|
Los cuatro pilares de la paz, también para Cuba

Dagoberto Valdés
Cuba aparece mencionada en el epígrafe
no. 2 del Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la Jornada
Mundial de la Paz del año 2003.
La mención es sencillamente circunstancial, pero se refiere a la
crisis de los misiles que puso al mundo “al borde de una guerra
nuclear. Parecía bloqueado el camino hacia un mundo de paz, de
justicia y de libertad”, según dice el mismo Papa. Esta crisis
constituía un signo y una advertencia de la situación de la paz en
el tiempo en que se escribe la Encíclica Pacem in terris del Papa
Juan XXIII.
Este año se celebran los 40 años de esta Encíclica y también de
aquella crisis. Toda crisis de guerra tiene unos responsables y
unas actitudes de fondo, una cultura de la confrontación. No nos
detendremos hoy en las culpas sino en las soluciones. En la
solución: que es crear y vivir en una cultura de paz. Cuba merece
realizar su tránsito hacia el futuro democrático por los caminos
de la paz.
La Paz sigue siendo “una tarea permanente”. El mismo Papa “Juan
XXIII indicó entonces las condiciones esenciales para la paz en
cuatro exigencias concretas del ánimo humano: la verdad, la
justicia, el amor y la libertad.”
Éstas son condiciones para la paz en el mundo entero. Éstas son y
deben ser las “condiciones” y “exigencias” para que en Cuba haya
una verdadera paz. Hoy quisiera reflexionar sobre esta evidencia
que pudiera parecer de Perogrullo pero que nos revela el doble
rasero que, en ocasiones, se utiliza para evaluar la situación de
la paz en nuestra Patria.
En efecto, debemos destacar las palabras que usa el Papa para
relacionar la paz con estas cuatro “condiciones esenciales” y
“exigencias concretas”. Todos sabemos qué significan estas
palabras.
Pudiéramos resumir diciendo que no existirá una paz a escala
humana sin que se tome en serio y se trabaje por esas exigencias
concretas de la dignidad humana.
De modo que para que en Cuba, los cubanos podamos vivir en un
clima de paz en el corazón, en las familias, entre los grupos
sociales y a nivel de Nación, aquí y en la diáspora, debemos tomar
conciencia de que no se trata de una paz alienante, de una
tranquilidad superficial y aparente, de un orden impuesto por el
miedo o por la fuerza. Eso no es paz.
Buscar la verdad, acercándose a la vida real
Los cubanos de la Isla y de la dispersión debemos ser buscadores
de la verdad. Donde quiera que esté. Por encima de las ideologías,
de las opciones y partidos políticos, incluso por encima y por
dentro de las confesiones religiosas. Si hay cubanos de la Isla
que seguimos viviendo en la mentira de la desinformación en la que
las palabras no significan lo que son sino lo que interesa que
aparenten, si eso es así, entonces no se vive en la verdad y no
hay verdadera paz.
Si hay cubanos del exilio, la emigración, la diáspora, que siguen
aferrados al pasado, que viven en la desinformación por la lejanía
de la patria, que siguen dando a las palabras los significados que
ya no tienen en ningún lugar luego de la guerra fría, que creen
que la Cuba de hoy es la misma de hace 40 años, si eso es así,
entonces no se vive en la verdad y no hay verdadera paz.
Ser buscadores de la verdad no es sólo buscarla en los conceptos y
en los principios, en las doctrinas y las ideologías, en las
filosofías y las religiones. Buscar la verdad es también
encontrarla acercándose a la realidad que se vive. Por eso los
cubanos de la Isla debemos acercarnos a la realidad de la vida que
viven los cubanos de la diáspora. Toda la realidad y no sólo la
que nos pintan los prejuicios ni la que nos comunican los
poderosos medios de difusión masiva. Igualmente, los cubanos de la
diáspora deben acercarse a la realidad que vivimos los cubanos
dentro de la Isla. Toda la realidad y no sólo la que nos imponen
nuestros prejuicios, ni la que quieren que conozcan los
omnipresentes medios de comunicación masivos. Acercarnos a la
verdad de la Isla y a la verdad de la diáspora es trabajar
coherentemente por la paz en Cuba.
La justicia y la paz se besan
Otra condición y exigencia concreta para que haya paz en Cuba es
trabajar por la justicia. “La justicia edificará la paz”, dice el
Papa, “cuando cada uno respete concretamente los derechos ajenos y
se esfuerce por cumplir plenamente los mismos deberes con los
demás”. Es decir, justicia, derechos y deberes, deben ser
igualmente respetados. Donde no se respeten los derechos humanos –todos–
y no se cumplan los deberes ciudadanos, laborales y sociales, la
paz no será posible.
