturas y transformando la naturaleza
de nuestra Iglesia y del mundo. En segundo lugar, ha sido
aglutinador, expandiéndose para abarcar las nuevas culturas que
pueblan el Sur de la Florida. En tercer lugar, ha enfatizado la
necesidad del ministerio de fluir de una relación con Dios, desde
la espiritualidad de cada cual. Este programa es respetado por
todos por su priorización del desarrollo espiritual de cada
ministro laico. En cuarto lugar, y creo que es lo más importante,
ha intentado de manera constante reunir las dos tensiones
manteniendo el concepto del ministerio laico en balance. El
Programa de Ministerios Laicos ha formado y entrenado personas
para el ministerio laico eclesial y para el ministerio en la
sociedad secular, transformando el hogar, la vecindad y el mundo.
Hace unos años llevé a cabo una investigación para la cual
necesitaba entrevistar personas en el mundo de los negocios que,
con sus vidas, dieran testimonio de lo que es ser cristiano en sus
centros de trabajo y en la sociedad. Más graduados de este
programa de la Arquidiócesis de Miami fueron nominados que de
cualquier otro grupo en el país.
El concepto de los ministerios laicos ha evolucionado con rapidez
a lo largo de las últimas décadas. Nadie pudo predecir hasta qué
punto la Iglesia respondería de manera adecuada a la convicción de
que toda persona bautizada está llamada al ministerio. El Papa
Juan Pablo II y la Conferencia Episcopal de Estados Unidos
proporcionaron un excelente liderazgo en fomentar el papel que
toda persona bautizada debe ejercer como ministro. El Papa Juan
Pablo II, por ejemplo, ha declarado lo siguiente:
“Con el objetivo de hacer frente a las demandas actuales de la
evangelización, la colaboración del laicado es apropiada y cada
vez más indispensable. No se trata sólo de una necesidad causada
por la reducción del personal religioso, sino que es una nueva
oportunidad sin precedentes que Dios nos brinda.”
Nuestro mundo está hambriento de líderes cristianos que reflejen a
Jesús durante estos tiempos inciertos. El Papa Juan Pablo II ha
declarado que dos gestos son característicos de Jesús: “sanar y
perdonar”. Hoy, los ministros cristianos deben reflejar estas dos
características de Jesús. Por lo tanto, he elegido concentrar la
atención en el hecho de que cualquier ministro cristiano en la
actualidad debe personificar cuatro cualidades. Debemos ser gente
de gozo, esperanza, gratitud y perdón.
La gente de gozo es aquella que, en medio del mal que permea
nuestro mundo de hoy, continúa estando llena de vida y da vida a
otros. Ha respondido con diafanidad al mensaje de Jesús: “He
venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. Los
ministros eficaces están llenos con la vida de Jesucristo y
testifican la vida y el gozo. Evitan ser consumidos por la
perniciosa plaga de nuestros días, el agotamiento.
Probablemente más que ninguna otra cosa, nuestro mundo está
hambriento de personas que puedan irradiar esperanza. Los
ministros laicos están llamados a ser discípulos, agentes y
ministros de la esperanza, misioneros que la proporcionen a un
mundo a veces tentado a abandonarla.
La gratitud es una cualidad que debe encontrarse en todo cristiano.
Cada uno de nosotros ha sido personalmente dotado con un talento,
llamado y enviado por Dios. El catecismo declara que hemos sido
creados para “conocer, amar y servir a Dios”. El servicio es la
manera de reconocer y de expresar nuestra gratitud.
Finalmente, los líderes cristianos, a semejanza de Jesús, deben
caracterizarse por una actitud de perdón. La sicología ha llegado
a la conclusión de que el tratamiento adecuado para la ira es el
perdón. El mundo observa a sus líderes, especialmente a sus
líderes cristianos, para testificar qué es lo que significa
perdonar. El perdón es la única esperanza para un mundo que a
menudo se caracteriza por la ira, la hostilidad y el conflicto.
Ustedes, estudiantes y graduados de este programa tan singular,
han recibido un don especial. ¿Cómo usarán este don?
Afortunadamente, cuando acudan ante su Dios a ser juzgados y sean
interrogados acerca de cómo utilizaron sus dones y talentos para
influir en las vidas de los demás, ustedes, como el hombre en el
Evangelio, no dirán que sepultaron sus dones. Este es un tiempo de
discernimiento. ¿Dónde y cómo Dios los ha llamado a usar sus dones
para traer la presencia transformadora de Cristo a este mundo? ¿Responderán
ustedes al llamado y a la invitación de Dios?
Hermano religioso trinitario. Ha trabajado por 25 años en la
formación de ministros laicos. Reconocido internacionalmente por
su obra en pro del desarrollo del ministerio laical.
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