Los cubanos de la isla debemos buscar la justicia como presupuesto
de la reconciliación entre nosotros los que compartimos esta
tierra. Sin un criterio transparente de la justicia y el derecho
no hay reconciliación y no hay paz verdadera. Sin un servicio
recto de la justicia no puede haber ni verdadera misericordia, ni
magnanimidad, ni reconciliación, porque la base está viciada. Que
la justicia ponga los cimientos, que los derechos formen las
columnas y los deberes alcen las paredes, la misericordia ponga el
techo, que la magnanimidad llene la casa del espíritu grande de la
convivencia, que la reconciliación acoja a todos los habitantes y
el amor nos siente a la misma mesa de hermanos. Así podremos hacer
la Casa Cuba: un Hogar Nacional donde quepamos todos.
El que siembra amor, cosecha paz
El amor es el tercer pilar de la paz. Los cubanos tenemos el amor
como un componente esencial de nuestra cultura. Este año
celebramos el 150 aniversario del Natalicio de José Martí, el
Apóstol de nuestra Independencia, y de la muerte del profeta de
esa libertad, el Padre Félix Varela, quien dejaba este mundo 31
días antes de que naciera aquel cubano mayor que dijo “Por el amor
se ve, con el amor se ve, es el amor quien ve”. Este pensamiento
de Martí bastaría para justificar la certeza de que el amor forma
parte de la raíz más autóctona de nuestra cultura. Ser fieles a
ese proyecto de Varela y de Martí, cuyo centro y cuya dinámica
interna es el amor, es trabajar por la paz en Cuba. El Apóstol
cerró la puerta al odio como fuerza destructiva de la República:
“Los odiadores deberían ser declarados traidores a la república.
El odio no construye”.
Trabajar por la paz en Cuba es no permitir que el odio inunde
nuestra vida, no dejar que el odio y el rencor cubran ninguna de
las dos orillas. Cese el odio si es entre los cubanos de la isla.
Cese también si es entre los cubanos de la diáspora. Si la verdad
es que ha habido maldad e injusticias en el pasado y en el
presente y ello ha provocado esta dispersión, que aprendamos a
dejar atrás la nostalgia de la venganza. Es el amor quien ve. Sin
él, se nos nublará la vista y el futuro de Cuba nos sorprenderá
ciegos de amargura.
No hay paz sin libertad
Por fin, el cuarto pilar de la paz verdadera es la libertad.
Libertad con responsabilidad, no libertad para el caos y la maldad.
Libertad con justicia, libertad con pan y dignidad. Donde el miedo
coacciona la libertad, la gente vive en perenne zozobra. Donde el
consumo coacciona la libertad, hay gente que vive en perenne
asfixia tras el dinero. Sin libertad de conciencia no hay paz. Sin
libertad de elección no hay paz. Sin libertad para expresarse y
reunirse no hay paz. Sin libertad para criticar el consumo y
liberarse de la esclavitud del dinero y del poder, no hay paz. En
fin, sin libertad para liberarse del pasado, de los rencores, del
odio entre compatriotas, de la venganza trasnochada, no hay paz ni
en el alma de quien lo sufre, ni en la convivencia de quienes lo
comparten.
He aquí un programa de vida al alcance de todos. La paz en la
tierra es una tarea constante y también una tarea concreta para
cada día entre los cubanos. No olvidemos ninguno de los cuatro
pilares. Recordemos aquella bella y sencilla oración infantil que
nos enseñaron nuestros abuelos para sosegar nuestros sueños:
“cuatro pilares tiene mi cama”... y cuatro tiene también la paz.
Que la mención de Cuba en el mensaje pontificio, para señalar
aquella crisis que puso al mundo al borde de la guerra nuclear,
sea un acicate para que todos los cubanos, los de aquí y los de
cualquier rincón de este tierra, le cerremos la puerta al odio y
construyamos una paz tan sólida y duradera que jamás haya que usar
el sagrado nombre de la Patria para recordar los peligros de una
hecatombe mundial que estuvo a punto de ocurrir; aún más, para que
ni siquiera sea menciondo el nombre de Cuba para perturbar, ni por
un momento, el sueño sosegado de nuestros hijos, cuyos ángeles
custodios deben ser, ahora y siempre, los cuatro pilares de su
vida: la libertad, la justicia, la verdad y el amor.
Dagoberto Valdés Hernández es miembro del Pontificio Consejo
Justicia y Paz, Director del Centro de Formación Cívica y
Religiosa y de la Revista
Vitral, de la Diócesis de Pinar del Río, Cuba.
|